Ecos de un año caótico

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Fred y George Weasley sin duda habían hecho de su salida de Hogwarts todo un espectáculo

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Fred y George Weasley sin duda habían hecho de su salida de Hogwarts todo un espectáculo. Uno que hizo molestar muchísimo a Umbridge, para alegría del alumnado, bueno, de todos menos la Brigada Inquisitorial que seguían de lame botas con la directora.

La historia del vuelo hacia la libertad de Fred y George se contó tantas veces en los días siguientes que Pansy comprendió que pronto se convertiría en una de las leyendas de Hogwarts. Al cabo de una semana, los que lo habían presenciado estaban casi convencidos de que habían visto a los gemelos lanzar bombas fétidas desde sus escobas a la profesora Umbridge antes de salir disparados hacia los jardines. Inmediatamente después de su partida, muchos alumnos se plantearon seguir los pasos de los gemelos Weasley.
Fred y George se habían asegurado de que nadie se olvidara de ellos demasiado deprisa. Para empezar, no habían dejado instrucciones para lograr que el pantano, que todavía inundaba el pasillo del quinto piso del ala este, desapareciera. La profesora Umbridge y Filch habían intentado retirarlo de allí por diversos medios, pero ninguno había dado resultado. Finalmente acordonaron la zona, y Filch, aunque rechinaba los dientes muerto de rabia, tenía que encargarse de llevar a los alumnos en un bote hasta las aulas. Pansy no tenía ninguna duda de que profesores como Flitwick, McGonagall o incluso Snape habrían hecho desaparecer el pantano en un abrir y cerrar de ojos, pero, como había ocurrido en el caso de los Magifuegos Salvajes Weasley, al parecer preferían que la profesora Umbridge pasara apuros. Sin embargo, los problemas de Dolores Umbridge no acababan ahí. Inspirados por el ejemplo de los gemelos Weasley, un gran número de estudiantes aspiraban a ocupar el cargo de peor pesadilla de Umbridge. Alguien misterioso consiguió deslizar en la oficina de la suma Inquisidora un escarbato de hocico peludo que no tardó en destrozar el lugar en su búsqueda de objetos relucientes, saltó sobre la profesora cuando ésta entró en la habitación e intentó roer los anillos que llevaba en los regordetes dedos.
Además, por los pasillos se tiraban tantas bombas fétidas que los alumnos adoptaron la nueva moda de hacerse encantamientos casco-burbuja antes de salir de las aulas.

Filch rondaba por los pasillos ansioso por atrapar alborotadores , pero el problema era que había tantos que el conserje no sabía adónde mirar.
Entre tanto, se hizo patente la cantidad de Surtidos Saltaclases que Fred y George habían conseguido vender antes de marcharse de Hogwarts. En cuanto la profesora Umbridge entraba en el aula, los alumnos que había allí reunidos se desmayaban, vomitaban, tenían fiebre altísima o empezaban a sangrar por ambos orificios nasales.

La profesora, que chillaba de rabia y frustración, intentó detectar el origen de aquellos síntomas, pero los alumnos, testarudos, insistían en que padecían «umbridgitis». Tras castigar a cuatro clases sucesivas y no conseguir desvelar su secreto, la profesora no tuvo más remedio que abandonar y dejar que los alumnos, entre desmayos, sudores, vómitos y hemorragias, salieran a montones de la clase.

Pero ni siquiera los consumidores de Surtidos Saltaclases podían competir con el gran maestro del desastre, Peeves, quien parecía haberse tomado muy en serio las palabras de despedida de Fred. Dónde le encargaba seguir causando alboroto por ellos.
Volaba por el colegio riendo desenfrenadamente, tumbaba mesas, atravesaba pizarras, volcaba estatuas y jarrones… En dos ocasiones encerró a la Señora Norris en una armadura, de donde fue rescatada, mientras maullaba histérica, por el enfurecido conserje. Peeves rompía faroles y apagaba velas, hacía malabarismos con antorchas encendidas sobre las cabezas de los alarmados estudiantes, lograba que ordenados montones de hojas de pergamino cayeran en las chimeneas o salieran volando por las ventanas; inundó el segundo piso al arrancar todos los grifos de los lavabos, tiró una bolsa de tarántulas en medio del Gran Comedor a la hora del desayuno.

Ningún miembro del profesorado parecía dispuesto a ayudar a la nueva directora. Es más, una semana después de la partida de Fred y George, Pansy vio que la profesora McGonagall pasaba junto a Peeves, que estaba muy entretenido aflojando una lámpara de araña, y habría jurado que oyó que le decía al poltergeist sin apenas mover los labios: «Se desenrosca hacia el otro lado.»
Los únicos pobres diablos que parecían tener un interés particular en erradicar el caos eran los miembros de la Brigada Inquisitorial. Basta decir que sus miembros empezaron a sufrir desafortunados sucesos a raíz de eso.

