Eternal nights

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–Como cualquier viernes– murmuró Louis mientras revisaba una pila interminable de documentos en el escritorio de su oficina.

No había regresado a su departamento desde la noche anterior; el papeleo de las solicitudes para trasladar pacientes al hospital lo había consumido. La cantidad de casos era abrumadora, y cuando se dio cuenta, las horas habían pasado. Estaba desvelado, cansado, pero satisfecho de cumplir con su responsabilidad.

De repente, la puerta se abrió de golpe, y Nohora entró con el cabello ligeramente despeinado y una expresión de urgencia en su rostro.

–Louis, necesito que firmes estos documentos para autorizar una cirugía. Es urgente– dijo rápidamente mientras se acercaba al escritorio.

Nohora, con su cabello castaño hasta los hombros y un aura que siempre parecía al borde de estallar en acción, era una mujer cuya energía podía intimidar. Para Louis, ella era un huracán: impredecible, decidida y absolutamente inmanejable. Pero también era la constante que lo había acompañado desde su infancia, su cable a tierra cuando las cosas parecían salirse de control.

Se conocieron a los diez años, en un episodio que todavía lo desconcertaba. Nohora había arrojado una silla a un niño que se burlaba de ella, diciendo que las mujeres eran débiles por ser... mujeres. Louis no supo cómo reaccionar. ¿Defenderla? ¿Alejarse? Pero antes de que pudiera decidir, Nohora ya estaba de pie, desafiante, mirándolo como si fuera el siguiente en la fila.

Ese día no solo se sintió abrumado por su carácter explosivo, sino también temeroso de alguien que, a su corta edad, parecía hecha de pura furia contenida. Al final, decidió que prefería ser su amigo antes que arriesgarse a ser el próximo blanco de su temperamento. Desde entonces, fueron inseparables, aunque a veces todavía lo desconcertaba.

–Por supuesto, dame más trabajo– respondió con sarcasmo, su tono cansado, pero su mirada aún tenía un destello de humor.

Nohora lo miró divertida, inclinándose ligeramente hacia él.

–Estás insoportable últimamente. A ver si encontramos a alguien que te soporte, porque si no, vas a morir de amargura.

Louis rodó los ojos, tomando los papeles y firmándolos con rapidez.

–Siguen con lo mismo. No entiendo por qué insisten en que necesito a alguien. Tengo demasiadas cosas en la cabeza y no sería justo para esa persona que no pueda darle mi atención– respondió, frunciendo el ceño.

Nohora, sin perder la sonrisa, se acercó y colocó un dedo sobre su frente.

–No hagas esa cara, te van a salir arrugas, hombre– dijo mientras pasaba la mano juguetonamente por su frente.

–Vete a la mierda– contestó Louis, aunque no pudo evitar esbozar una sonrisa.

Ella le devolvió la sonrisa con una mezcla de burla y cariño.

–Gracias, jefe. Te quiero– le guiñó un ojo antes de salir de la oficina, dejando tras de sí su inconfundible energía.

Louis negó con la cabeza mientras la veía salir.

–Le voy a bajar el sueldo– murmuró con una media sonrisa.

Tras firmar los últimos documentos, Louis terminó su trabajo cerca de las 10:00 a.m. Su cuerpo le pedía descanso a gritos. Se levantó de la silla, estirándose hasta que su espalda crujió, un recordatorio del tiempo que había pasado sentado.

«Voy a echar raíces si sigo así» pensó mientras tomaba su abrigo y salía de la oficina.

El pasillo estaba silencioso, salvo por el murmullo lejano del personal del hospital. Louis se dirigió al ascensor, pulsando el botón para bajar al sexto piso. Mientras esperaba, sus pensamientos ya estaban en la habitación 610, donde su madre lo esperaba.

January melancholyDonde viven las historias. Descúbrelo ahora