17. Ahora estás casado y eres padre

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El frío de las calles bajo un poco cuando el sol salió en su totalidad, haciendo más fácil el viaje a pie de Mark y Saúl, quienes iban a recoger a Iker.

Bonifacio había sido el encargado de cuidar a Iker toda la noche y en la mañana, por lo que se llevó al infante a la zapatería en la que trabaja desde temprano. En dicho lugar, Iker rogaba para que su tío llegará lo antes posible.

—Abuelo, tengo hambre —le dijo Iker a Bonifacio, alargando las palabras y frunciendo sus labios hacia abajo. Cómo respuesta, el mayor le extendió una lata con soda—. ¡Eso no me llena!

—Entonces te esperas —ordenó Bonifacio. Veía la retransmisión de su telenovela favorita en un pequeño televisor posicionado sobre el mostrador.

—Me voy a morir de hambre... —lamentó Iker, al tiempo que se acostaba en el suelo.

—¡Iker! ¡Párese! —ordenó el mayor, dando un golpe al mostrador para intimidarlo— ¡¿Que te echas?!

—¡Ya no quiero trabajar! —exclamó Iker, extendiendo sus extremidades.

—¡A tu edad yo aprendí a trabajar! —informó Bonifacio— ¡Tienes que aprender el valor del trabajo!

—¡¿Para que?! Hoy me voy a morir de hambre —chilló Iker.

—Deja de quejarte y ponte de pie —le ordenó su abuelo, con severidad. Iker gritó «¡no!» molestando todavía más al mayor—. ¿Y cuando piensas aprender a trabajar? No sabes atender a los clientes.

—¡Soy un bebé!

—Un bebé que no entiende la importancia de trabajar —contestó Bonifacio, negando levemente con la cabeza antes de darle otro sorbo a su soda—. A este paso te vas a morir de hambre.

—¡Sí, porque no me dan de comer! —aclaró Iker, a nada de comenzar a llorar.

La única razón por la que Bonifacio no le dijo nada más, fue porque los comerciales habían terminado y no quería perderse ningún detalle de la telenovela, muy apesar de saberse de memoria cada capítulo.

Iker rodó para quedar boca abajo. Su cena había consistido en galletas con leche, y esa mañana solo había tomado agua y soda. Sentía que iba a desfallecer.

La puerta del local fue abierta, haciendo sonar una campana. Bonifacio no se molestó en despegar la vista del televisor, en cambio, le dió un sorbo a su bebida.

—Ándale Iker, atiende a los clientes —le dijo su abuelo. Cómo respuesta, Iker bufó.

El pequeño se levantó de mala gana. Su expresión se iluminó por completo al ver qué los recién llegados eran su tío y Mark. De la alegría corrió a abrazar al rubio, teniendo la certeza de que había sido salvado.

—¡Papá! —exclamó Iker con alegría, abrazando con fuerza las piernas de Saúl. Levantó la mirada cuando el rubio le dió revolvió el cabello— ¿Ya nos vamos?

—Sí —le respondió Saúl, antes de mirar a Bonifacio—, pero antes despídete del abuelo.

—¡Adiós abuelito! ¡Hasta nunca! —se despidió Iker, tomando de la mano a Saúl para irse.

Bonifacio se tomó con gracia las palabras de Iker, y solo se despidió de su nieto y bisnieto con un ademán de manos, a diferencia de a Mark, al cual miró como si lo estuviera amenazando de muerte.

Mark sonrió mostrando los dientes al sentirse incómodo por la mirada que le daba el anciano, sintiendo la misma prisa que Iker por salir de ese local.

—¿Como te portaste? —le preguntó Saúl a Iker, al salir de la tienda. El pequeño se mantuvo en silencio— Iker, ¿cómo te portaste? —Acentuó las palabras.

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