Miss you

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Una pequeña y tranquila respiración rozaba su pecho mientras los rayos del sol se colaban por la lucerna, posándose sobre su espalda. El aire cálido llenaba la habitación, sofocandose bajo las cobijas que, en algún momento de la noche, habían terminado enredadas a los pies de la cama.

Era extraño. Todo estaba en una calma absoluta, dentro y fuera de la habitación, como si algo hubiera cambiado. Y solo la idea lo hizo estremecerse.

Entrecerró los ojos, aún somnoliento, pero al instante su atención se fijó en el menor, que dormía plácidamente a su lado. Instintivamente, lo atrajo hacia su cuerpo, protegiéndolo, sin siquiera saber de qué. Era una necesidad que lo atravesaba hasta los huesos. Sin embargo, cuando sintió lo fuerte que lo sujetaba, aflojó el agarre con cautela, temiendo lastimarlo. Aun así, no pudo evitar dejarlo más cerca.

Observó su rostro con atención, recordando aquellos días en los que compartir una cama se había convertido en una de sus cosas favoritas. Verlo dormir así, tan tranquilo, sin una sola sombra de preocupación, era un lujo que no siempre podía darse.

Odiaba con cada fibra de su ser la ansiedad que rodeaba a Harry como un espectro inquebrantable. Estaba ahí casi todo el tiempo: cuando se volvía tímido, cuando el miedo se apoderaba de él, incluso en esos momentos en los que ni él mismo parecía darse cuenta de que lo estaba consumiendo.

Louis notaba esos pequeños detalles que otros pasaban por alto. Lo veía en la forma en que Harry se mordía las uñas, en cómo pensaba demasiado hasta sabotearse a sí mismo. Sabía que por eso iba a terapia, que tomaba sus medicamentos, que intentaba luchar contra aquello que a veces se volvía incontrolable. Pero Louis lo entendía. Sabía que esa ansiedad era un monstruo que lo atrapaba y lo hundía en los rincones más oscuros de su mente. Y él sólo quería salvarlo, una y otra vez, tantas veces como fueran necesarias.

Pero ¿cómo podía hacerlo cuando el mundo en el que vivían solo lo empujaba aún más al abismo?

Recordó la vez que habían planeado salir juntos, una de esas pequeñas citas que se habían convertido en su escape. Harry tenía que pasar primero por el hospital, y luego Louis lo recogería para llevarlo a su primera experiencia en un autocine. Estaban emocionados.

Cuando llegó la hora acordada, Louis esperó con el teléfono en la mano, ansioso por su llamada. Pero los minutos pasaron. Y Harry nunca llamó.

La inquietud comenzó a enredarse en su pecho. Algo no estaba bien.

Decidió ser él quien hiciera la llamada, pero justo cuando estaba a punto de marcar, la puerta de su oficina se abrió de golpe.

Harry estaba ahí.

Asustado.

Llorando.

Temblando.

Sin dudarlo, Louis corrió hacia él y lo sostuvo antes de que se desplomara en sus brazos. Harry se aferró a su camisa, tratando de ahogar sus sollozos. Su respiración era errática, sus manos frías, su cuerpo entero estremeciéndose en un intento fallido de calmarse.

Louis no necesitó preguntar qué había pasado. Solo lo abrazó con fuerza, murmurándole que estaba ahí. Que estaba a salvo.

Louis no comprendía qué había pasado, pero no hizo preguntas. Simplemente lo abrazó con toda la fuerza que Harry parecía necesitar, dejando que se refugiara en su pecho mientras sus manos recorrían su espalda con caricias reconfortantes.

Algo había salido realmente mal. Lo sabía.

Su instinto le gritaba que pusiera un alto a la situación y exigiera respuestas, pero primero debía ocuparse de Harry. De su llanto incontrolable. De sus temblores. De la angustia que se aferraba a él como un veneno imposible de drenar.

January melancholyDonde viven las historias. Descúbrelo ahora