4. El arte de socializar

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Dormir tarde y levantarse temprano era la más grande pasión de Mark Hollinderbäumer.

Sus ojos se cerraban a las seis de la mañana y volvían a abrirse a las nueve, que era la hora perfecta para bajar a la cocina y desayunar helado y jugo de naranja. Así podía regresar a su habitación a las nueve con quince y dormir cinco horas más.

Su madre ya le había dicho en más de una ocasión que esa rutina lo haría lucir de cuarenta años cuando tuviera treinta, pero las precauciones de su madre quedaban carentes de poder cuando estaba a la mitad de la noche viendo las veinticinco cosas que no sabía de Selena Gómez.

Fuera de que debía trabajar dibujando cosas extrañas para gente todavía más extraña, le gustaba su vida: Lo tenía todo.

Vivía en casa de sus padres a los veinticinco años, sin que éstos amenazaran cada mes con que lo tendrían con las maletas en la puerta si no conseguía trabajo, pues ellos sabían que él trabajaba como dibujante. Y desdé que su hermano mayor se casó; la habitación de éste se había vuelto su gimnasio personal, por lo que podía mantenerse en forma sin tener que ir a un lugar con olor a perro remojado y rodearse de desconocidos sudorosos.

Su vida era perfecta.

Quizá más de uno pensaría que al pobre le faltaba algo, como amistades o una pareja, pero desde que su adolescencia dió inicio; Mark supo que disfrutaba más su vida alejado de las personas.

Desde hace cinco años los días de su vida se habían vuelto una copia casi exacta al anterior, y le encantaba que eso fuera así, pero, lo bueno no dura para siempre, y algo terminó por fastidiar su hermosa rutina.

Ese tal Saúl Arenas.

Ni siquiera sabía de dónde había salido ese chaparro, y aunque no le desagradaba, le parecía sumamente extraña la manera en la que el rubio se empeñaba en acercarse a él.

¿Que tenía cara de alguien con necesidades afectivas o qué?

—Al menos come algo sólido —escuchó la voz de su madre proveniente de la mesa. No miró de la mejor manera las cinco bolas de helado que su hijo acababa de servirse en un tazón.

La mayor hace tiempo había decidido tener el cabello platinado, para no estresarse cada que viera una cana en su cabellera. Y a causa de estar todo el tiempo frente al computador, siempre llevaba sus gafas sobre la cabeza; como en esa ocasión, que estaba tomando su café mañanero mientras escribía en su laptop.

—Okay —respondió de forma cantarina, abriendo la alacena para abrir una bolsa de pan blanco y agarrar dos rebanadas—. ¿Así está bien?

—¿Sabes cuántas calorías tiene eso? —le preguntó la mayor, apuntando con la nariz al tazón con helado, cuando Mark se sentó al otro extremo de la mesa.

—El helado no tiene calorías porque está frío.

La mayor rodó los ojos y prefirió concentrarse en terminar el prólogo de lo que sería su próximo libro de superación personal.

Estaba de más decir que a la mujer le preocupaba el estilo de vida de su hijo, no solo por los horarios que tenía para dormir y su alimentación, quizá estaba mal, pero sentía pánico al pensar que Mark jamás consiguiera algún grupo de amigos y que viviera con ella toda su vida. Ninguna madre le deseaba la soledad a su hijo.

No podía recordar un momento en el que Mark se hubiera visto interesado en hacer amistades, pero siempre tuvo la esperanza de que un día el menor se encontraría con las personas correctas en el momento correcto, pero esa esperanza había comenzado a apagarse.

Dums in love!Donde viven las historias. Descúbrelo ahora