El amanecer llegó sin suavidad. Entró por la ventana como una verdad incómoda: fría, silenciosa, imposible de ignorar. Tefy llevaba horas sin noticias de Roxy, y esa ausencia empezaba a pesarle en el pecho como si el aire se hubiera vuelto más denso.
Se levantó sin pensarlo demasiado y fue directo al baño. Encendió música desde el celular; no buscaba ruido, buscaba escape. Se sentó bajo la ducha sin dejar que el agua la tocara de inmediato, como si necesitara unos segundos para existir sin el mundo encima.
La voz de una canción llenó el espacio, y sin darse cuenta comenzó a cantar, bajito, casi como un pensamiento:
“Me dijiste hola con una sonrisa… y desde ese instante todo cambió sin aviso…”
No era solo una canción. Era memoria. Era ese tipo de recuerdo que no se guarda en la mente, sino en el cuerpo. Cada palabra le apretaba algo por dentro, como si el pasado tuviera la costumbre de volver cuando el presente no sabe sostenerse.
Al fin abrió el agua. El frío la golpeó primero, luego vino la calma. Respiró profundo. A veces el dolor no desaparece, solo aprende a esconderse debajo de la rutina.
Cuando salió del baño, todavía con el cabello húmedo, fue directo al celular.
No había mensajes nuevos.
Ese silencio fue suficiente para inquietarla.
Llamó.
Nada.
Insistió.
Nada.
Hasta que, finalmente, Roxy apareció en línea.
—Mi amor… ¿estás ahí? —preguntó Tefy apenas conectaron.
—Sí… aquí estoy —respondió Roxy, pero su voz no sonaba igual. Había algo apagado, como si hablara desde un lugar donde el miedo era más fuerte que las palabras.
—Me tenías preocupada. ¿Qué está pasando?
Hubo un silencio breve. De esos que no son vacíos, sino llenos de cosas que no se saben decir.
—Aquí todo está demasiado pesado… —dijo Roxy al fin—. Siento que todo se está cerrando.
Tefy cerró los ojos un segundo. Hay frases que no necesitan explicación para doler.
—Vamos a salir de esto juntas —respondió ella, firme, como si la fuerza pudiera transmitirse por la voz—. Escúchame bien… no estás sola.
—Tengo miedo… —confesó Roxy.
Y esa palabra cambió el ambiente completo.
El miedo no discute. El miedo se instala.
—No dejes que eso te domine —dijo Tefy, intentando sostenerlas a las dos—. Dime que confías en mí.
—Confío… pero no sé qué va a pasar.
—No necesitas saberlo todo ahora. Solo quédate aquí conmigo.
Un silencio.
—¿Me amas? —preguntó Tefy, bajando la voz.
—Demasiado.
—Entonces lucha conmigo.
—Sí… puedo.
Pero incluso cuando lo dijeron, ambas sabían que la vida no siempre respeta los acuerdos del amor.
Los días comenzaron a pasar con una velocidad extraña, como si el mundo se estuviera preparando para algo que nadie entendía del todo. La pandemia avanzaba, y con ella, la distancia dejaba de ser solo física.
El chat se convirtió en refugio… y también en ansiedad.
Hasta que un día, sin aviso, llegó un mensaje de un número desconocido.
Tefy no solía responder desconocidos. No esa versión de ella. No la que ya había aprendido a desconfiar del mundo.
Pero algo la obligó a abrirlo.
“¿Podemos hablar?”
La foto de perfil la detuvo en seco.
Camila.
El nombre no era lo que dolía. Era lo imposible de su presencia.
Porque Camila estaba muerta.
El cuerpo de Tefy reaccionó antes que su mente.
—¿Qué quieres? —escribió.
—Hablar contigo. Necesitas escuchar la verdad.
—Yo no hablo con fantasmas.
La respuesta llegó rápido.
—No es lo que crees.
Y entonces empezó a desmoronarse todo.
Palabra tras palabra, la historia se volvió más pesada. Nombres, hechos, versiones que chocaban contra lo que Tefy creía haber enterrado emocionalmente hacía tiempo.
Betty.
Decisiones tomadas por otros.
Silencios que habían protegido cosas que nunca debieron ocurrir.
Tefy leyó sin respirar bien.
No porque no entendiera… sino porque entenderlo era otra forma de romperse.
—Deja eso… —respondió al final—. No quiero saber más.
—No estoy aquí para destruirte —escribió Camila—. Estoy aquí para que dejes de cargar una versión incompleta de la verdad.
Pero la verdad, cuando llega tarde, no siempre consuela. A veces solo hiere con más precisión.
Cuando la conversación terminó, Tefy quedó en silencio largo rato.
Luego apareció Roxy.
—Amor… ¿estás ahí?
—Sí.
—Yo ya sabía de eso… —confesó Roxy, sin rodeos.
Tefy sintió el golpe sin que nadie la tocara.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque me pidieron que te lo dijera de otra forma… y porque no sabía cómo ibas a reaccionar.
Eso no calmó nada.
Solo abrió otra herida.
—No quiero más secretos —dijo Tefy, más fría de lo que quería sonar.
—Lo sé… pero estoy contigo, ¿sí? No te suelto.
Y esa frase fue lo único que evitó que todo se rompiera del todo.
Esa noche, la conversación terminó sin despedidas largas. Solo un “te amo” dicho con cansancio, como si ambas estuvieran aprendiendo a sobrevivir a lo que no pueden controlar.
Cuando la pantalla se apagó, el cuarto de Tefy volvió a sentirse demasiado grande.
La mente empezó a trabajar sola.
Y cuando la mente no encuentra respuestas, empieza a inventar dolores.
Se quedó mirando el techo largo rato.
Luego lloró.
No por una sola razón.
Sino por todas las cosas que ya no sabía cómo sostener.
Y en algún momento entre el cansancio y la tristeza, el sueño la encontró sin pedir permiso.
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Buscando mi Lugar
Random"Si lees hasta el final, ya formas parte de mi secreto." Hubo un tiempo en que todos sabían mi nombre. Era la chica popular, la que parecía tenerlo todo: amigos, atención, seguridad... o al menos eso fingía. Nadie imaginaba el caos que escondía detr...
