El Regalo Envenenado

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Existen muchas formas de escapar del dolor: algunas parecen inofensivas, como la música o la risa; otras se disfrazan de libertad, como el sexo o el alcohol. Pero hay una forma más silenciosa y definitiva de huir: dejar de estar presente dentro de uno mismo.
Tefy no estaba buscando placer esa noche. Ni compañía. Ni consuelo. Lo que buscaba era más extremo: desaparecer sin morir.
El abandono de su cumpleaños le había dejado una grieta abierta en el pecho. No dolía como un golpe reciente, sino como algo antiguo que por fin terminaba de romperse.
Camila intentó acercarse otra vez, con esa sinceridad que no calcula consecuencias:
—¿Qué te pasa?
Tefy no tardó en levantar su defensa. Ya no reaccionaba, ejecutaba.
—Te dije que no te metas en mi vida —respondió, fría—. Si estoy bien o mal, no es asunto de nadie.
Era una mentira funcional. Porque sí le importaba. Pero aceptar eso significaba abrir una puerta, y ella llevaba demasiado tiempo cerrando todas.
El ambiente cambió cuando apareció Cristian.
No necesitaba presentarse. En su mundo, él no era una persona: era un acceso.
—Princesa… ¿qué vamos a hacer hoy?
Tefy lo miró con una calma vacía.
—Dame algo para no pensar. Para no recordar nada.
Cristian sonrió como quien ya conoce la respuesta antes de la pregunta. Sacó dos pastillas.
—Esta ahora. La otra mañana. Así sigues flotando.
No era una recomendación. Era un sistema.
Tefy las tomó sin dudar.
La fiesta continuó como si nada.
O como si todo ya estuviera perdido.
La música dejó de ser música y se convirtió en vibración dentro del cráneo. Las luces no iluminaban: fragmentaban la realidad.
En algún momento intentó buscar a Camila. No por cariño, sino por un resto mínimo de humanidad que aún no terminaba de apagarse.
La encontró en una habitación donde la escena la golpeó más que cualquier insulto: cuerpos cruzados, intimidad convertida en espectáculo, deseo sin nombre ni cuidado.
No sintió deseo. Sintió vacío. Pero esta vez era distinto: un vacío con forma de rechazo.
Se incorporó tambaleante.
—Vámonos —le dijo a Camila—. Aquí no deberíamos estar.
Era la primera vez que no se quedaba a mirar el desastre.
La primera vez que elegía salir.
Horas después, la fiesta se diluyó en otra casa con piscina. El tiempo dejó de existir. Solo quedaban fragmentos: risas sueltas, botellas medio vacías, cuerpos que ya no recordaban por qué estaban ahí.
A medianoche entendió algo sin necesidad de mirar el reloj: había cumplido años y nadie lo había notado.
Ni una llamada. Ni un mensaje. Ni un gesto mínimo.
El silencio no era ausencia. Era decisión.
Sus padres no solo no estaban. La habían borrado del calendario.
Al salir, con el cuerpo desordenado y la mente aún flotando, pasó por casa de un conocido tatuador.
No pensó el diseño. No lo planificó.
Solo eligió una frase como si fuera una última forma de pedir ayuda sin decirla en voz alta:
“Don’t let me down.”
No me falles.
No era para alguien en específico.
Era para todos los que alguna vez debieron sostenerla y no lo hicieron.
Era para la vida misma.
Era para ella.
De regreso en casa, el vacío no cedió. Se duchó, se cambió, y volvió al club como quien repite un ritual sin fe.
La rutina ya no era hábito. Era inercia.
En la barra pidió algo dulce. Un contraste inútil contra lo que llevaba dentro.
Cristian apareció otra vez, como si nunca se fuera del todo.
—Si quieres desaparecer un rato más… ya sabes qué hacer.
No lo pensó.
Otra pastilla.
Luego otra.
Y el mundo empezó a romperse por dentro.
Las luces perdieron forma. Los sonidos se deformaron. Su cuerpo dejó de responderle como propio.
Por primera vez en ese lugar, no era la reina de nada.
Era alguien a punto de caerse.
Un hombre se acercó.
Miguel.
No veía a una persona: veía una oportunidad.
Sus palabras eran suaves, pero invasivas. Cada frase era un intento de abrir una puerta que ella no había ofrecido.
Tefy intentó retroceder, pero el cuerpo no le obedecía.
El límite estaba difuso. Peligrosamente difuso.
Entonces apareció Camila.
No gritó. No hizo escándalo.
Solo se colocó entre ambos.
—Déjala —dijo con firmeza.
Miguel dudó. Luego se retiró.
Tefy la miró como si la estuviera viendo por primera vez.
Y dijo lo único que todavía era real:
—Me siento mal. Llévame de aquí.
Camila no preguntó nada más.
La sostuvo de la mano y la sacó del lugar.
No hacia otra fiesta.
No hacia el ruido.
Hacia afuera.
Hacia algo parecido a la seguridad.
Al día siguiente, despertó en un lugar desconocido.
No olía a alcohol ni a humo.
Olía a ropa limpia.
A casa.
A algo que hacía demasiado tiempo no reconocía.
Camila estaba en la cocina.
—Buenos días… o buenas tardes —dijo con naturalidad.
Eran las dos de la tarde.
Tefy se incorporó incómoda. Quiso irse rápido, como siempre.
Pero Camila la detuvo sin violencia, solo con presencia.
—No te vas hasta que me digas qué pasó.
—No es asunto tuyo.
—No necesito que sea asunto mío. Pero tampoco voy a ignorarlo.
Silencio.
Tefy bajó la mirada. La máscara empezó a resquebrajarse sin permiso.
—Ayer fue mi cumpleaños —dijo al fin—. Y nadie lo recordó.
No había drama en su voz. Solo hecho.
Eso era lo más peligroso.
Camila la observó sin lástima.
—¿Y por qué no dijiste nada?
—Porque no tengo por qué decirle nada a nadie.
—Claro —respondió Camila—. Pero igual te voy a molestar.
Tefy levantó la mirada.
—¿Qué?
—No voy a soltarte. Voy a insistir. Aunque te moleste. Aunque te cierres. Voy a estar ahí hasta que un día… aunque sea un segundo… te rías.
Una pausa.
—No porque lo merezcas. Sino porque sí.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue nuevo.
Tefy no supo cómo responder.
No era manipulación.
No era interés.
No era deseo.
Era algo peor para alguien como ella:
constancia sin condición.
Se levantó sin decir nada.
Se fue.
Como siempre.
Pero esta vez no era lo único que se llevaba.
Porque las palabras de Camila no se quedaron atrás.
Se quedaron dentro.
Y por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de ella no sonó a caída.
Sino a posibilidad.

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