Capítulo 11: El campo de entrenamiento

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Cuando abrí los ojos, lo primero que sentí fue el traqueteo de la camioneta y un olor metálico, como sangre seca mezclada con gasolina. El aire era denso, casi difícil de respirar.

Frente a mí, Layla me observaba con esa calma inquietante que siempre me halaba la piel. No estábamos solas: chicos y chicas yacían a los lados, con las cabezas ladeadas, sedados. Entre ellos Ethan, con el ceño fruncido incluso en medio de su inconsciencia.

—Despertaste. ¿Cómo te sientes, hija?

—¿Y tú cómo crees? —intenté acomodarme mejor, sentía todo el cuerpo pesado—. Bonita forma de pasar tiempo juntas, ¿eh?

—Te aseguro que mis guardias son más decentes, pero esta situación ameritaba un trato especial. Considerando que querías escapar, dudo que hubiera otra opción.

—Hum. —Miré a mi alrededor, ¿qué planeaban hacernos? —. No entiendo por qué haces esto, el programa es una farsa, solo estás enviado a estos chicos a morir.

Layla entrelazó las manos sobre su regazo, elegante como si estuviera en una cena de gala y no en un vehículo cargado de prisioneros.

—En eso te equivocas, hija, como la tercera fundadora, mi deber es hacer que este programa sea un éxito. Nos hemos estado preparando para este momento durante años.

Tragué saliva, pero no aparté la mirada. No podía mostrarle miedo, aunque por dentro las entrañas se me encogieran. Conociendo la mente retorcida de mi madre, podía esperar cualquier cosa.

—¿Qué hay de sus padres? ¿También los condenarás?

—No, no —hizo un gesto con la mano restándole importancia—. ¿Crees que soy un monstruo? si bien hay varios padres que no tienen un puesto importante como nosotros, podrán quedarse por el simple hecho de que sus hijos entren al programa. Cada país tiene su domo, pero pocos saben cómo dirigirlo.

Esta era la oportunidad perfecta para conseguir más información.

—¿Solo hay un domo por país? —asiente con orgullo—. Bravo, mamá. Diriges un domo donde solo ciertas personas entran, ¿quién te dio la autoridad para decidir quién sí y quién no?

—Soy la fundadora. Siempre he tenido autoridad. —Suspiró con pesadez—. Escucha. Sé que piensas que esto es una locura, pero buscamos la supervivencia. Las cápsulas que desarrollamos mantienen la comida en nuestras bocas. Sin ellas, no hay alimento. Por eso no dejamos que cualquiera entre. —Se inclinó apenas hacia mí—. Te diré un secreto. Cada país tiene un domo único, excepto nosotros. Aquí hay un segundo, pero está abandonado. La estructura es inestable.

—Si papá estuviera aquí, se sentiría decepcionado de ti.

Su sonrisa se borró por un instante. Quise aferrarme a esa grieta, a la idea de que todavía quedaba algo de humanidad en ella.
—Menos mal que no está aquí para verlo.

La rabia me subió a la garganta.
—¿Cómo puedes decir eso? Oh, claro lo olvidé. Mientras él cuidaba de nosotros, tú te revolcabas con Steve.

Sus ojos se endurecieron.
—Reclutamos a los más capacitados. Deben acabar con los monstruos de afuera. La primera semana es decisiva: solo los más aptos sobrevivirán.

Un movimiento a mi lado me hizo girar. Ethan se estaba incorporando, tambaleante pero consciente.

—¿Quién te crees? ¿Darwin? —espetó, su voz ronca pero desafiante.

—Veo que los sedantes no les afectan demasiado. —Layla lo miró con interés, como a una pieza útil de ajedrez.

—¿A dónde nos llevas, Layla? —Ethan se apoyó en la pared del vehículo, intentando mantener el equilibrio—. Prometiste que no entraríamos al programa.

PROGRAMA F3 Libro I y IIDonde viven las historias. Descúbrelo ahora