EPÍLOGO

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Habían pasado dos años desde que vivía en Inglaterra y no podía irme mejor. No voy a negar que al principio fue difícil, ya que el pueblo inglés estaba muy ilusionado con la noticia de mi boda con Eduardo, era imposible que yo caminara sola por las calles sin que alguna cámara me tomara foto o sin que algún periodista me preguntara las razones de porque no me casé. Había hecho un trato con Eduardo y ninguno diría la verdadera razón por la que no nos casamos y eso seguía en pie.

La universidad era increíble, no podía elegir la materia que me gustaba más, todas me gustaban. Amy y Eric nunca se mudaron de nuestra casa y por una parte, lo agradecía. Si se preguntan, ellos todavía no tienen hijos, acordaron no tenerlos hasta que terminen sus estudios, porque sí, Amy fue admitida en Cambridge en la época de otoño

Papá estaba feliz con todo lo que estábamos logrando. Además, logró fundar su bufete en Inglaterra, no cabía en sí mismo de tanta felicidad. Leo cada día estaba más grande y demostraba un gran talento en la danza, igual que yo y que mamá; aunque también demostraba interés cada vez que Eric o yo llevábamos casos que debíamos resolver por parte del Concejo

Eduardo todavía no encontraba su media naranja, pero había cierta princesa danesa que andaba por su cabeza. ¿Victoria? Victoria después de algunos meses, logró dirigirme la palabra, ella ya me había perdonado y me pedía ayuda cada que podía, incluso me dijo que le hablara a Eduardo más sobre Alexandra de Dinamarca, la princesa de la que les hablé anteriormente. Es una gran persona y compartimos una que otra afición, le encanta el ballet y también cabalgar.

Y yo. Bueno, estaba feliz con todo lo que tenía. Gilbert y yo nos mandábamos cartas todas las semanas y aunque no lo había visto en todo este tiempo, sabía que, considerando todo lo que pasamos para estar juntos, no sería fácil que nos separen. Varios del Concejo les costó aceptar que estuviera entre ellos, pero luego se fueron acostumbrando a la idea, tanto así, que a veces me pedían mi opinión para algunos asuntos oficiales, en los que yo no puedo meterme, porque sigo siendo una aprendiz.

Pero eso cambiaría el día de mañana, los aprendices nos graduaríamos de nuestro rango y por fin seríamos integrantes oficiales del Concejo. Por lo tanto, los diez seleccionados, estábamos hasta el tope, pensando en nuestros discursos y siguiendo órdenes de los de mayor rango para saber cómo sería la ceremonia

¡Booh!- me asustaron

¡Ay!- casi tiro mis papeles al aire

Al voltear a ver quién era, vi a Eduardo

Me asustaste- lo golpeé el hombro

Era la idea. Dolió- se quejó con una sonrisa

Era la idea- le dije con sarcasmo- ¿No deberías de estar con la princesa Alexandra?

Si, en cinco minutos- me mostró el reloj de bolsillo

Bueno, cinco minutos se pasan volando- dije- Deberías estar en el jardín, con ella

En realidad, me estoy escapando- me dijo- Mamá está loca y quiere que la despose de una vez

No sería una mala idea...- dije

¿Piensas igual a ella? ¿Que hice para merecer esto?- preguntó el castaño

Yo reí al escucharlo

Eduardo, llevas cortejando a la princesa desde hace seis meses. Sabes que ella ha venido a Inglaterra específicamente para que se conozcan más para poder casarse- le dije- ¿Que esperas? Ella te gusta, tú le gustas

No es tan fácil, Lizzie- me dijo- Quisiera desposarme, pero no con mi madre pidiéndome todos los días que lo haga

Yo asentí, lo entendía

ELIZABETH | Gilbert Blythe Donde viven las historias. Descúbrelo ahora