Alguien sin prisa. Que te conquiste con calma.

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Hay encuentros que no empiezan con palabras, sino con nervios.
Con miradas que no saben dónde quedarse.
Con silencios que dicen más de lo que se atreve la voz.
Y con la incertidumbre de no saber si lo que está naciendo es real… o demasiado bonito para ser cierto.
El amor, cuando es genuino, no se fuerza.
Se reconoce.
Se aprende a caminar con él.
Y a veces, incluso, se tropieza con él sin darse cuenta.
Tefy caminaba con la mochila al hombro.
Pero su atención no estaba en el camino.
Se le escapaba la mirada hacia Roxy una y otra vez, como si su mente no supiera obedecer la prudencia.
“Contrólate”, pensaba.
Pero el corazón no negocia con la lógica.
Roxy caminaba rápido, como si quisiera esconder los nervios en el movimiento.
Y Tefy, por dentro, estaba igual de perdida.
Dos personas intentando verse tranquilas… mientras por dentro todo se desordenaba.
En la parada, el silencio fue casi incómodo.
Subieron al transporte sin saber muy bien qué hacer con sus manos, con sus miradas, con su presencia.
Roxy miraba por la ventana.
Tefy fingía descanso… hasta que su cabeza terminó apoyándose en su hombro.
Roxy se tensó un segundo.
Ese tipo de contacto no era casual.
Era íntimo.
Demasiado real.
Pero no la apartó.
El trayecto siguió.
Y con él, la distancia emocional empezó a reducirse.
—Creo que es por aquí —dijo Roxy bajito.
Tefy dudó.
Había escuchado otra indicación.
Pero eligió confiar en ella.
—No, por aquí no es —respondió alguien más.
Roxy soltó una mirada de “te lo dije”.
Tefy sonrió.
No por el error.
Sino por la forma en que empezaban a existir juntas incluso en lo simple.
Caminaron.
Una al lado de la otra.
Y el mundo alrededor parecía menos importante.
Tefy la observaba en silencio.
Y había algo que no podía controlar:
la forma en que el amor, cuando empieza, convierte cualquier detalle en algo enorme.
De repente, sin pensarlo demasiado, tomó la mano de Roxy.
El gesto fue pequeño.
Pero el impacto fue grande.
Roxy la miró sorprendida.
—Están sudadas —dijo, intentando disimular los nervios.
—¿Y qué? —respondió Tefy—. No me molesta.
Pausa.
—Me gusta.
Ese tipo de frases no se ensayan.
Salen cuando el corazón deja de pedir permiso.
Roxy bajó la mirada.
—A mí me sudan cuando me pongo nerviosa…
Y en ese instante, ambas entendieron algo:
ninguna estaba fingiendo calma.
Siguieron caminando.
Hasta que la confusión del lugar las obligó a preguntar otra vez.
Y otra vez.
Hasta que la certeza se volvió risa.
—Te lo dije —murmuró Roxy, divertida.
Tefy soltó una carcajada suave.
Y por primera vez en el día… no había tensión.
Solo conexión.
Cuando llegaron al cuarto, el ambiente cambió.
Más cerrado.
Más íntimo.
Más vulnerable.
Tefy sacó un peluche de su mochila.
—Te traje esto.
Roxy lo tomó con cuidado.
Lo acercó a su rostro.
Y sonrió.
—Gracias…
No fue una palabra cualquiera.
Fue una pausa emocional.
—Quiero que lo cuides —dijo Tefy—. Así como yo te cuido a ti.
Roxy no respondió.
Solo la miró.
Y en esa mirada había algo nuevo:
confianza.
Tefy la abrazó.
Fuerte.
Sin medir.
Sin calcular.
—Estaba loca por conocerte en persona —confesó.
Y en ese momento ocurrió algo inevitable.
El silencio entre ellas dejó de ser incómodo.
Y se volvió tensión.
Tefy se acercó.
Demasiado cerca para ignorarlo.
Le sostuvo el rostro con suavidad.
Y la besó.
Fue breve.
Inseguro.
Humano.
Tefy se apartó un poco, esperando rechazo.
Pero no lo hubo.
Roxy no huyó.
No se cerró.
Solo la miró diferente.
Y volvió a acercarse.
El segundo beso ya no tuvo dudas.
—¿Te gustan mis besos? —preguntó Tefy en voz baja.
—Me encantan —respondió Roxy sin pensarlo.
Y en esa respuesta simple… se rompieron muchas barreras invisibles.
Pero el tiempo no se detiene solo porque algo se siente bien.
Roxy tenía que irse.
Y el miedo apareció sin avisar.
El miedo de que lo vivido en unas horas… no pudiera sostenerse afuera.
Mintió.
No por maldad.
Sino por necesidad emocional.
—Mamá, me quedaré con mis compañeros —dijo al teléfono.
Y colgó.
El tipo de mentiras que nacen del deseo suelen tener un precio emocional después.
Pero en ese momento… solo importaba quedarse.
—Me quedo contigo —dijo Roxy, abrazándola otra vez.
Tefy no respondió con palabras.
Solo la sostuvo más fuerte.
Salieron.
Subieron una loma.
Rieron.
Tropezaron con la vida sin dejar de mirarse.
Y entre risas y cansancio, la noche se volvió simple.
Comer.
Hablar.
Estar.
Hasta que una copa casi cae.
—¡Roxana! —gritó Tefy.
Y ambas estallaron en risa.
De esas risas que no son por lo gracioso…
sino por lo feliz del momento.
Ya de vuelta, el mundo se hizo pequeño otra vez.
La cama.
El silencio.
El cansancio.
Roxy se durmió abrazada a ella.
Como si su cuerpo hubiera encontrado un lugar seguro sin pedirlo.
Tefy no durmió de inmediato.
La miró.
Mucho.
Demasiado.
Y en su mente apareció la única pregunta que no tenía respuesta:
“¿Qué hiciste conmigo… que ahora me cuesta tanto pensar en otra cosa?”
No había respuesta.
Solo una certeza creciendo sin permiso:
ya no era solo emoción.
Era algo más profundo.
Y más peligroso también.

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