Capítulo 3: Tres son mejor que uno

262 56 19
                                        

No fue sencillo para Ethan contenerme ¿Cómo podía pedirme calma cuando no había sol? Era absurdo. El cielo seguía sumido en esa oscuridad interminable y mi cabeza quería estallar. Gritar, llorar, arrancar respuestas de donde no las había, pero en vez de eso solo terminé sentada en el suelo, con las manos temblorosas y la mirada perdida.

Seguro vi mal. Tiene que ser el reloj. Está descompuesto. Es un fallo global, una estupidez técnica. Tiene que haber una explicación.

Pero cada vez que levantaba la vista, la hora seguía marcando lo mismo: el sol ya tendría que haber salido. Y no lo hacía.

Ethan se sentó a mi lado, con esa serenidad que me sacaba de quicio.
—Las cosas van a mejorar —dijo en voz baja, como si temiera despertar a los monstruos afuera—. Tienes que tranquilizarte, Rachel. Es la única opción que tenemos ahora.

Lo miré con furia.

—¿Tranquilizarme? El mundo no funciona sin sol. Algo está pasando, algo horrible. Y la noche no acaba. ¿No lo sientes? Como si hubiera durado siglos. ¿Dónde demonios está el sol?

Sin saber en dónde me encontraba, con un desconocido, criaturas aterradoras afuera esperando devorarnos, dirigiéndonos a la única esperanza que teníamos de sobrevivir y oh,sumémosle a eso que no hay sol, pedirme que me tranquilizara no era una opción coherente.

—Por más cómodo que parezca este lugar tenemos que salir, a menos que quieras ponerle vestido a un zom

—¡No lo digas! —interrumpí de inmediato—, pero tienes razón, tenemos que salir y encontrar armas o algo para protegernos.

—Y comida decente —solo rodeé los ojos—. No me pongas esos ojos, Rachel. Necesitamos comida de verdad porque créeme, no pienso sobrevivir a un viaje eterno a base de sopa enlatada.

—Qué tragedia, ¿eh? Es el apocalipsis y tú preocupado por la sopa.

—Oye —sonrió apenas un poco—. La vida es dura, pero todavía se puede tener estándares.

Un comentario de Ethan, fuera inteligente o no, lograba hacerme reír y eso ayudaba a reducir mi estrés en estos momentos.

Pero lo cierto era que afuera nos esperaba lo desconocido. Tragué saliva y ajusté la mochila sobre mis hombros. Recordaba, de manera fragmentada, algunas calles cercanas. Entre esos recuerdos que venían a pedazos, uno me golpeó: había una comisaría a unas cuadras. Y ahí, con suerte, encontraríamos armas.

—¿Tienes todo listo? —pasé la mochila por mis hombros.

—Listo, jefa. ¿Estás segura de que la comisaría está cerca? Creí que no recordabas nada.

—Tú mismo lo dijiste, los recuerdos vuelven poco a poco. Estamos cerca descuida.

—¿Y si te equivocas?

—Eso no sucederá.

—Pero si en serio te equivocas, ¿qué pasará?

Suspiré, la respuesta era obvia.

—Bon appétit para esas cosas.

Abrimos las persianas y al parecer los infectados no se encontraban cerca, Ethan cerró con cuidado la puerta y comenzamos a caminar, las luces de la calle funcionaban aún lo cual nos facilitaba saber si alguno de los infectados estaba cerca, no había rastro de ellos; caminábamos cerca de lugares que no nos hicieran tan visibles, nos cubríamos con los carros o entrabamos en alguna calle con tal de que ellos no nos vieran, la comisaría estaba cerca, pero Ethan vio a uno.

Nos escondimos detrás de un carro. Al principio pensé que era paranoia. Pero entonces aparecieron. Uno, luego otro, y después más. Cuerpos deformes, arrastrando pies, babeando sangre oscura. Algunos sin un brazo, otros con la piel colgando como trapos.

PROGRAMA F3 Libro I y IIDonde viven las historias. Descúbrelo ahora