La insatisfacción no es un defecto: es un motor silencioso que nunca se apaga. Siempre empuja a alguien a querer otra versión de sí mismo.
Tefy lo sabía sin necesidad de teorías. Lo vivía.
Su cuerpo, marcado por el desgaste, ya no respondía a la imagen que otros esperaban de ella. No era solo el cambio físico; era la sensación de habitar un lugar que ya no le pertenecía del todo. La herida más directa no vino de un espejo, sino de una frase lanzada sin cuidado:
—Te quedaste flaca… sin forma, sin nada.
No respondió de inmediato. Solo la miró. Y cuando habló, lo hizo como si estuviera sosteniéndose por dentro para no romperse.
—Lo físico llama la atención. La personalidad es lo que se queda.
Sonaba correcto. Incluso firme. Pero por dentro no tenía el mismo peso. Era una frase aprendida para sobrevivir, no una verdad sentida.
Porque en el fondo, Tefy ya no estaba segura de qué sentía. Ni hacia los demás, ni hacia sí misma.
La confusión no era una idea: era un ruido constante.
¿Atracción? ¿Curiosidad? ¿Vacío disfrazado de impulso?
Después de lo de Yeli, todo lo relacionado con el deseo había quedado contaminado. Su cuerpo reaccionaba más a la presión del entorno que a una emoción real. Y eso, aunque no lo dijera, la inquietaba más que cualquier otra cosa.
Así que decidió retroceder.
Compró una computadora. No como capricho, sino como refugio. Un lugar donde las reglas no la tocaran, donde el mundo no pudiera improvisar sobre ella.
Trabajo, estudio, casa. Un circuito cerrado que parecía estabilidad, aunque en realidad era control disfrazado.
En ese orden rígido ocurrió algo pequeño… pero peligroso en su contexto: su hermana menor empezó a acercarse.
Al principio solo miraba. Luego preguntaba. Después se quedaba más tiempo del necesario en la misma habitación.
Era una cercanía torpe, pero genuina.
Por primera vez en mucho tiempo, Tefy no se sentía observada como un problema, sino como alguien.
Pero los vínculos en su casa nunca sobrevivían demasiado.
Cuando su padre lo notó, lo cortó de raíz.
—No quiero que te le acerques —sentenció.
No hubo explicación. No hubo matiz. Solo una orden.
Y Tefy entendió lo de siempre: en ese lugar, cualquier intento de conexión era sospechoso.
La consecuencia fue automática. Si quedarse significaba romper lo poco bueno que aparecía, entonces irse seguía siendo más fácil.
Volvió a la calle.
A los clubes.
A la versión de sí misma que nadie cuestionaba porque nadie intentaba entenderla.
Su hermana, en cambio, empezó a pedir otra cosa.
Salir.
Ver.
Ser parte.
—Llévame contigo —dijo una noche—. No quiero quedarme afuera de todo.
Tefy dudó más de lo que mostró. No por responsabilidad consciente, sino por un miedo extraño: el de verla repetirse a sí misma sin poder evitarlo.
Al final aceptó.
No como guía.
Más como escudo.
“Si va a caer, al menos que no la destruyan primero”, se dijo sin admitirlo en voz alta.
Las primeras salidas funcionaron. O eso parecía.
Kmila incluso lo normalizó.
—Con ella nadie se atreve a pasarse de listo —bromeó.
Y por un tiempo, todo pareció funcionar bajo una ilusión de equilibrio: amigas, ruido, noches compartidas.
Pero en ese tipo de mundos, nada se mantiene limpio demasiado tiempo.
Las miradas empezaron a cambiar.
Primero el hermano de Cristian.
Luego amigas de amigas.
Después… la mejor amiga de su hermana.
Una adolescente.
Demasiado joven para entender lo que proyectaba, pero lo bastante expuesta para confundir admiración con necesidad.
Tefy lo notó antes de que pasara algo.
Siempre lo notaba.
—¿Qué me miras tanto? —preguntó una tarde.
La chica bajó la vista, pero no desapareció. Solo volvió después.
Con la misma insistencia.
Con la misma confusión.
Hasta que lo dijo.
—Me gustas.
Pausa.
—No quiero problemas… solo quería estar contigo una vez. Y ya.
La frase no era amor.
Era idealización.
Una forma de escapar de sí misma a través de alguien más.
Tefy la miró largo rato. No con rabia. Con algo más peligroso: reconocimiento.
Porque había escuchado versiones de esa misma frase antes.
De otra boca.
En otros contextos.
En otros errores.
Y lo que la incomodó no fue la chica.
Fue el espejo.
—No estás hablando de mí —dijo al fin—. Estás hablando de lo que crees que soy.
La respuesta no cambió nada.
La insistencia siguió.
Y la línea entre “no quiero” y “no sé parar esto” empezó a difuminarse en la misma zona donde siempre se perdía.
Esa noche, Tefy llegó tarde.
Demasiado tarde.
El alcohol no estaba en su punto de euforia, sino en ese estado donde ya no anestesia del todo, solo empuja hacia adelante sin dirección.
La cocina estaba en silencio.
Y la chica la esperaba.
No como alguien inocente esperando permiso.
Sino como alguien convencido de que la oportunidad finalmente había llegado.
Lo que ocurrió después no fue claridad.
Fue confusión.
Falta de límites.
Falta de lenguaje para detener algo que ya venía torcido desde el inicio.
Y cuando terminó, lo único que quedó fue un vacío más denso que el anterior.
No había triunfo.
No había poder.
Solo una sensación incómoda de repetición.
Como si todo lo que intentaba evitar… estuviera volviendo con otra forma.
Al amanecer, la casa parecía normal.
Eso era lo más perturbador.
Tefy esperó a su hermana.
Cuando la vio, no habló desde la culpa explicada, sino desde el instinto de cortar algo antes de que creciera.
—Esa amiga tuya no te conviene —dijo—. Mantén distancia.
La hermana la miró sin entender.
—¿Por qué?
Tefy no respondió.
Porque no podía.
Porque la verdad no era una frase clara.
Era una cadena de decisiones mal entendidas.
La amiga desapareció de su vida en los días siguientes.
Sin discusión.
Sin explicación.
Como si nunca hubiera estado.
Y Tefy se quedó con una certeza que no sabía cómo nombrar:
que a veces el daño no viene de los enemigos…
sino de las personas que no saben dónde terminan ellas mismas y empiezas tú.
Y esa idea, por primera vez, no se le fue con el ruido.
Se le quedó dentro.
ESTÁS LEYENDO
Buscando mi Lugar
De Todo"Si lees hasta el final, ya formas parte de mi secreto." Hubo un tiempo en que todos sabían mi nombre. Era la chica popular, la que parecía tenerlo todo: amigos, atención, seguridad... o al menos eso fingía. Nadie imaginaba el caos que escondía detr...
