Torposoplos

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El peso de la conversación con Cho y el remolino de sus propios pensamientos acompañaron a Pansy como una sombra pegajosa durante los días siguientes

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El peso de la conversación con Cho y el remolino de sus propios pensamientos acompañaron a Pansy como una sombra pegajosa durante los días siguientes. Caminaba por los pasillos de Hogwarts sintiéndose como un fantasma atrapado entre dos mundos, ninguno de ellos completamente real.

Fue en uno de esos días grises, mientras buscaba un rincón silencioso en la biblioteca para escapar del murmullo constante de sus compañeros, que el destino, o quizás solo su mal sentido de la orientación, intervino. Al girar bruscamente para tomar un pasillo solitario, chocó de frente con una figura esbelta y vestida con el uniforme de Ravenclaw.

—¡Oh! —exclamó una voz etérea, soñadora.

Los libros que Pansy llevaba en brazos cayeron al suelo con un ruido sordo. La persona con la que había chocado, Luna Lovegood, parpadeó lentamente, sus ojos grandes y plateados fijos en ella sin un rastro de molestia, solo con una curiosidad serena. Llevaba unos radiantes zarcillos de rábano y su varita detrás de la oreja.

—Lo siento —masculló Pansy, agachándose con fastidio para recoger sus cosas. No necesitaba más complicaciones.

—No te preocupes —dijo Luna, arrodillándose para ayudarla con una calma desarmante—. Los torposoplos suelen ser muy activos en días como hoy. Nublan la mente y descoordinan los movimientos. Probablemente no fue tu culpa.

Pansy se detuvo, un libro de runas antiguas a medio recoger en sus manos. La miró. No había burla en su tono, solo una afirmación serena, como si estuviera comentando el clima. En otra vida, Penélope habría pensado que la chica necesitaba una evaluación. Pero en esta, algo en la sinceridad absurda de Luna le impidió responder con su sarcasmo habitual.

—¿Los torpo... qué?

—Torposoplos —repitió Luna, como si fuera lo más normal del mundo—. Son invisibles, pero flotan alrededor de tus oídos y te llenan el cerebro de algodón. Se siente como si estuvieras pensando a través de una niebla espesa, ¿no es así?

Pansy se quedó helada. Era una descripción inquietantemente precisa de cómo se había sentido desde que llegó a este mundo, y especialmente en las últimas semanas. La niebla de los recuerdos perdidos, la confusión de sus lealtades, el peso del futuro. Sabia que no era obra de aquellas criaturas de las que Luna hablaba sino de ella misma y la incertidumbre que sentía producto de su propia indecisión, pero la idea de culpar a un montón de criaturas invisibles parecía tentadora.

—... Algo así —admitió con cautela, terminando de recoger sus libros.

Luna se puso de pie y le entregó el último volumen, Hierbas y Hongos Mágicos de la Alta Montaña. Su mirada pareció penetrarla de una manera que no era intrusiva, sino simplemente... perceptiva.

—A veces —dijo Luna, su voz cantarina—, la niebla no se disipa hasta que aceptas que está ahí. Y que tal vez no esté ahí para molestarte, sino para darte tiempo.

Pansy sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del castillo. Era como si esta chica, a quien todos consideraban excéntrica, estuviera leyendo su alma.

—¿Tiempo para qué? —preguntó Pansy, sin poder contenerse. Su voz sonó más vulnerable de lo que hubiera querido.

—Para elegir tu propio camino, por supuesto —respondió Luna, como si fuera la cosa más obvia—. El futuro no es un libro que solo se puede leer de una manera, ¿sabes? Está escrito con tinta invisible, y nuestras acciones son la luz que revela las palabras. Algunas personas pasan tanto tiempo tratando de memorizar las páginas que olvidan que pueden agarrar la pluma y escribir una oración nueva.

Las palabras de Luna resonaron en lo más profundo de Pansy como un campanazo. "El futuro no es un libro que solo se puede leer de una manera". ¡Esa era la premisa sobre la que había basado toda su existencia aquí!

El miedo a cambiar la trama, a ser la responsable de un final aún más catastrófico. Había estado paralizada, viéndose a sí misma como una simple lectora atrapada en la historia, no como un personaje con participación.

—Pero... ¿y si lo que escribes arruina todo? —susurró, la pregunta que la había atormentado durante dos años saliendo finalmente a la luz.

Luna inclinó la cabeza, sus aretes de rábano balanceándose.

—El Director Dumbledore dice que son nuestras elecciones, Pansy, las que muestran quiénes somos realmente —dijo, citando una de las frases dichas por el director—. Peor que escribir una oración torpe es no escribir nada por miedo, y dejar que la historia se escriba sola. Eso sería muy aburrido, y muy triste, ¿no crees?

Por primera vez en mucho, mucho tiempo, una sensación de claridad absoluta, fría y nítida, lavó la niebla de la mente de Pansy. Luna tenía razón. No se sentía digna, no por ser una reencarnada, sino porque había sido una cobarde. Se había escondido detrás de su conocimiento, usándolo como un escudo en lugar de como una herramienta. Había estado observando el dolor de los demás desde la comodidad de su secreto, sintiendo lástima por ellos, pero sin hacer nada real para evitarlo.

El miedo a que la odiaran por su confesión era egoísta.
—Tienes razón —dijo Pansy, y su voz ya no temblaba. Sonaba firme, decidida—. Sería muy aburrido.

Luna le sonrió, una sonrisa amplia, luminosa y genuina.
—Me alegra oírlo. Creo que tus torposoplos se están yendo. Puedo ver tu aura más clara ahora.

Sin decir nada más, Luna Lovegood giró sobre sus talones y se alejó con ligereza, dejando a Pansy sola entre las estanterías, pero ya no sintiéndose perdida.

La decisión se materializó en su mente con una fuerza tranquila e irrevocable. Ya no podía quedarse al margen. Tenía que actuar. Tenía que contar la verdad, se los debía.

No sabía cómo lo tomarían. Podían gritar, podrían odiarla, podrían no creerle. Pero era un riesgo que ahora estaba dispuesta a correr.

Slytherin PrincessHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora