La verdad duele, pero limpia. La mentira, en cambio, se queda viviendo dentro como una infección lenta, silenciosa, que termina pudriendo todo lo que toca. Tefy estaba cansada de pudrirse por dentro. Cansada de las versiones incompletas, de los silencios estratégicos, de las medias verdades que siempre acababan destruyéndola.
Quería la verdad completa. Aunque le costara lo poco que aún le quedaba en pie.
Sentada frente a Kmila en el pasillo de la clínica, dejó caer la pregunta sin adornos:
—¿Cuál es tu interés en mí?
No había rabia. No había espectáculo. Solo una calma incómoda, de esas que anuncian cambios irreversibles.
Kmila bajó la mirada de inmediato. Intentó escapar con el cuerpo, como si moverse pudiera borrar la pregunta.
—Por favor… no me hagas decirlo.
Tefy no se movió.
—No te estoy pidiendo permiso. Te estoy preguntando la verdad.
El aire entre ambas se tensó. Ese tipo de tensión que no explota, pero tampoco se disuelve.
Kmila respiró hondo. Una vez. Dos. Como quien se prepara para caer sin red.
—Está bien… —dijo al fin, con la voz rota—. Te lo voy a decir.
Y lo soltó.
—Con el tiempo… empecé a quererte. No como amiga. No de esa forma simple que tú entiendes todo. Me gustas, Tefy.
El silencio después de esa frase fue más grande que el pasillo entero.
Tefy parpadeó. Una vez. Dos. Como si su mente buscara un idioma para traducir lo que acababa de escuchar.
—¿Qué…?
Kmila no retrocedió.
—Me gustas. Así de simple. No te lo estoy pidiendo. No estoy exigiendo nada. Solo… no puedo seguir fingiendo que no me pasa.
La confesión no tenía dramatismo. Y eso la hacía más peligrosa.
Porque era real.
Tefy bajó la vista un segundo, como si el suelo pudiera darle una respuesta más lógica que esa.
—Después de todo… —murmuró— ¿esto?
Kmila tragó saliva.
—Sí. Después de todo.
Hubo un silencio corto. Pero pesado.
—Yo no sé qué hacer con eso —dijo Tefy finalmente.
—No tienes que hacer nada —respondió Kmila rápido—. Solo… no te alejes.
Esa frase quedó flotando como una súplica sin orgullo.
Tefy dio un paso atrás.
—Mejor me voy.
Y se fue.
Pero no fue una huida limpia. Fue el tipo de salida que deja algo encendido atrás.
Días después, volvió.
No porque entendiera lo que sentía Kmila.
Sino porque no entendía por qué le importaba no perderla.
—Mira —dijo Tefy, sin rodeos—. Lo que tú sientas… no me cambia nada. Pero lo que me dolió fue lo otro. Lo de antes. Eso sí.
Kmila la miró, en silencio, conteniendo el aire.
—Entonces… ¿seguimos hablando?
Tefy se encogió de hombros.
—Normal. Sin teatro.
Y por primera vez, esa palabra no sonó vacía.
Normal.
Esa misma noche fueron a una fiesta. Pero algo había cambiado en la forma en que caminaban juntas. Ya no era jerarquía. Tampoco era competencia. Era algo más raro: una especie de alianza frágil.
Mia y Ary se sumaron. Cuatro cuerpos orbitando en el mismo caos, pero sin romperse entre ellas.
Risas. Música. Alcohol.
Y por primera vez, el centro no era Tefy.
Era el grupo.
En medio del ruido, a Tefy le sangró la nariz.
Mia se asustó. Ary también.
—¡¿Qué le pasa?!
Pero Kmila intervino rápido, sin drama.
—Tranquilas. No es nada grave. A veces le pasa.
No explicó más. No hizo espectáculo.
Y eso bastó.
El momento pasó como pasan las cosas que no quieren ser tragedia.
Hasta que la noche cambió de temperatura.
Un conflicto estalló con China. Primero palabras. Después empujones. Luego un golpe.
Mia cayó hacia atrás.
Y el ambiente se rompió.
No fue una decisión consciente.
Fue instinto.
Ary reaccionó primero, lanzándose.
Kmila cayó al suelo empujada en el caos.
Y entonces Tefy dejó de pensar.
No fue Barbie.
No fue la reina.
No fue la imagen.
Fue otra cosa.
Algo más antiguo.
Más visceral.
Se levantó de golpe y se lanzó hacia la chica que había empujado a Kmila.
No había estrategia. No había cálculo.
Solo una certeza:
nadie la toca.
El caos duró minutos que se sintieron más largos de lo que realmente fueron. Gritos. Manos. Caídas. Intervenciones tardías.
Cuando todo terminó, la policía ya venía en camino.
La versión fue una sola.
Las otras dos habían empezado.
Y las cuatro se quedaron de pie entre el desastre: despeinadas, respirando fuerte, con el cuerpo marcado… y una risa que no sabían de dónde salía.
No era risa de felicidad.
Era risa de sobrevivir juntas.
Algo había cambiado de forma irreversible.
Al día siguiente, en la universidad, el rumor ya las había convertido en historia.
Leyenda.
En clase, sentadas al fondo, Kmila se inclinó hacia Tefy.
—Tengo hambre…
—Yo no traje nada —respondió Tefy—. Pero lo arreglo.
Levantó la mano con calma exagerada.
—Profe.
La profesora ni siquiera la miró con paciencia.
—¿Qué quieres ahora?
—Tengo hambre.
—Eso se espera al receso.
—No le estoy pidiendo permiso —respondió Tefy, tranquila.
La clase entera se quedó en silencio.
—Solo le informo.
La profesora explotó.
—¡¿Y para qué me lo dices?!
Tefy se levantó.
—Para que lo tenga presente.
La profesora la sacó del aula.
Puerta cerrada.
Silencio.
Un segundo después, Tefy sonrió.
Y gritó hacia adentro, sin miedo:
—¡El que tenga hambre… que venga!
Fue suficiente.
Primero uno.
Después otro.
Luego la mitad del aula.
Se levantaron.
Salieron.
La profesora salió corriendo detrás, furiosa, intentando detener la estampida.
Pero ya era tarde.
Tefy caminaba por el pasillo como si el mundo le perteneciera por un instante corto, imperfecto, pero suyo.
Y detrás de ella venían Kmila, Mia y Ary.
No como sombras.
No como seguidores.
Como presencia.
Como algo que, por primera vez en su vida, no se desmoronaba al primer golpe.
Y Tefy lo entendió sin decirlo:
la soledad no siempre desaparece.
a veces solo aprende a sentarse al lado de alguien que no huye.
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Buscando mi Lugar
De Todo"Si lees hasta el final, ya formas parte de mi secreto." Hubo un tiempo en que todos sabían mi nombre. Era la chica popular, la que parecía tenerlo todo: amigos, atención, seguridad... o al menos eso fingía. Nadie imaginaba el caos que escondía detr...
