El Tic-Tac del Abismo

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El tiempo avanza como si nada tuviera derecho a detenerlo. Un tic-tac constante, indiferente, casi cruel. A veces suena como esperanza. Otras, como sentencia.
Tefy no pensaba en el futuro. No podía. Vivía en fragmentos: días que pasaban sin dejar huella, conversaciones que no se quedaban, emociones que llegaban tarde o no llegaban nunca.
A los dieciséis años, creía estar aprendiendo a sobrevivir. Servicio social, distancia de Shirley, una independencia improvisada que no terminaba de sostenerla. Pero la vida no es una etapa tras otra. Es un borde. Y a veces, ese borde cede sin avisar.
Shirley estaba lejos, en el ejército, a cuarenta kilómetros que se sentían como otro mundo. Sus llamadas eran lo único estable.
Hasta esa noche.
—Necesito verte —dijo él, con la voz rota—. Estoy solo.
No era una petición. Era una grieta.
Tefy fue.
Mintió lo justo para salir de casa, sin imaginar que esa decisión abriría una cadena imposible de detener.
El encuentro no fue como lo había esperado.
Shirley no buscaba conversación.
Buscaba otra cosa.
—Quiero estar contigo de verdad —dijo, sin rodeos.
El silencio que siguió no fue vacío. Fue choque.
Tefy sintió algo partirse dentro de ella: no era sorpresa, era decepción.
—Eso no era el acuerdo —respondió, firme, aunque por dentro todo temblaba—. No somos eso.
Él bajó la mirada.
Y algo entre los dos cambió para siempre.
La amistad siguió existiendo… pero ya no intacta.
Tefy se fue antes de que la conversación terminara de doler.
La noche la alcanzó en una parada vacía.
El tiempo dejó de tener sentido. Dos horas. Tal vez más.
Hasta que un coche se detuvo.
El hombre bajó la ventanilla.
Sonreía demasiado.
—Te llevo. Es tarde.
Esa frase no sonó a ayuda. Sonó a decisión ajena.
Tefy dudó. Solo un segundo.
Y ese segundo cambió todo.
Subió.
Dentro del coche el aire era espeso, falso, cargado de algo que su instinto no supo nombrar, pero sí temer.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él.
—Dayana —mintió.
Un nombre inventado como si pudiera protegerla.
—¿Edad?
—Dieciséis.
El silencio que siguió no fue normal.
Fue evaluación.
—Tan pequeña… viajando sola —murmuró él.
Y entonces el mundo dejó de parecer un accidente.
El coche cambió de dirección.
La carretera se volvió oscura, estrecha, aislada.
—¿Qué haces? —preguntó ella, ya sin disimular el miedo.
El hombre no respondió de inmediato.
Cuando lo hizo, su voz había cambiado.
Ya no fingía.
—Desde que te vi supe que eras diferente.
El estómago de Tefy se cerró.
—Bájame.
—No te pongas nerviosa… —dijo él, como si estuviera calmando a alguien irracional—. Si te relajas, será mejor.
El miedo no fue progresivo.
Fue instantáneo.
—¡Detén el coche!
La puerta se abrió.
El aire frío la golpeó como una oportunidad.
Corrió.
No pensó.
Solo corrió.
—¡AYUDA!
Pero la noche no responde.
La noche solo devuelve eco.
El golpe la alcanzó antes de entenderlo.
Cayó.
El peso sobre su espalda convirtió el mundo en tierra, presión y respiración ajena.
—No hagas esto más difícil —susurró él.
Y esa frase fue lo más absurdo de todo.
Como si hubiera algo fácil en aquello.
Tefy luchó.
Porque el cuerpo siempre lucha antes de rendirse.
Gritó.
Arañó.
Se rompió en movimiento.
Entonces llegó el dolor.
No uno.
Varios.
Reales.
Definitivos.
Y después, el silencio interno.
No el del entorno.
El suyo.
Ese momento donde la mente se desconecta para no morir dentro del propio cuerpo.
Miró el cielo entre ramas.
Y dejó de estar ahí.
No era olvido.
Era separación.
Cuando terminó, el mundo no explotó.
Simplemente continuó.
El hombre se levantó, acomodó su ropa como si nada hubiera ocurrido, y se fue.
El motor del coche fue el sonido final de la normalidad abandonándola.
Tefy tardó en volver.
No a la vida.
A su cuerpo.
El dolor la obligó a moverse.
Se levantó como pudo.
No lloró como en las películas.
No gritó como en los relatos.
Solo caminó.
Porque quedarse era peor.
No sabía hacia dónde.
Solo sabía que allí no.
Media hora después, una guagua se detuvo.
—¿Te llevo? —preguntó el conductor.
Tefy lo miró.
El miedo seguía ahí.
Pero el otro miedo era mayor.
Asintió.
En casa, nada entendía nada.
—Llegas tarde.
—Báñate.
—Estás castigada.
La rutina ignoró lo irreparable.
Su madre miró su ropa.
—Te bajó el periodo.
No hubo pregunta.
No hubo pausa.
No hubo humanidad.
Solo interpretación cómoda.
Bajo la ducha, el agua no limpió nada.
El cuerpo seguía siendo su cuerpo… pero no se sentía suyo.
Se quedó ahí más tiempo del necesario.
Como si el agua pudiera borrar lo que la memoria ya había guardado.
Esa noche no durmió.
Los días siguientes tampoco existieron.
Solo ausencia.
Hasta que una madrugada el silencio en la casa cambió.
Algo estaba mal.
Y lo encontró.
Su abuelo.
El final de otra vida.
El mismo tipo de silencio, pero distinto.
Más definitivo.
No gritó.
No pidió ayuda.
Solo entendió que el mundo tenía otra forma de romperse.
Y que esa forma también era común.
Esa mañana salió.
Sin explicación.
Sin destino.
Se sentó en un parque vacío.
El frío entraba en los huesos como si ya perteneciera allí.
Y por primera vez no pensó en sobrevivir.
Pensó en detenerse.
—¿De dónde se supone que se sigue? —susurró al aire—. Si ya no queda nada.
El viento no respondió.
El reloj sí.
Tic-tac.
No como promesa.
No como castigo.
Solo como prueba de que, incluso cuando todo dentro se detiene… algo afuera sigue insistiendo en avanzar.

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