En casa

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La pandemia seguía extendiéndose como una sombra lenta que lo contaminaba todo: calles vacías, planes rotos, despedidas sin fecha de regreso. Para Tefy, el tiempo dejó de sentirse como tiempo.
Solo había una pregunta que se repetía en su mente, una y otra vez, como un eco imposible de apagar:
¿Cuándo volveré a verla?
Nadie tenía una respuesta. Y esa incertidumbre, más que la distancia, era lo que más dolía.
Había días en los que hablaban durante horas, riendo de cualquier cosa como si el mundo no estuviera cayéndose afuera. Y otros en los que el silencio pesaba más que las palabras. Amor y ansiedad convivían en la misma línea, como si una emoción no pudiera existir sin la otra.
Hasta que un día, Tefy decidió arriesgarse.
Con el celular en la mano, escribió con una mezcla de emoción y miedo:
—Mi amor, ya tengo el pasaje. Voy a verte.
La respuesta llegó casi de inmediato:
—Aquí te espero. No faltes.
Esa frase simple le aceleró el pecho. Como si el corazón entendiera antes que la razón.
Preparó su mochila con lo básico. Nada parecía suficiente para lo que sentía.
Su padre la observó desde la puerta.
—¿A dónde crees que vas?
Tefy respiró hondo. Ya conocía ese tono.
—Voy a viajar. Vuelvo en dos días.
El hombre frunció el ceño.
—¿Otra vez con Roxana?
—Sí. Voy a verla.
No discutió más. Esa decisión silenciosa, firme, era su manera de sobrevivir al conflicto. Tomó su mochila y salió.
En la terminal, el ruido era distante, como si todo estuviera amortiguado. Le escribió:
—Ya estoy aquí. Voy saliendo.
El viaje comenzó.
Ocho horas.
Ocho horas de pensamientos que no se detienen, de música que intenta tapar lo que la mente insiste en recordar.
En los audífonos, una canción acompañaba el vacío:
“Busco no romperme otra vez…”
Tefy cerró los ojos. A veces el cansancio no viene del cuerpo, sino de todo lo que uno ha tenido que sostener sin ayuda.
Y sin darse cuenta, se quedó dormida.
Cuando llegó, el aire se sentía distinto. Más real. Más pesado.
Buscó la casa que habían acordado. Al entrar, todo era simple, pero suficiente.
Se duchó rápido. Como si necesitara borrar el viaje, el miedo, la espera.
Luego escribió:
—Llegué.
La respuesta fue inmediata:
—Mañana voy a verte temprano.
Esa noche casi no durmió.
Cuando por fin se encontraron, el abrazo dijo más que cualquier palabra. Había alivio, pero también ansiedad acumulada.
—Estás hermosa —dijo Tefy, sin pensar.
—No, tú más —respondió ella, con una sonrisa leve.
Por un momento, el mundo volvió a parecer seguro.
Salieron a caminar, a comer algo sencillo, a fingir normalidad. Pero incluso en la felicidad, había una sensación extraña: como si algo invisible estuviera empezando a cambiar sin que ninguna de las dos quisiera aceptarlo.
Después de un rato, Roxy miró su celular.
—Tengo que irme… no puedo quedarme más.
La frase cayó con un peso incómodo.
—Está bien… —respondió Tefy, aunque por dentro no lo estuviera.
Se despidieron con un beso breve, de esos que intentan decir “no te vayas”, pero ya es tarde.
Esa noche, Tefy no se sintió bien.
Dolor de estómago. Mareo. Debilidad.
Al principio pensó que era nervios.
Pero no mejoraba.
Roxy, desde casa, la llamó preocupada.
—Tienes que ir al médico.
—No puedo ni moverme bien…
—No lo ignores.
Horas después, el diagnóstico fue claro: presión alta, estrés acumulado, el cuerpo reaccionando a todo lo que había estado callando demasiado tiempo.
Tefy volvió sola.
Y lloró sin ruido, como si ni siquiera tuviera fuerzas para hacerlo fuerte.
Cuando logró estabilizarse un poco, algo en Roxy cambió. No era evidente al principio, pero se sentía en los silencios, en las respuestas cortas, en la distancia que crece sin anunciarse.
—¿Te pasa algo? —preguntó Tefy.
—No… todo está bien.
Pero no lo estaba.
Hasta que el mensaje llegó.
Simple. Directo. Sin preparación emocional.
—Tenemos que terminar.
Tefy lo leyó varias veces.
No por no entenderlo.
Sino por intentar encontrar una versión del texto donde eso no fuera real.
—¿Qué estás diciendo? —escribió.
Pero ya no había explicación que sostener.
El mundo se volvió ruido.
Respiración corta.
Manos frías.
Y una sensación conocida: cuando algo dentro de ti se rompe sin hacer ruido, pero cambia todo.
Intentó mantenerse de pie, pero el cuerpo no respondió igual.
El aire no entraba bien.
El celular cayó.
Y todo se apagó.

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