Hay momentos en la vida en los que la ilusión no se rompe de golpe… se va deshaciendo en silencio, como si alguien apagara una luz sin avisar.
Tefy despertó con esa sensación extraña en el pecho que no siempre tiene nombre. No era tristeza todavía, tampoco calma. Era esa mezcla peligrosa entre ansiedad y presentimiento, como si el cuerpo supiera algo que la mente aún no quería aceptar.
El amanecer apenas empezaba a filtrarse por la ventana cuando se obligó a levantarse.
Hoy iba a ver a Roxana.
Y eso, por sí solo, era suficiente para empujar cualquier malestar hacia un segundo plano.
Salió temprano hacia la parada.
El aire de la mañana estaba fresco, casi engañosamente tranquilo. Tefy miraba cada movimiento del entorno con una espera nerviosa, como si el tiempo se hubiera vuelto más lento.
Entonces la vio.
Roxana venía caminando con su mochila al hombro.
Y no era una visita cualquiera.
Era una semana entera juntas.
Siete días donde, por fin, no habría distancia, ni horarios, ni despedidas rápidas.
Tefy sintió cómo algo dentro de ella se aflojaba por un instante.
—Llegaste… —dijo, intentando disimular la emoción.
—Sí… por fin —respondió Roxana con una sonrisa cansada pero sincera.
No hicieron falta más palabras.
Porque cuando alguien te importa de verdad, el reencuentro habla más fuerte que cualquier frase.
La casita volvió a llenarse de vida.
Dejaron las cosas, se miraron como si el mundo afuera no existiera y salieron juntas.
Desayunaron en la ciudad.
Después caminaron sin rumbo fijo.
Conocieron lugares, calles nuevas, esquinas que parecían hechas para ellas dos.
Los días se mezclaron entre risas, comida compartida, música, momentos de intimidad, silencios cómodos y otros no tanto.
Había amor.
De ese que no siempre es perfecto, pero se siente real en cada gesto.
Y también había exceso.
Exceso de emociones, de cercanía, de intensidad.
Porque cuando dos personas se tienen poco tiempo, intentan vivirlo todo como si fuera eterno.
Pero el tiempo, incluso cuando se ignora, siempre avanza.
Y llegó el día de la despedida.
Roxana recogió sus cosas en silencio.
No era un silencio vacío, era un silencio lleno de cosas que ninguna de las dos sabía cómo decir sin romperse un poco.
—Ya… me tengo que ir —dijo Roxana al fin.
Tefy asintió.
Pero por dentro, algo se apagó sin hacer ruido.
La vio alejarse.
Y en ese instante entendió algo que no siempre se aprende a la primera:
no todas las presencias están hechas para quedarse.
No pasó ni una hora.
El golpe llegó sin aviso.
Golpe en la puerta.
La dueña de la renta estaba ahí.
Su expresión no dejaba espacio para dudas.
—Recoge tus cosas. Mañana tienes que irte temprano.
Tefy frunció el ceño.
—¿Cómo que irme?
La mujer ni siquiera bajó el tono.
—No quiero ese tipo de relación en mi casa. Aquí no.
Las palabras no solo informaban… expulsaban.
Y a veces la exclusión no necesita violencia para doler: basta con la indiferencia disfrazada de decisión.
Tefy se quedó quieta.
Por unos segundos no reaccionó.
Como si el cerebro intentara encontrar una salida lógica a algo que no la tenía.
Cuando por fin entendió, no discutió.
No gritó.
No pidió explicaciones.
Solo entró, cerró la puerta y empezó a recoger.
Una por una.
Sus cosas.
Su vida.
Su intento de estabilidad.
Todo cabía en una maleta.
O eso parecía.
La madrugada la encontró despierta otra vez.
5:00 a.m.
La lluvia caía sin intensidad dramática, pero suficiente para empapar el ánimo.
Tefy estaba sentada en una parada de autobús.
Sola.
Con una maleta a su lado.
Mirando un punto fijo que no era nada.
Ni casa.
Ni destino.
Ni futuro claro.
Solo espera.
Y una pregunta que no dejaba de repetirse dentro de ella:
¿En qué momento todo se volvió tan frágil?
El mundo seguía funcionando alrededor.
Pero ella… estaba en pausa.
No porque quisiera.
Sino porque a veces la vida no pregunta si estás listo para lo que viene después.
Solo te empuja hacia ello.
Y te obliga a seguir.
ESTÁS LEYENDO
Buscando mi Lugar
De Todo"Si lees hasta el final, ya formas parte de mi secreto." Hubo un tiempo en que todos sabían mi nombre. Era la chica popular, la que parecía tenerlo todo: amigos, atención, seguridad... o al menos eso fingía. Nadie imaginaba el caos que escondía detr...
