Capítulo 1: ¡Corre!

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Siempre supe que mi vida tendría un fin. Pero nunca imaginé que sería uno como este. No había más que oscuridad. Un calor espeso me recorría la piel. Mi frente ardía, y sentía cómo las gotas de sangre se deslizaban lentamente por mi rostro hasta las comisuras de mis labios. Todo mi cuerpo estaba entumecido, cansado.

No sabía dónde me encontraba. Apenas podía moverme. El espacio era tan reducido que cada respiro parecía rebotar contra las paredes. Traté de incorporarme y, al mover el pie golpeé sin querer un pedazo de madera. El crujido retumbó en la oscuridad y entonces un pequeño destello de luz entró por la rendija permitiéndome ver lo que había frente a mí: un chico cubierto de sangre que me miraba con preocupación.

Mi primer impulso fue defenderme, pero antes de que siquiera pudiera reaccionar, él se abalanzó sobre mí y me tapó la boca.

—Si haces ruido sabrán que estamos aquí —susurró—. Harás que nos maten si gritas, ¿puedo soltarte y prometes estar callada?

Asentí, aterrada. Él me soltó despacio.

—No quieres matarme entonces —murmuré con voz temblorosa.

—Es lo último en lo que pensaría. Créeme.

Su mirada estaba vacía, desesperada, como si él mismo estuviera convencido de que no viviría mucho más. Se asomó por la rendija de la madera, yo solo veía sombras, pero lo que fuera que lo acechaba lo tenía tenso.

—Iré primero. Cuando te diga tendrás que correr hacia la izquierda y yo iré hacia la derecha para distraerlos. Pase lo que pase no te detengas, ¿entendido?

No pude hablar, apenas logré asentir. El pánico me oprimía el pecho.

El chico respiraba agitado, como si cada inhalación fuese la última. Se inclinó hacia mí y con una mano temblorosa limpió la sangre que escurría por mi frente.

—Rachel... —susurró mientras sus ojos se cristalizaban—. No dejes que huelan tu sangre.

Lo detuve del brazo sin saber muy bien lo que diría.

—Espera. Yo no..., no sé qué está ocurriendo, no te conozco, ¿qué rayos está sucediendo allá afuera? —un escalofrío me recorría el cuerpo—. ¿Quién eres?

—Soy Jack —esbozó una sonrisa que murió en sus labios—. No dejes que te muerdan y por favor intenta sobrevivir a toda costa.

No me dejó preguntar más. Se levantó de golpe, empujó la madera y salió corriendo hacia la calle.

—¡Aquí estoy, malditos! ¡Vengan por mí! —gritó con un valor que se sentía más suicida que heroico.

Y entonces los vi. Figuras deformes, cuerpos desgarrados corriendo hacia él. Algunos con la carne colgando, otros sin brazos o con las costillas expuestas. No eran persona. No podían serlo.

La adrenalina me obligó a moverme. Salí disparada hacia la otra dirección. Cada paso se sentía como el último. Corrí y corrí, hasta que mis piernas no lo resistieron más, el ardor al correr era fuego puro en mi interior.

Nadie respondía a mis gritos de auxilia. Nadie me detuvo. Nada estaba vivo.

Al final llegué a una comisaría. La puerta estaba entreabierta; la empujé, entré y la cerré de inmediato tras de mí. Bajé las persianas con manos temblorosas, rogando que este sitio fuera seguro, aunque en el fondo sabía que ya ningún sitio lo sería.

—¿Y ahora qué? —pregunté como si alguien fuera a aparecer y darme una respuesta.

El silencio era un enemigo más. Traté de calmarme, de analizar lo poco que había visto, pero mi mente solo repetía una palabra: monstruos.

PROGRAMA F3 Libro I y IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora