2. Sin miedo a ser un desesperado

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Dos días, dos días habían pasado desde que decidió hacer a su vecino, el guapo, su mejor amigo. Solo había un problema.

Lady Muffin, la parte indispensable para su plan, no había mostrado ni las luces en esos dos días, y su cabeza llena de responsabilidades no tenía tiempo para armar otro plan sin la presencia de ese gato hermosamente gordo.

Obviamente no iba a rendirse. Ese par de mañanas había salido a su jardín en espera de Lady Muffin, y aunque no lo encontró, no se rindió.

Ese día, como el resto, había sido despertado por Iker, pero lo dicho por el niño solo le demostró que ese día empezaría con el pie izquierdo.

—¿Estás meado, Iker? —gritó entre dientes, tragándose las enormes ganas que tenía de tirar al niño por la ventana.

—¡Yo no quería, papá! —aclaró Iker, con el labio tembloroso y los pantalones mojados— ¡Es que no me cobije bien la cola en la noche!

Saúl respiró profundamente, arrepiendiendose cuando sus fosas nasales se inundaron con un olor a orines. Hizo lo posible para recuperar la calma.

No podía gritarle a Iker, él solo era un niño de tres años que tuvo un accidente digno de alguien de su edad. Saúl, en cambio, era el adulto en la situación, y debía actuar como tal.

Soltó un muy profundo suspiro, y luego de pasarse la mano por la cara, volvió la vista a su sobrino.

—¿Que tan meadas están las sábanas? —le preguntó a Iker. El niño comenzó a llorar sin tapujos.

Eso no era una buena señal.

—Hey, tranquilo. Todo está bien, no pasa nada —le dijo al menor, mientras se levantaba de su tendido. Se obligó a sonreír—. Esas cosas pasan, ¿okay? Solo ve al baño. Te voy a bañar.

Iker asintió entre sollozos y corrió al baño, en lo que Saúl iba a la habitación de Yasuri para ver la escena del crimen que Iker había hecho.

Ahí fué donde Saúl recordó que no tenían lavadora. Tendría que lavar un puño de sábanas meadas a mano. Eso no arregló su mañana.

A diferencia de otros días, Iker no protesto a la hora del baño, pues normalmente se queja porque el agua estaba o muy fría o muy caliente, incluso había ocasiones en donde fingía que le entraba jabón a los ojos para que el baño terminara lo más pronto posible. En esa ocasión solo estuvo llorando y pidiendo disculpas.

Si algo tenía Saúl bien en claro, era que no quería ser padre, no después de tratar con Iker desde el día que éste nació.

Claro que no hay que confundir las cosas. Saúl sentía un enorme aprecio por su sobrino, no por nada hacia su mejor intento por ser una figura paterna aunque eso no le correspondiera, pero tratar con un niño no era algo sencillo, menos cuando él también era un infante en muchos aspectos.

Cuando dió por terminada la ducha, tomó las sábanas sucias y bajó hasta el patio, en donde tenían un lavadero el cual Saúl se encargaba de tener impecable todos los días.

Entonces lo vió.

Lady Muffin estaba acostado sobre la barda que dividía el patio.

Al parecer no todo estaba perdido.

—¡Hey! ¡Ven acá! —le pidió al felino, que apenas y lo miró unos segundos.

Ni cuenta se dió Saúl de cuando una sonrisa se dibujo en su rostro.

Era obvio que no convencería al gato con palabras, por lo que dejó las sábanas sobre el lavadero y corrió a la cocina. Abrió la nevera y saco la última rebanada de jamón que quedaba, la cual estaba destinada originalmente para darle un poco de sabor a los huevos revueltos que prepararía para desayunar.

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