Los gritos son constantes, las peleas no cesan. Los insultos vuelan de un lado al otro de la habitación y tú te escondes bajo las mantas. Las voces van subiendo su tono hasta convertirse en gritos de guerra, uno contra el otro pelean, lloran, discuten, se arreglan. Cada noche se vuelve a repetir la misma escena, quizás idéntica, quizás peor.
Sabes que no eres la única que los escucha, pero todos suelen decirte que es normal. Tú no comprendes qué tiene eso de normal.
Le temes al amor, no quieres acabar como ellos. Te sientes un error, uno de los hilos que los mantiene unidos. Entonces ves como todo se ha ido desmoronando lentamente. Cada vez es menos el tiempo en que están, ya no hay palabras que se crucen ni conversaciones en común. Entonces sientes que también estás incluida en la guerra, aunque jamás luches.
Todo se vuelve más duro con el tiempo y con los gritos llegan los estruendos, manos golpean las mesas, cosas estallan contra el suelo, las puertas se cierran con fuerza y luego se presenta ese incómodo silencio que precede a la batalla.
Nuevamente en tu cama, lloras en silencio, ya no quieres entenderlos, solo aguardas el momento en que todo, al fin, termine.
Y lo sabes, tienes en claro cómo va a acabar todo, el único problema es que ellos no quieren aceptarlo. Y, de repente, te sientes fuera de lugar pensando en la resolución pues es algo contra lo que los hijos han luchado por años pero, aun así, lo esperas. Aguardas al último grito de guerra que dará fin a la batalla, y ya conoces las palabras y te imaginas el silencio, sabes que serán dos las casas y el doble de retos pero al menos, ahora, podrás dormir con un auténtico silencio sin tensión, sin presión, sin dolor.
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Reflexiones
عشوائيHay cosas que siempre pensamos pero tal ves nunca decimos, pero eso no les resta importancia.
