Salí del agua para volver a tomar aire y enseguida taparon mi boca de nuevo. Aquellas criaturas continuaban corriendo olvidándose por completo de nosotros. Estábamos debajo del puente y no lograron vernos, al menos habíamos conseguido sobrevivir.
Solté todo el aire que había estado conteniendo y me giré para ver a quien sea que me haya salvado. Era un chico el que me empujó, me miró durante unos segundos y lo único a lo que pude prestar atención fue a sus ojos verdes, como si hubiera algo familiar en ellos.
—¿Estás bien? —preguntó él, con un tono que no era preocupación pura, sino más bien duda.
Sus ojos entrecerrados parecían analizarme como si buscara un rastro de podredumbre en mi piel.
—Sí, ¿tú estás bien? —quizá la pregunta sonó más automática que real.
—Eso creo.
—Me refería a si estás infectado.
—¿Tengo pinta de estarlo?
Lo examiné un momento. No había marcas visibles, ni esa piel grisácea que ya empezaba a reconocer como señal de muerte. Su respiración era agitada, pero demasiado humana para ser fingida. Aun así, no estaba lista para bajar la guardia.
—No. —Admití—. Gracias por la ayuda.
Él asintió apenas, y soltó una media sonrisa que no me convenció.
—Es que me pareció raro ver a alguien con vida por aquí.
—¿Llevas mucho aquí?
—Soy Ethan —dijo, extendiendo una mano húmeda hacía mí. La acepté con cierta torpeza.
—Rachel.
—¿Te parece si salimos de aquí? El agua está helada.
El frío me estaba calando hasta los huesos, así que nadamos hacia la orilla opuesta. Cada brazada me pesaba más, como si el lago quisiera retenernos. Cuando al fin salimos, él me ofreció la mano otra vez para ayudarme a subir, y sentí la piel de mis dedos entumecida.
El aire de la noche era cortante. Me abrazaba a mí misma en un intento inútil por conservar el calor. Ethan sugirió buscar ropa y comida en una tienda cercana, tras cruzar los árboles.
La caminata fue lenta y tensa. Las ramas crujían bajo nuestros pies y cualquier sonido parecía demasiado fuerte. El silencio se volvió una amenaza constante.
De pronto una figura horrible emergió entre los troncos. Su piel estaba llena de grietas negras y lo peor: no tenía ojos. Las cuencas vacías parecían aún más horribles que una mirada muerta. Mi respiración se quebró en la garganta: un grito amenazaba con salir. Ethan me empujó suavemente contra un árbol y susurró cerca de mi oído:
—No te muevas. No puede vernos.
Lo que sea que eso fuese pasó a pocos pasos olfateando el aire como un animal, dejando un rastro de olor a muerte. Sentí náuseas, las piernas me temblaban. Cuando al fin se alejó apenas podía contenerme.
—¿No puede vernos, dijiste? —asiente—. No tiene sentido.
—Pues no tienen ojos.
—Quieres decir que siguen siendo personas o...
—No, ya no tienen vida de eso estoy seguro, pero uno de esos zom
—No —interrumpí—. No uses esa palabra, es imposible que lo sean.
—Mira hasta hace poco yo tampoco creí que pudiera ser posible un apocalipsis zom —lo miré de mala manera—. Apocalipsis de infectados, pero lo estamos viviendo. ¿Qué otra explicación encuentras para esas criaturas?
ESTÁS LEYENDO
PROGRAMA F3 Libro I y II
Science FictionLa ciudad estaba en completa oscuridad, pero ellos no se encontraban solos, Rachel, Ethan y Zach, 3 desconocidos con una cosa en común: el miedo a morir. Deberán sobrevivir a las criaturas de la noche y llegar al domo, un lugar que promete ser su s...
