"Si lees hasta el final, ya formas parte de mi secreto."
Hubo un tiempo en que todos sabían mi nombre.
Era la chica popular, la que parecía tenerlo todo: amigos, atención, seguridad... o al menos eso fingía. Nadie imaginaba el caos que escondía detr...
Hay golpes de la vida que no solo hieren el cuerpo, sino que desordenan la mente. Después de ellos, el mundo deja de sentirse seguro, como si la realidad ya no encajara en el mismo lugar donde antes parecía estable. Tefy lo sentía así: como si todo dentro de ella estuviera intentando sostenerse con manos temblorosas. Se levantó en silencio, tomó la toalla y caminó hacia el baño. Antes de que pudiera cerrar la puerta, la voz de su padre la detuvo. —Ahora no vengas a llorar… nadie te mandó a ser tan “popular”. Mira lo que te hicieron. Tefy se quedó quieta. Ese tipo de frases no dolían por lo que decían, sino por lo que insinuaban: que ella era culpable de todo lo que le rompía por dentro. Lo miró con los ojos llenos de tensión contenida. —¿Yo tengo la culpa? Dímelo de frente… ¿de qué exactamente? El padre avanzó un paso, la mirada endurecida. —Sí. Tú la tienes. Esa respuesta cayó como un peso imposible de sostener. —¿Por qué? —su voz tembló, pero no retrocedió—. Explícame por qué. No hubo explicación. Solo una mano que bajó rápido, un golpe seco que cortó el aire. —No seas contestona. Cállate. El silencio que siguió no fue paz. Fue rendición forzada. Tefy no respondió más. Entró al baño y cerró la puerta. El agua cayó sobre ella, pero no la limpiaba. Solo la cubría. Se sentó en el suelo de la ducha, abrazándose las piernas, con los ojos cerrados como si así pudiera desaparecer del mundo. Pero los recuerdos no respetan el agua. Volvían. La imagen de ese hombre en su casa. El miedo. El caos. Su mente no descansaba. Era como si alguien hubiera dejado la puerta del pasado abierta y todo intentara entrar al mismo tiempo. Cuando salió del baño, algo en ella ya no estaba igual. Entró a su cuarto… y el golpe fue inmediato. La memoria no es amable cuando se activa sin permiso. Ahí estaba todo otra vez: la escena, la invasión, la impotencia. Respiró hondo… y explotó. Arrancó las sábanas de la cama, las lanzó al piso, tiró las almohadas. —¿Por qué? —gritó, con la voz rota—. ¿Por qué a mí? El vacío no respondió. Solo el eco. Abrió el armario. Dentro había una botella guardada, escondida como un secreto antiguo. La tomó sin pensar demasiado. También un par de cigarrillos. Se sentó en el suelo. No estaba pensando con claridad. Estaba sobreviviendo. La mente empezó a buscar explicaciones como si eso pudiera calmar el dolor. Y entonces apareció un nombre: Carlos. Un recuerdo borroso de una fiesta, de algo que en su momento no parecía importante… hasta ahora. El cuerpo empezó a reaccionar antes que su conciencia: una hemorragia nasal leve. Se limpió con indiferencia, como si ya nada pudiera sorprenderla. La botella se vació. El silencio volvió. Y el sueño cayó como una desconexión forzada. Al amanecer, el celular vibró. Roxy. La vida, insistente, tocando otra vez. ☆ —Amor, ¿cómo estás? ¿Cómo te sientes? Tefy abrió los ojos con dolor de cabeza, el cuerpo pesado. —Estoy bien… mi amor. ☆ —¿Seguro? —Sí… ya estoy mejor. La mentira no era para engañar. Era para sobrevivir. ☆ —Me alegra, coshita mía. —Sí… ☆ —¿Vas a ir a trabajar? —No tengo ganas… hoy tengo escuela. ☆ —Ve a bañarte, amor. Hazlo por ti. Roxy no exigía. Acompañaba. Y eso, en ese momento, era lo único que sostenía a Tefy sin romperla más. Se levantó. Se arregló. Salió. Durante el camino, Roxy no se desconectaba. Estaba ahí, en audios, en mensajes, en pequeños fragmentos de presencia. Hasta que algo inesperado ocurrió: no había clases. Tefy sonrió por primera vez en el día. —Amor… no hay clases. ☆ —Jajaja, qué suerte tienes. —Ni ganas tenía… Y era verdad. Con el paso de las horas, algo empezó a cambiar. No era felicidad completa. Era algo más frágil: un alivio pequeño, pero real. Roxy no solo hablaba. Se quedaba. Y eso era nuevo para Tefy. Un día, entre risas, Tefy se atrevió a decirlo: —¿Hacemos videollamada? Roxy dudó. ☆ —Sí… La llamada comenzó entre nervios. Pantalla negra. Risas contenidas. —¿Me ves? ☆ —No… —Yo sí te veo… estás hermosa. ☆ —¡Pero si no se ve nada! Y ambas rieron. Rieron de lo torpe, de lo simple, de lo suyo. Roxy era tímida. Se notaba en cada palabra que le costaba salir. Pero con el tiempo… se soltó. Y en esa madrugada, el mundo dejó de ser pesado por unas horas. Eran las 2:00 a.m. Y seguían ahí. Sin darse cuenta, construían algo que no necesitaba explicación. ☆ —Amor, voy a dormir un rato… tengo que salir luego. —Está bien, mi amor. ☆ —Te amo. Tefy dudó un segundo. Y luego respondió desde el fondo más honesto de su pecho: —Yo más. Esa noche, Tefy se acostó con una sensación extraña. No era paz total. Era algo más peligroso: esperanza. Al día siguiente, el teléfono explotó de mensajes. Audios largos. Risas. Fotos. Un mensaje que la dejó inmóvil: ☆ —Me encantó hablar contigo… quiero volver a hacerlo. Tefy sonrió. Pero esta vez no era una sonrisa cualquiera. Era una que empezaba a quedarse. Se levantó, se bañó, se vistió rápido. Salió con audífonos puestos. Y una canción acompañándola como si entendiera todo lo que ella no podía explicar: “Voy caminando por la vida…” Y por primera vez en mucho tiempo… no se sentía completamente sola.
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