La Estrategia de Nolberto

50 38 8
                                        

El enamoramiento no siempre llega como una celebración. A veces se instala como una vigilancia constante, como si el corazón no descansara nunca. Un estado de alerta donde la alegría y la ansiedad conviven en el mismo cuerpo.
Tefy ya no sentía mariposas. Sentía algo más inquietante: una inquietud constante, como si algo precioso pudiera romperse en cualquier segundo sin previo aviso.
Despertó con el ritual incompleto. No había mensaje de buenos días. Solo la rutina de Camila recordándole responsabilidades, el ruido de la casa y el celular en silencio.
Se puso los auriculares. Una canción empezó a llenar el vacío:
"Confianza nunca volvió con el tiempo... una cosa es lo que soy y otra tan solo lo que muestro..."
Se quedó quieta.
No era solo una canción. Era una radiografía de sí misma.
En la escuela funcionaba en automático. Respondía, caminaba, escuchaba sin realmente estar. Las invitaciones, las risas, los planes... todo sonaba distante, como si viniera de otra vida.
-Solo quiero estar sola -dijo sin dramatizar.
Y era verdad.
Pero el cuerpo tiene límites antes que la mente. En medio del día, algo cedió. Un mareo, un ruido, voces lejanas.
-¡Barbie, te estás sangrando!
El comentario llegó como un eco.
Sintió la humedad en la nariz. El mundo se inclinó. Después, oscuridad.
Cuando volvió en sí, estaba en enfermería. Camila a su lado, seria por primera vez sin ironía.
-Te bajó la presión -dijo alguien.
Tefy no respondió. Solo pensó en lo mismo: estaba agotada de todo.
Horas después volvió a casa.
Mientras tendía ropa en el techo, intentando hacer algo mecánico para no pensar, el celular vibró.
Número desconocido.
El mensaje la detuvo en seco:
"Amor... este número no es mío. No respondas por aquí. Perdón por haberte bloqueado. Mi mamá me quitó el celular y no sé cuándo me lo devolverá. Cuídate. Ojalá puedas esperarme."
Tefy leyó dos veces.
"Ojalá puedas esperarme."
Esa frase no sonaba a promesa. Sonaba a distancia.
-Aquí nadie espera a nadie... -susurró, más para sí que para el mundo.
La esperanza y la desconfianza chocaron dentro de ella sin orden.
No quiso quedarse quieta.
Fue a casa de Pipe, el enamorado de su hermana, y lo llamó hasta que salió. Entre bromas y reclamos consiguió el número prestado.
El resto del día fue una espera incómoda, cargada de tareas domésticas y pensamientos que no la dejaban en paz.
A las siete de la noche instaló WhatsApp.
Roxy estaba en línea.
El corazón se le aceleró.
Si está conectada... ¿por qué no escribe?
La duda se le clavó como una espina.
No entró. Cerró la aplicación.
Respiró hondo.
Después, como si necesitara recuperar el control de algo, pensó:
-No voy a rogar. Si la quiero, la voy a tener... pero no así.
Y entonces creó una estrategia absurda, desesperada: otro personaje.
"Mejor si llego diferente."
Nació Nolberto.
Escribió:
-Hola.
La respuesta fue inmediata.
☆: ¿Quién eres?
-Un amigo.
☆: ¿De dónde sacaste mi número?
-Me lo pasaron. Me daba pena escribirte.
☆: ¿De qué me conoces?
Tefy dudó.
La mente que podía recordar dolor con precisión quirúrgica, ahora no encontraba el nombre de la escuela.
Improvisó:
-De la escuela.
☆: ¿Qué escuela?
Silencio.
Estaba atrapada.
Respiró.
Y falló con lo único que no debía:
-Eres una chica muy linda...
Ese fue el error.
La respuesta llegó inmediata:
☆: Tefy... ¿eres tú?
El golpe fue directo.
No había escapatoria.
-Sí... soy yo. ¿Cómo lo supiste?
☆: Porque no conozco a ningún Nolberto. Y menos de mi escuela.
La vergüenza le ardió en el pecho.
Pero al menos... estaban hablando.
Ya sin máscara, fue directa:
-¿Por qué no me desbloqueaste? ¿No pensabas escribirme?
Roxy explicó. Su mamá, el celular, el tiempo perdido. Palabras que intentaban ordenar lo que en el fondo era incertidumbre.
Tefy escuchó. No la interrumpió.
Solo observó entre líneas lo que no se decía.
La conversación se extendió hasta la madrugada.
A la 1:00 a.m., el silencio entre mensajes ya no era tensión, sino costumbre.
Entonces llegó la pregunta inevitable:
☆: ¿Sigues siendo mi novia?
Tefy no dudó.
-No he dejado de serlo.
No era orgullo.
Era miedo disfrazado de firmeza.
Era aferrarse.
Roxy se fue a dormir.
Tefy apagó el celular.
La oscuridad del cuarto no se sentía vacía esta vez.
Se sentía inestable.
Porque el amor, ese día, no había sido suave.
Había sido torpe, incierto, impulsivo.
Pero seguía ahí.
Y a veces, eso es lo único que impide que algo se rompa del todo.

Buscando mi Lugar Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora