El tren avanzaba lento, como si también dudara del destino.
Tefy lo miraba sin realmente verlo.
Tenía el celular entre las manos, pero su mente estaba en otra parte: en todo lo que había pasado, en todo lo que no se decía, en todo lo que dolía sin nombre.
Cuando abrió el chat de Roxy, todo explotó.
Mensajes por todas partes.
Risas, emoción, fotos, palabras apuradas por la felicidad.
Y por un segundo, Tefy sonrió.
No porque todo estuviera bien...
sino porque por fin algo ligero tocaba su caos.
-¿Cuándo nos volvemos a ver? -preguntó Roxy- pero no quiero ir a ese lugar, mejor otro.
-En unos días.
☆ -Podría ser la semana del 14 de febrero...
-No suena mal.
☆ -¿En serio?
-Sí, bebé.
Las ilusiones también pueden ser peligrosas cuando empiezan a parecer planes.
Pero la realidad no tardó en volver.
Cuando Tefy llegó a casa, no la recibió calma.
La recibió ruido.
Problemas acumulados.
Mal humor.
Responsabilidades que nadie quería ver hasta que ya era tarde.
-Amor, ¿cómo está todo ahí?
-No bien... hablamos luego.
Y cortó.
No porque no quisiera hablar.
Sino porque ya no le alcanzaba el aire para todo.
En casa, el ambiente era pesado.
Palabras sueltas.
Reclamos.
Silencios incómodos.
Y Tefy intentando sostener algo que se le caía de las manos.
Más tarde, otro mensaje.
Un número desconocido.
Un solo texto.
Y suficiente para romper la estabilidad frágil del día:
"La responsable de lo que te pasó fue Bethy. Ella estuvo detrás de todo."
Tefy sintió el estómago cerrarse.
No era sorpresa.
Era confirmación.
De algo que ya intuía, pero que ahora tenía nombre.
Le hizo captura.
Y llamó a Roxy.
-No le hagas caso a eso -dijo Roxy, intentando mantener la calma.
Pero hay verdades que no entran en la calma.
Solo en la rabia.
Los días siguientes se volvieron densos.
Mensajes.
Rumores.
Miradas ajenas.
Y una tensión que no venía de ellas... sino de todo lo que las rodeaba.
El plan de verse seguía en pie.
Pero el mundo parecía empeñado en ponerle ruido encima.
Ese día, Tefy caminaba hacia casa de su abuela.
El aire estaba normal.
Hasta que dejó de estarlo.
Bethy apareció.
Como si el destino tuviera mala costumbre de poner lo mismo enfrente una y otra vez.
-Pss... Barbie.
Tefy siguió caminando.
No respondió.
Pero ignorar no siempre es suficiente.
-¿Te haces la que no escuchas?
Silencio.
Bethy insistía.
Y cada palabra era como una gota cayendo sobre una superficie ya agrietada.
Tefy se detuvo.
No por ella.
Sino porque su hermana venía acercándose.
Un segundo de distracción.
Y todo cambió de dirección.
Bethy cruzó una línea invisible.
La de siempre.
La que no debería cruzarse nunca.
Y cuando empujó a su hermana...
algo en Tefy dejó de negociar.
El impulso fue más rápido que el pensamiento.
El control se rompió en un solo movimiento.
Y lo que vino después no fue calma.
Fue reacción.
El padre de Tefy llegó.
-¡¿Qué está pasando aquí?!
Pero ya era tarde para explicar con lógica lo que nació de la rabia.
-¡Ella empezó todo! -gritó Tefy- ¡Ella sabe lo que hizo!
-¡Al cuarto ahora mismo!
No hubo diálogo.
Solo orden.
El cuarto se cerró.
Pero dentro no había silencio.
Había tormenta.
Tefy golpeó la pared.
Una vez.
Otra.
Hasta que el dolor en los nudillos empezó a competir con el dolor en el pecho.
Entonces el celular vibró.
Roxy.
-¿Qué pasó?
-Nada...
Mentira automática.
Pero no funcionó.
Porque Roxy ya sabía.
Y ahí, entre frases cortadas y respiraciones pesadas, Tefy lo soltó todo.
No como historia.
Como descarga.
-No todo se resuelve así -dijo Roxy al final.
No era juicio.
Era miedo.
El problema es que hay emociones que no entienden razones en el momento en que nacen.
Solo explotan.
Horas después, la situación se "resolvió" fuera de ellas.
Adultos hablando.
Decisiones tomadas.
Culpas distribuidas como si el dolor pudiera repartirse en partes iguales.
Pero Tefy cargó con más de lo que le correspondía.
Como siempre pasa cuando nadie quiere mirar el origen completo.
-No puedes seguir así -le dijo su padre.
-Tú no viste lo que yo vi.
-No importa.
Y esa frase fue peor que cualquier discusión.
Porque cuando invalidan lo vivido... el silencio empieza a volverse costumbre.
Esa noche, Roxy volvió a escribirle.
Más suave.
Más cerca.
Como si intentara sostenerla desde la distancia.
Pero Tefy no estaba igual.
Algo dentro de ella ya no confiaba del todo en la calma.
Los días siguientes trajeron otro tipo de tensión.
Planes de viaje.
Fechas.
Preparativos.
Como si el amor pudiera organizarse para compensar el caos.
Hasta que llegó el momento.
Tefy en el tren.
Roxy esperando.
Y el mundo entre ambas como una línea mal dibujada.
-Se dañó el tren...
El universo tiene una forma cruel de retrasar lo inevitable.
Horas después, otro transporte.
Otra espera.
Otro cansancio.
Pero Tefy no se bajó.
Porque había algo más fuerte que el cansancio.
La necesidad de verla.
Cuando finalmente llegaron al mismo punto...
no hubo palabras grandes.
Solo un abrazo.
De esos que no preguntan nada.
Pero lo dicen todo.
-Estoy aquí -dijo Tefy.
-Por fin...
Y por unos días, todo volvió a parecer simple.
Comer, reír, salir, jugar, perderse en cosas pequeñas que parecían enormes.
Hasta que apareció el mundo real otra vez.
Y empezó a meterse entre las grietas.
Roxy pidió experimentar.
Tefy dudó.
Pero aceptó.
No por convicción.
Sino por miedo a romper el momento.
Y ahí empezó otro tipo de caída.
No rápida.
No visible.
Pero progresiva.
El parque, el agua, el descontrol, las risas que se mezclaban con exceso, los límites que se desdibujaban sin darse cuenta.
Tefy observaba.
Intentando mantener algo estable en medio de lo inestable.
Hasta que entendió algo incómodo:
amar a alguien no siempre evita que se pierda el control.
Y esa semana, que empezó como refugio...
empezó también a mostrar sus grietas.
Porque no todos los momentos felices son seguros.
Algunos solo son pausas antes de otra tormenta.
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Buscando mi Lugar
Diversos"Si lees hasta el final, ya formas parte de mi secreto." Hubo un tiempo en que todos sabían mi nombre. Era la chica popular, la que parecía tenerlo todo: amigos, atención, seguridad... o al menos eso fingía. Nadie imaginaba el caos que escondía detr...
