25. Momentos de la verdad

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Desde meses atrás, Yasuri sabía que nadie la despertaría con algún desayuno sorpresa por el día de la madre, pero se conformaba con el día libre que le habían dado en su trabajo. Saúl iba a salir con Mark más tarde, lo que le daba a ella el camino libre para pasarla junto a su hijo.

Se dió a si misma su desayuno sorpresa, cuando lo terminó de preparar le llamó a Iker, el cuál bajó a la cocina con un entusiasmo más grande que lo normal. Al ver que el infante sostenía un papel doblado en la mano, Yasuri creyó que debía actuar como que no se imaginaba que era una carta hecha a mano lista para ser regalada.

—¿Que es eso? Esta como que muy bonito —le dijo Yasuri, mirando en dirección de la carta, antes de tomar sus platos y llevarlos a la mesa.

—¡Es una cartita para el día de la madre! —informó el pequeño, siguiéndola para ir a comer— La hice ayer en la mañana. Me quedó perfecta. Le puse todos los colores y le hice muchos corazones.

Yasuri sonrió con ternura, tomando asiento frente a la mesa, al igual que Iker. La mayor extendió la mano para recibir la carta y el contrario se la dio.

En el interior de la hoja venia escrito con la letra de Saúl «Para la mejor mamá del mundo», justo debajo de las letras Iker se había dibujado a él mismo super musculoso.

—Está preciosa —le dijo ella. Su vista poco a poco se nublaba. No recordaba la última vez que su hijo la había llamado «mamá», pero ese pedazo de papel mal coloreado era todo lo que estaba bien para ella en esos momentos.

Todo el empeño que venía poniendo en el trabajo, todos esos turnos extras, todos los dolores de cabeza y horas sin dormir cobraban sentido ante el cariño que su hijo le mostraba en algo tan simple como una carta.

Su vida fue perfecta en esos segundos.

—¿Crees que le guste a Corina? —le preguntó Iker, tomando asiento en una silla para empezar a desayunar.

Iker le quitó con cuidado la carta a Yasuri de las manos, mientras que la joven quedaba con la mente completamente en blanco.

¿Había escuchado bien? Quería creer que no. ¿Su hijo reconocía más a la vecina como su madre que a ella? No entendía como podía ser posible. ¿Tendría que pasar toda la vida soportando el hecho que su hijo la llamara por su nombre? Parecía que sí.

Sus lágrimas de alegría se rehusaron a salir al escuchar el nombre de su vecina. No pensaba quedarse de brazos cruzados mientras una desconocida le quitaba las migajas de amor que su hijo le daba, por lo que hizo su desayuno de lado y se puso de pie.

—Sigue comiendo. Ahora vuelvo —le dijo Yasuri. Iker asintió con tranquilidad.

Salió de su hogar a paso firme, formulando en su cabeza todo lo que le diría a esa señora de rostro amable y voz melosa.

¿Que se cree esa vieja? Yo soy quien me mato trabajando por mi hijo, ella apenas y lo cuida porque su hijo se trae algo con mi hermano. Ahora verá.

En cuánto estuvo de pie frente al hogar de los Hollinderbäumer vió a Corina, la cuál regaba las plantas de su jardín delantero mientras hablaba con ellas. Al parecer le tenía un nombre distinto a cada una.

Ni crea que me va a dar lástima por hablarle al pasto, vieja porcina.

—Yasuri, buenos días —la saludo Corina, ensanchando su sonrisa al creer que su vecina había ido a saludarla—. ¿Cómo te va en tu día?

—Me gustaría decir que bien —respondió la joven, poniéndose las manos en la cintura. Dicha postura la adoptó de su abuelo.

—Oh, ¿quieres hablar de eso mientras tomamos té? —le propuso Corina— Mi niño hizo galletas ayer con sus amigas y todavía me quedan, podemos comerlas con el té. Le quedaron muy buenas, creo que podría ser repostero si quisiera.

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