El amanecer entró suave por la ventana, sin pedir permiso, como si supiera que ese día no era cualquiera.
Tefy despertó primero. Se quedó en silencio, observando a Roxy dormir. Había algo en esa calma que la desarmaba por dentro; como si el amor, cuando es real, no hiciera ruido… pero pesara.
“Qué frágil se ve cuando duerme”, pensó. Y esa idea la asustó un poco. Porque amar también es eso: darse cuenta de lo vulnerable que se vuelve lo que más te importa.
Roxy abrió los ojos despacio.
—Buenos días, amor —dijo Tefy, con una sonrisa baja.
—Buenos días…
—¿Cómo dormiste?
—Divinamente.
Tefy soltó una pequeña risa, de esas que salen sin esfuerzo cuando algo adentro está en paz.
La abrazó por la cintura y le dio un beso en la frente.
—Hoy quiero que te bañes rápido. Te voy a llevar a un lugar… quiero que conozcas a mi hermana.
Roxy levantó las cejas, con esa mezcla de emoción y nervios que no sabía disimular.
—¿Tú crees que le caiga bien?
Tefy no dudó.
—Si no le caes bien, el problema es de ella, no tuyo.
Roxy sonrió, aunque por dentro seguía midiendo cada paso.
Se prepararon rápido. El agua del baño sonaba como una pausa necesaria antes del mundo. Luego salieron.
La ciudad estaba viva, ruidosa, indiferente… pero ellas caminaban como si el mundo se hubiera hecho más pequeño, reduciéndose a sus manos entrelazadas.
—¿Qué quieres comer, mi amor?
—Lo que tú quieras.
Tefy suspiró, como si esa respuesta ya la conociera demasiado.
—Te voy a llevar a pizza. De la buena. La mejor de aquí.
—Está bien…
Mientras caminaban, Tefy le señalaba lugares como si le estuviera entregando su mundo en partes pequeñas: calles, esquinas, recuerdos.
En la pizzería pidieron, esperaron afuera.
—Me gusta tu ciudad —dijo Roxy.
—Ojalá te quedaras más tiempo… te la enseñaría sin apuro.
Roxy la miró de reojo.
—Eso suena a promesa peligrosa.
Tefy no respondió, pero le apretó la mano un poco más fuerte.
Cuando recogieron la comida, siguieron caminando hasta la esquina donde habían quedado con la hermana.
—¿Y esa no es…? —preguntó Roxy.
—No, esa no.
Tefy llamó.
—Chochan, ¿dónde estás?
—Ya voy saliendo.
—Aquí en la esquina.
—Voy.
Diez minutos después apareció.
—Mira, amor, ella es mi hermana.
—Hola —dijo Roxy, suave.
—Hola —respondió ella, analizándola sin disimulo.
El silencio duró un segundo incómodo… hasta que la hermana rompió todo:
—Yo tengo hambre. ¿A dónde vamos?
Tefy soltó una risa corta.
—Tú no cambias.
—¿Y ustedes no van a comer más o qué?
Roxy intervino con timidez:
—Yo no tengo hambre, pero está bien.
Terminaron en una hamburguesería. Entre bromas, comida y conversaciones cruzadas, Roxy empezó a soltarse un poco.
La hermana no tardó en pedir café como si la vida dependiera de eso.
—Yo quiero café después —insistió.
Tefy la miró.
—Tú crees que yo soy millonaria.
Pero igual aceptó.
Cuando salieron, cada una tomó su camino.
Roxy caminó pegada a Tefy.
—¿Qué tal? —preguntó Tefy.
—Tu hermana es… intensa.
—Eso es decirlo bonito.
Rieron.
Más tarde, el día cambió de tono. Ya no era solo paseo… era complicidad.
Entraron a un lugar de comida, luego a un bar pequeño donde la luz era baja y el mundo parecía más lejano.
Entre tragos, risas y miradas, el tiempo se volvió borroso.
Salieron de ahí sin mucha planificación, con la noche pegada a la piel y las ideas más sueltas que de costumbre.
En la casa, el cansancio les ganó poco a poco.
La madrugada llegó sin avisar.
A las cinco, el silencio tenía otro peso.
Roxy se estiró en la cama, mirándola.
—Anoche me dejaste con la mitad de todo… tú te dormiste.
Tefy se pasó la mano por la cara, aún medio perdida.
—No fue mi culpa.
—Claro que sí.
Se miraron.
Y esa tensión pequeña, juguetona, terminó rompiendo en beso.
No fue perfecto. Fue real.
Y lo real casi siempre desordena.
Más tarde, Roxy se quedó en silencio.
—Tengo miedo…
Tefy dejó de moverse.
—¿De qué?
—De volver a mi casa… de que todo cambie… de no verte igual después… de que el tiempo nos rompa sin preguntarnos.
Tefy la abrazó más fuerte.
—El miedo no es una señal de que esto se acaba… es una señal de que te importa.
Roxy respiró hondo, como si esa frase le aflojara algo dentro.
—Pero no quiero perderte.
—Entonces no te pierdas tú primero —respondió Tefy—. Lo demás lo resolvemos después.
Se quedaron en silencio un rato largo. De esos silencios donde no hace falta decir más.
Cuando llegó el momento de partir, todo se volvió más lento.
El abrazo duró más de lo normal. Como si soltar fuera una decisión imposible de aceptar.
—Te amo —dijo Roxy.
—Y yo a ti… sin condiciones —respondió Tefy.
El viaje comenzó.
Y aunque físicamente se separaban… había cosas que ya no sabían separarse tan fácil.
Tefy no volvió a casa igual.
Y Roxy tampoco se fue igual.
Porque hay viajes que no terminan cuando uno se baja del transporte… sino cuando la mente por fin deja de buscar a la otra persona en cada rincón.
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Buscando mi Lugar
Acak"Si lees hasta el final, ya formas parte de mi secreto." Hubo un tiempo en que todos sabían mi nombre. Era la chica popular, la que parecía tenerlo todo: amigos, atención, seguridad... o al menos eso fingía. Nadie imaginaba el caos que escondía detr...
