La flecha en el corazón equivocado

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La flecha en el corazón equivocado.





Draco fue solo a cenar, ahí se encontró con Severus y ocupó un lugar a su lado, tan sólo le dijo que Harry se había sentido indispuesto cuando el ojinegro le preguntó por él. A Severus la información no pareció afectarle mucho, simplemente se encogió de hombros y continuó con su cena. Por minutos Draco no dejó de observarlo de reojo y notó que muchas veces su mirada se dirigía a la mesa de Gryffindor, más específicamente hacia cierta pelirroja que reía con sus compañeros.


Aún se encontraba tan impactado por la noticia recibida y que ahora confirmaba, que no se dio cuenta que dos pares de ojos no perdían detalle de cada una de sus acciones. Unos grises reluciendo de odio... unos ambarinos impregnados de admiración.


— ¡Es insoportable! —gruñó Sirius a su compañero de al lado—. ¡Igual que Snivellus, bien dicen que Merlín los crea y ellos se juntan!

— Deja de ser tan malhumorado, lo que pasó no fue más que una broma y de eso sabes mucho. —respondió pacientemente.

— ¡No lo defiendas, reconoce que se pasó!... ¡es asqueroso pensar en poner mis ojos en ese quejicus!

— Sé que ustedes no son pareja, y que incluso es aberrante imaginarte enamorado de Severus, pero lo que hizo Draco fue solamente defender a su amigo... Igual lo hubieras hecho tú conmigo o con James ¿no?

— ¡No es lo mismo, y ese rubio me las pagará!


Remus suspiró cansado, jamás iba a lograr convencer a Sirius de cambiar de actitud, eso lo había aprendido en el transcurso de todos esos años. Ahora tenía una nueva víctima para sus bromas y nada le haría desistir. Sin embargo, Remus se prometió estar al pendiente, tampoco quería derramamiento de sangre.


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Pasaron dos semanas más. Harry intentaba controlar esa sensación tan desagradable que oprimía su estómago cada que veía a Draco y Severus platicando juntos e ignorándole. Como en aquella ocasión, era sábado y él fingía hacer sus redacciones pendientes en la sala común de Slytherin cuando en realidad no dejaba de estar al tanto de la conversación entre los dos amigos.


Ellos estaban sentados en un rincón... demasiado cerca para el gusto de Harry. Y además, ocasionalmente intercambiaban risas apagadas, como si se estuvieran divirtiendo mucho de algo que no querían compartir con nadie.


La pluma del ojiverde casi rasgaba el pergamino donde sus intentos de tarea quedaban en frustraciones.


— ¡Eres un genio! —exclamó Severus acercándose más a Draco—. Nunca en mi vida se me hubiera ocurrido agregar pimienta para esa poción ¿cómo fue que lo dedujiste?

— Me lo enseñó el mejor.


Harry no pudo evitar dejar de lado el pergamino para mirar hacia ellos, ya estaban demasiado juntos, y era muy evidente que Draco coqueteaba. Su mirada entornada y esa seductora sonrisa lo decían todo. Pero lo peor es que Severus no le quitaba la mirada de encima y lucía realmente sorprendido y admirado por los conocimientos en Pociones del rubio.


— Debiste tener un buen Profesor de Pociones. —susurró Snape fijando sus ojos en los labios que Draco humedecía en ese momento.

— Como te dije... es el mejor. —respondió acortando todavía más la distancia.

— Igual que tú... quiero decir, en Pociones.

— Gracias, pero con lo que he visto, no creo superarte.

— ¡¿Quieren guardar silencio de una vez por todas?! —gritó Harry interrumpiendo cuando sus rostros ya estaban en extremo cerca.


Draco y Severus voltearon a mirarlo. El rubio sonrió satisfecho de esa reacción del ojiverde mientras que Severus fruncía la mirada, irritado por la interrupción. El valor que había llevado a Harry a levantar la voz se esfumó en cuanto vio en los ojos negros la misma mirada de cuando Snape le reprendía en Pociones.


— Lo siento, es que... estoy terminando de... No quise interrumpir.


Torpemente Harry tomó sus cosas y corrió a esconderse en su habitación, aún abochornado por no haber sabido contenerse. En cuanto volvieron a quedarse solos, Severus pretendió continuar donde se había quedado, pero Draco ya se había olvidado de lo que hacían y luego de sonreírle, se excusó para ir a su recámara.


Severus no tuvo más remedio que aceptarlo y sabiendo que la atmósfera se había roto, decidió irse a su alcoba para hacer sus deberes.

Destellos de ternuraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora