Somos de quien no nos suelta cuando queremos irnos.

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Tefy sentía el cuerpo inquieto desde temprano.
El viaje se acercaba y con él, una mezcla difícil de explicar: ilusión, nervios y una culpa silenciosa que no terminaba de entender. En su casa debía inventar excusas, acomodar palabras, sobrevivir a lo cotidiano mientras por dentro ya estaba en otro lugar.
Respiró hondo.
No era momento de pensar demasiado.
Se preparó para salir a trabajar como si nada pesara, aunque todo pesaba.
Al salir, algo llamó su atención en una pequeña tienda.
Un cuadro sencillo, pero con un mensaje que parecía escrito justo para ella.
“Tal vez todos te abracen, menos yo.
Tal vez todos te vean sonreír, menos yo.
Tal vez todos te muestren cariño, menos yo.
Pero ojo… tal vez todos te fallen, menos yo.
Cuenta siempre conmigo.”
Tefy lo miró en silencio.
Hay frases que no se leen… se reconocen.
Sin pensarlo demasiado, lo compró. Sentía que ese detalle tenía nombre propio.
Un poco más adelante vio un perfume. No era caro, pero tenía una esencia que la detuvo.
Después un pequeño peluche: un ratón rosa.
Algo absurdo, pero tierno.
Lo suficiente.
En el trabajo, armó todo con cuidado dentro de una caja.
No quería que fuera un regalo perfecto.
Solo quería que fuera sincero.
El viaje era a las diez de la noche.
Cuando salió de su casa con la mochila al hombro, no miró atrás.
Hay despedidas que no necesitan drama… solo decisión.
Le escribió a Roxy:
—Bb, ya voy camino a la terminal.
☆ —Está bien, amor. Buen viaje.
La conversación era corta.
Demasiado corta.
Y ambas lo sabían.
En el tren, Tefy se colocó los audífonos.
El ruido del mundo desapareció, pero no el de su mente.
La música subía, y con ella también sus pensamientos.
A veces uno no escucha canciones… escucha su propia cabeza disfrazada de letra.
Y entre versos que hablaban de miedo, decisiones y caminos, Tefy empezó a perderse un poco.
Hasta quedarse dormida.
Cuando despertó, ya era de madrugada.
5:00 a. m.
Bajó del tren con el cuerpo cansado y la mente aún flotando entre pensamientos incompletos.
Tomó otro transporte.
Solo quería llegar.
Horas después, finalmente la vio.
Roxy apareció a lo lejos.
Pelo largo, negro. Mirada conocida. Esa forma de caminar que Tefy ya reconocía antes de verla del todo.
No hizo falta decir nada.
El abrazo lo dijo todo.
Fue fuerte, rápido, como si ambas hubieran estado conteniéndose demasiado tiempo.
En la habitación, el silencio fue distinto.
No incómodo… pero sí lleno de cosas no dichas.
Roxy evitaba mirarla directamente.
Tefy lo notó.
Pero no preguntó.
A veces el amor también aprende a observar antes de hablar.
Tefy le entregó la caja.
—No es mucho… pero es tuyo.
Roxy la abrió despacio.
Primero el cuadro.
Luego el perfume.
Luego el peluche.
Y al final… se quedó quieta.
Como si ese mensaje hubiera tocado algo más profundo que la alegría.
☆ —Gracias… —dijo en voz baja.
Y la abrazó.
El resto del día se volvió un refugio breve: caricias, silencio, cercanía.
Pero debajo de todo eso había una tensión invisible.
Como si algo se estuviera acercando sin avisar.
Al día siguiente, Tefy despertó mirándola dormir.
Hay miradas que no son curiosidad… son miedo a perder lo que se está viendo.
Más tarde salió sola.
Necesitaba aire.
Necesitaba ruido externo para apagar el interno.
Encendió un cigarro.
Y puso música.
“He cambiado por no perderte,
he caminado rutas que no eran mías…
pero la verdad siempre pesa más de lo que uno espera.
Y aún así… te sigo esperando.”
El teléfono vibró.
Roxy llamaba.
No respondió.
No era desinterés.
Era saturación emocional.
Cuando volvió, el ambiente ya había cambiado.
—¿Dónde estabas? —preguntó Roxy.
—Cogiendo aire.
—¿Por qué no contestaste?
—Porque necesitaba silencio.
Algo se quebró en la conversación, aunque ninguna lo dijo en voz alta.
Horas después, Tefy tomó una carta.
No era improvisada.
La había escrito antes.
Y ahora entendía que era el momento.
Se la entregó.
Roxy la leyó.
Y lloró.
No por sorpresa.
Sino por comprensión.
El abrazo fue largo.
De esos que no solucionan nada… pero sostienen todo.
Esa noche hablaron.
De lo que dolía.
De lo que no se decía.
De lo que estaba cambiando sin permiso.
Y aunque el amor seguía ahí…
también empezaba a aparecer otra cosa:
la distancia emocional disfrazada de silencio.
Al día siguiente Tefy volvió a su ciudad.
El viaje ya no se sentía igual.
Y cuando llegó a casa, algo dentro de ella no terminó de encajar.
Como si una parte de su historia se hubiera quedado atrás sin despedirse.
Roxy llamó.
—¿Llegaste bien?
—Sí.
Pero la respuesta ya no sonaba igual.
Y ahí empezó algo nuevo.
No una ruptura.
No todavía.
Pero sí una duda creciendo en silencio.

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