Umbridge estaba irritada y Pansy no podía estar más feliz por ello.
Pero el desastre de los gemelos Weasley también había perjudicado sus propios planes, y es que con tanto escándalo y la loca seguridad que Umbridge intentaba poner les fue completamente imposible reunirse en la sala de menesteres. Aún solían pasar tiempo juntos en la biblioteca pero sus sesiones de entrenamiento se vieron indefinidamente suspendidas.

...

El año en Hogwarts había llegado a su fin. Con los TIMO terminados, el castillo se encontraba en ese estado peculiar en el que el estrés de los exámenes daba paso a la anticipación por las vacaciones de verano. A pesar del calor de junio y del inminente viaje de regreso a casa, Hogwarts estaba lejos de la tranquilidad.

Pansy Parkinson había pasado los últimos días observando con atención el ambiente en el colegio, cada conversación susurrada y cada gesto tenso. Algo había ocurrido en el Ministerio de Magia, algo grande. Y aunque ella no había estado allí, los rumores se habían extendido como fuego en pergamino seco.
No era difícil reconstruir la historia con los fragmentos de información que se filtraban entre los alumnos y las miradas severas de los profesores. Harry Potter y sus amigos habían irrumpido en el Departamento de Misterios, una idea tan absurda como propia de ellos. Se hablaba de una batalla en las profundidades del Ministerio, de aurores enfrentándose a mortífagos, de un combate feroz que había dejado huella en la historia.

Las versiones variaban dependiendo de quién hablara. Algunos afirmaban que Potter y sus compañeros habían sido atrapados y apenas salvados por la intervención de Dumbledore. Otros decían que habían peleado con valentía y que el mismísimo Lord Voldemort había aparecido en el Ministerio. Pero la parte que más había llamado la atención de Pansy, la que había sido repetida una y otra vez en los pasillos de Hogwarts, era la muerte de Sirius Black.
La noticia se había esparcido con rapidez. El notorio fugitivo, el hombre cuya foto había aparecido en todos los periódicos años atrás, había caído en la batalla. Algunos decían que Bellatrix Lestrange lo había matado con su propia varita, mientras reía como una lunática. Otros aseguraban que había sido un accidente, que había atravesado un misterioso velo y desaparecido sin dejar rastro. Fuera como fuese, el hecho de que Bellatrix estuviera involucrada daba credibilidad a qué definitivamente no se trató de un accidente.

Los Gryffindor estaban más insoportables que nunca. La noticia había golpeado especialmente a Potter, quien se paseaba por el castillo con una expresión de furia contenida, como si estuviera listo para maldecir a quien se atreviera a mirarlo de más. Nadie se atrevía a hablar del tema en su presencia, pero eso no significaba que el resto del colegio no lo comentara en voz baja.

Pansy no pudo evitar preguntarse qué tanto de todo esto era verdad y qué tanto eran exageraciones. No fue hasta que Ginny les relató Los acontecimientos que pudieron diferenciar que rumores eran ciertos y cuáles eran simples exageraciones.
Los mortífagos atacando en el Ministerio… ¿Qué tanto habían sabido sus padres de esto? Era imposible que una operación de tal magnitud se hubiera llevado a cabo sin un plan bien trazado. Y sin embargo, parecía que algo había salido terriblemente mal.

El ambiente en Slytherin también estaba tenso. Draco Malfoy había estado particularmente irritado, mucho más desde la aparición de su madre en el colegio días atrás. Pansy no sabía exactamente qué había hablado Narcissa con Snape, pero estaba claro que algo había cambiado para su amigo. Ya no lanzaba sus típicas burlas con la misma seguridad de antes, y cuando se refería a Potter, lo hacía con un tono más amargo, casi rabioso.

—Esto no ha terminado —lo había oído murmurar en la sala común una noche, con los puños apretados. Pansy no tenía idea si estaba molesto o simplemente asustado.

Y quizás tenía razón. El Ministerio había admitido públicamente el regreso de Voldemort, algo que había sacudido al mundo mágico hasta sus cimientos. Cornelius Fudge estaba acabado, Dumbledore había recuperado su puesto en el colegio y la incertidumbre flotaba en el aire como una tormenta a punto de estallar.

Pansy no estaba segura de qué significaba todo esto para ella. No había participado en la batalla, pero no podía ignorar que su vida también estaba cambiando. Los días de Hogwarts como un simple juego de alianzas y rivalidades estudiantiles estaban contados. Ahora, lo que se avecinaba parecía mucho más grande, mucho más peligroso.

Cuando subió al tren de regreso a casa, observó por última vez el castillo a través de la ventana. Ella sabía que el próximo año sería muy diferente.

Slytherin PrincessHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora