Capítulo 7: Paciente cero

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JONATHAN:

HACE SEIS MESES

Aún continua la búsqueda por encontrar la cura para la fiebre de Marburgo, desde hace meses se ha detectado que varias personas en parte de África se han infectado, podemos observar en

Apagué el televisor y me centré en lo importante.

Estaba ansioso, después de estarlo planeando por semanas, al fin le pediría a Carol que se casara conmigo, un chico común y corriente que no tiene más que un eterno amor por ella. Me hubiera gustado tener a mis padres vivos y que celebraran esto a mí lado, pero no siempre tenemos el privilegio de compartir lo eterno con quienes amamos.

El nuevo departamento que había rentado todavía olía a pintura fresca. Me puse la loción favorita de Carol, repasé el discurso mil veces frente al espejo y fui por ella. Cuando la vi, me quedé sin palabras: radiante, perfecta, demasiado para alguien como yo.

Esa noche habíamos reservado la terraza de un restaurante. No había música, no había gente alrededor, solo nosotros dos y el cielo despejado.

—¿A qué se debe tanta elegancia, cariño? —preguntó ella, divertida.

—Nada en particular, quería celebrar lo feliz que soy contigo, ¿qué hay de malo en ello? Además, esperaba que tuvieras la mejor vista para el espectáculo

—¿Espectáculo?

Fue en ese momento que el cielo se iluminó con fuegos artificiales. Rojo, azul, dorado. Carol estaba maravillada por lo que observaba y esbozó una leve sonrisa cuando todo terminó, al dirigirse de nuevo conmigo un dron se había encargado de escribir un mensaje claro en el cielo nocturno.

—Entonces, ¿qué dices, Carol? —Me arrodillé frente a ella y sostuve el anillo—. ¿Me harías el honor de ser mi esposa?

Esos segundos fueron eternos, y en ese vacío mi respiración se volvió torpe, como si me negara a seguir adelante hasta escuchar su respuesta.

—¡Sí, sí, sí, por supuesto que sí! —se acercó para abrazarme alegre.

Más tarde, celebramos con amigos en un bar. Todos nos aplaudían, chocaban copas y decían que nuestra relación a distancia había sido un milagro. Ahora, por fin, estaríamos juntos para siempre.

Pero entre risas y abrazos, algo comenzó a quebrarse en mi interior. Desde la cena me había sentido extraño, cansado, con un calor incómodo recorriéndome la piel. Decidí ignorarlo, no quería arruinar un día tan especial.

El mundo empezó a tornarse borroso, los rostros alrededor se desdibujaban. Una presión ardiente me atravesó el pecho y, de repente, mis piernas no respondieron.

Caí al suelo.

Lo último que escuché antes de perder la conciencia fue la voz de Carol llamándome desesperada, cada vez más lejana.

* * *

RACHEL:

Sobrevivimos a un día más, y eso en sí ya parecía un milagro. La oscuridad seguía acechándonos, no solo afuera, sino también en nuestras mentes, era como si poco a poco nos estuviera carcomiendo. Veíamos sombras que no estaban ahí, escuchábamos voces que no existían, nos encontrábamos a veces hablando solos, el silencio nos quebrantaba.

El miedo era lo único que nos mantenía alerta. Cada detalle podía significar la diferencia entre seguir vivos o no. Antes de salir de la comisaría, Zach entró a una oficina polvorienta y, contra todo pronóstico, encontró una computadora en condiciones decentes. Al encenderla, en la bandeja de entrada había un único correo sin abrir, marcado con un asunto que nos heló la sangre: «paciente cero» era un video.

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