Louis pasó todo el día frente a la pantalla de su computadora, sus dedos tecleaban incansables mientras transcribía los archivos que Nohora le había enviado al correo. El leve zumbido del ventilador de su laptop era el único sonido en la habitación, aparte de sus suspiros ocasionales. Entre tantos historiales, algo llamó su atención: un número alarmante de pacientes no mostraba señales de mejora. Las palabras frías en los informes parecían gritarle en silencio la impotencia que él sentía.
Por más que tratara de ofrecer lo mejor a todos —la tecnología más avanzada, los medicamentos de última generación, el equipo médico mejor capacitado— sabía que había algo que nunca podría controlar: el cáncer no se comportaba igual en cada cuerpo. Algunos tratamientos funcionan como un rayo de esperanza, mientras que en otros parecían solo extender el sufrimiento.
Louis se frotó los ojos con los dedos. La fatiga no sólo era física, sino también emocional. Aunque sabía que estaba haciendo todo lo posible, no podía evitar esa sensación de insuficiencia que lo perseguía cada día. Quería hacer más, ser más. Deseaba, en lo más profundo de su ser, tener el poder de arrancarles el dolor a sus pacientes, aunque fuera por un solo día.
Cuando finalmente se apartó de la computadora, se tomó un momento para observar su entorno. La estancia estaba desordenada, como si reflejara el caos interno que lo consumía. Cajas de comida para llevar y botellas de agua se acumulaban en las esquinas. Una taza de café a medio terminar descansaba en la mesa junto a papeles arrugados con anotaciones dispersas.
Suspiró pesadamente, levantándose con desgano. Reunió los restos de su jornada en una pila desordenada y los llevó a la cesta de basura en la cocina. Mientras arrojaba todo, el pensamiento de salir al aire libre cruzó fugazmente su mente. Tal vez una conversación con alguien podría ayudarle a despejarse, incluso si eso significaba hablar del inquietante sueño que lo había perseguido toda la noche.
De repente, el vibrar de su celular sobre la mesa del comedor lo hizo girarse. La pantalla mostraba un nombre familiar: "Mamá". Una leve sonrisa se formó en sus labios antes de que aceptara la llamada. Colocó el dispositivo en altavoz y apoyó las manos en la mesa, mirando fijamente el reloj de la pared.
–Hola, mamá– saludó, su voz suave pero teñida de cansancio.
Al otro lado de la línea, se escuchó un largo suspiro.
–Hola, cariño. ¿Cómo te sientes hoy? Nohora me comentó sobre tu pequeño percance.
Louis pasó una mano por su cabello desordenado y dejó caer los hombros.
–Sí. Estoy algo cansado. No dormí bien y me dolía un poco la cabeza, pero estuve en cama todo el día. No tienes porqué preocuparte.
El suspiro de su madre fue más audible esta vez, lleno de preocupación.
–Claro que tengo por qué preocuparme– respondió ella, con ese tono firme que siempre usaba cuando quería que él se tomara las cosas en serio. –Le pediste a Nohora que enviará el trabajo por correo. Louis, ¿por qué insistes en trabajar como una máquina? Sabes que puedes tomarte un día libre de verdad.
Louis negó con la cabeza, aunque su madre no podía verlo.
–Mamá, ¿Cuántas veces hemos tenido esta conversación?– replicó, dejando caer una mano sobre la mesa. –Trabajar y ayudar a los demás me hace feliz. Esto es lo que soy.
Soltó un sonido bajo, casi imperceptible, como una desaprobación.
–Tienes razón, pero siempre evades mis preguntas– dijo May, su tono mezclando preocupación y reproche.
Louis cerró los ojos, ya anticipando lo que vendría.
–Quiero saber si no soy la causante de tu comportamiento– añadió ella con su voz quebrándose ligeramente. –Porque no eres responsable de mi enfermedad, lo sabes, ¿verdad?
ESTÁS LEYENDO
January melancholy
Hayran KurguLouis dirige un hospital reconocido por su labor con pacientes de cáncer, pero la carga de su responsabilidad lo ha convertido en un hombre reservado y solitario, un maestro en el arte de ocultar sus emociones. Harry, en cambio, arrastra un pasado t...
