24. Los cambios no hacen daño

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Saúl se acostumbró tanto a dormir en el suelo, que esa mañana cuando despertó y se encontró a si mismo acostado cómodamente en su cama, creyó por un instante que había vuelto a dormir en casa de Mark.

Ese día Iker no fue el encargado de despertarlo, sino una alarma que puso en su teléfono. Sería su primer día de trabajo.

No estaba para nada nervioso. Desbordaba confianza. Desde los quince años se había encargado por completo de las tareas del hogar y de criar a un niño, servir helado dos días a la semana sonaba como algo sencillo a comparación de toda su vida.

—¿Ya te vas? —le preguntó Iker, de pie en el marco de la puerta del baño, mirando como su tío se peinaba frente el espejo del baño.

—No estés triste, Iker, solo trabajaré los fines de semana —contestó Saúl, pasándose el cepillo por su cabello.

—No estoy triste —aclaró el infante—. Ya quiero que me lleves con Corina.

El rubio se desilusionó ante esa respuesta, pero no culpaba a Iker, pues él estaba seguro que si en su niñez hubiera conocido a alguien como Corina, también querría pasar más tiempo con ella que con su abuelo.

—Su esposo es genial —comenzó a decir Iker—. Salimos a comer y me llevó cargando. Me dijo que yo le recordaba a su hijo más pequeño, yo le dije que no me parezco a Mark, pero me contó que tiene hijos más chiquitos que Mark. ¿Sabes lo que significa, papá?

—Que Mark tiene hermanos —respondió Saúl, caminando de regreso a su habitación cuando terminó de peinarse.

—¡No! ¡Que si no te puedes casar con Mark, te puedes casar con uno de sus hermanos! —aclaró Iker, con gran entusiasmo— No importa cómo, nos vamos a quedar en su familia.

—Iker, no digas esas cosas —le pidió el mayor, poniéndose sus zapatos mientras se recargaba en una esquina.

—Aleksander me dijo que tengo que expresar lo que pienso —soltó Iker, con las manos en la espalda y sonriendo con falsa inocencia.

—¿Aleksander? ese es un tonto. No le hagas caso —le ordenó Saúl. Iker rió al escucharlo decir la palabra tonto y asintió.

Saúl terminó de ponerse su uniforme, el cuál constaba de una gorra rosa y un chaleco del mismo color con pines de la heladería. Salió de su hogar llevando a Iker de la mano y su mochila colgada en un hombro.

El menor se soltó de su agarre cuando entraron en el jardín delantero de los Hollinderbäumer y corrió hasta la puerta para tocarla repetidas veces. Corina no tardó mucho en abrir y, en cuanto Iker la vió, se lanzó a abrazarla.

—Lo cuidaré muy bien —le prometió Corina a Saúl, el cuál sonrió en respuesta, antes de dar media vuelta para seguir con su camino.

Saúl le dió un último vistazo a la casa de sus vecinos, comenzando a entender el descontento que Yasuri sentía ante el enorme cariño que Iker le había tomado a alguien a quien acababa de conocer.

Elevó la mirada por pura inercia, aunque se terminó topando con la imagen de Mark, el cuál estaba recargado en su ventana y se despidió de él, moviendo su mano lentamente en el aire. Saúl hizo lo mismo antes de seguir con su camino.

Es hora de concentrarse en el trabajo, Saúl, no de pensar en cursilerías.

Para la suerte del rubio, su seguridad no lo abandonó nunca, ni al subir al metro, ni al entrar en el centro comercial lleno de tiendas que apenas estaban abriendo, tampoco cuando llegó a su nuevo lugar de trabajo.

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