Capítulo 10: Siete minutos en el paraíso

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Jayden

En el momento en que esas palabras salieron de la boca de Jordanny solo me dispuse a ver la expresión de Isabela. Tenía una cara de no poder creérselo y su pecho por un segundo dejó de subir y bajar...No pregunten cómo lo sé.

Pervertido.

Con honores.

Jordanny continuó mirándola, cómo implorándole que reaccionara, pero Isabela no respondía a ningún llamado. Era como si se hubiera ido a un viaje muy lejano.

Capté la mirada divertida de Carlos sobre mí y yo no me pude contener.

-Vamos, que tampoco es que te fuera a comer o algo así. – le dije tratando de esconder una sonrisa.

-Jaa, esos dices t - no, definitivamente Carlos no ayudaba.

Isabela posó su mirada sobre mí con la boca un poco abierta, como si quisiera responder a lo que dije, pero se contuvo y cambió su mirada a una más determinada a una velocidad sorprendente, lo que me tomó por sorpresa.

-Bien, vamos. – dijo tan segura como pudo, aunque su dedo corazón temblaba ligeramente.

Eso era algo de lo que me gustaba de ella, cuando temblaba.

¿Acabas de decir “gustaba” del verbo gustar?

…No.

Eso creí.

Isabela no esperó a que yo me pusiera de pie y se encaminó al armario. Yo torpemente me levanté para seguirla, esto iba hacer divertido.

Cuando entré al armario Isabela estaba viendo unos papeles en unas cajas despaldas a mí sin mirarme, yo cerré la puerta y me giré para mirarla o más bien para mirarle el trasero.

No era el más grande que había visto pero era perfecto para ella y luego sus pier…

Vista al frente soldado.

Ah, sí, perdón.

-Y nada, ¿qué tal el clima?

  Isabela paró de fingir que estaba leyendo papeles en blanco y me miró con el ceño fruncido.

- ¿El clima?

-Sí, o el clímax, como le quieras decir. -sus mejillas enrojecieron un poco de la sorpresa y una sonrisa se me escapó. – Olvídalo, pero no piensas quedarte callada durante siete minutos, ¿verdad?

-La verdad es que eso era justo lo que pensaba hacer.

-O vamos, no puedes dejar pasar esta oportunidad tan grande, así como así.

- ¿Cuál oportunidad? – resoplé mirando a mi alrededor y volviendo a mirarla.

-La de tenerme encerrado en un armario contigo donde pueden pasar muchas cosas sin que nadie nos moleste. -dije sin más.

Algo que había notado en Isabela era que cuando decía las cosas tal y como las pensaba se solía poner nerviosa. Muy nerviosa.

-Ah...Eh...Bueno. – respiró para calmarse. -Yo no pienso aprovechar nada- dijo cruzándose de brazos.

- ¿Ah no? -me empecé a acercar lentamente a ella.

-No…

-Entonces, lo aprovechaste con Carlos, ¿pero conmigo no?

- ¿Qué?

-Sabes que lo que pase aquí se puede quedar aquí, ¿verdad?

-No sé de qué me hablas...-dijo muy bajo.

Yo la miré a los ojos y ella bajó la mirada a mi torso desnudo y tragó saliva.

Le tomé con mi mano su barbilla y la elevé para que me mirara.

- ¿Segura que no quieres aprovechar?

  Ella no dijo nada. Solo se me quedó mirando recostada de la pared porque parecía que ya no se podía sostener sola.

Le empecé a acariciar la barbilla con el dedo pulgar y sus bellos de la mandíbula se pararon por el tacto. Su piel estaba suave y caliente y sus ojos empezaron a mirar mi brazo.

- ¿Puedo? -le pregunté tan cerca de su rostro que sentía su respiración caliente e imparcial en una de mis mejillas.

Ella, no encontrando sus cuerdas vocales, asintió con la cabeza y yo sonreí ligeramente de lado.  Tomé una de sus manos quitando la mía de su barbilla y me la puse en mi cuello. Su mano estaba fría y le estaba temblando.

-Tranquila. -le dije acercando mi boca a su oído izquierdo -Solo tócame.

Ella apretó un poco el agarre al sentir mis brazos en sus caderas. Yo la sujeté con un poco de fuerza y me incliné un poco más a su cuello para poder besarlo suave y lentamente.

Su respiración se detuvo y podría jurar que estaba escuchando su corazón en mis oídos. Le tomé la mano que tenía en mi cuello y empecé a acariciársela con la mía para que se relajara.

-Puedo parar si quieres.

-No...

Su respiración empezó a normalizarse y su agarre no temblaba tanto como antes. Yo solté mi mano de la suya para ponerla en su cintura. Ella, acostumbrándose a mi presencia, levantó su otra mano y la puso en la parte de atrás de mi nuca masajeándome el cabello.

No sabía cuán satisfactorio podía ser una caricia, pero ahí estaba yo. Moví otra vez mi cabeza hacia su cuello y con la mano que tenía en sus caderas levanté solo un poco la parte inferior de su camiseta para poder tocar su piel y hacer círculos en ella.

Isabela se removió un poco cuando sintió mi calor en esa zona, pero no se quejó, al contrario. Se acercó un poco más a mí y con la mano que todavía tenía en mi cuello empezó a tocarme torpemente. Al principio quise reírme por el cuidado con el que me tocaba, como si le quemara mi piel, pero la realidad era que mientras me estuviera masajeando la nuca no podía reírme de ella. Era perfectamente seductor.

Sus manos empezaron a bajar por mi mandíbula y luego por mis hombros. Ya no le temblaban las manos y sentía cómo mi piel empezaba a arder. Las caricias que le estaba haciendo en la cadera aumentaron un poco de fuerza y nuestras respiraciones comenzaron a ser sonoras.

Cuando iba a llegar a mi pecho se detuvo, desconfiada.

-Sigue. -le dije justo en el oído más bien para mí.

Cuando ella hizo el ademán de seguir yo también quería seguir. Con la otra mano que tenía en su cintura levanté otra vez la punta de su camiseta para poner mi mano justo al lado de la otra en su cintura y agarrarla con más fuerza y seguridad.

Comencé a impacientarme cuando sus manos se quedaban solo en mi pecho, mierda, quería que bajara solo un poco más su mano. Me incliné un poco más hasta literalmente tocar con mi nariz su cabello y empezar a besar su oreja, ella movió un poco la cabeza por el repentino movimiento y por las cosquillas que le hacía mí boca.

- ¿Quieres que baje? -preguntó ella con una voz ronca.

-Hazlo…-mierda, no podía creer que enserio se lo estuviera pidiendo.

El calor de esa habitación se empezó a sentir y parecía que cada vez se hacía más pequeño el espacio, empecé a sentir cómo su mano bajaba por mi abdomen y cómo ella jugaba con sus dedos masajeándolo. Mis manos empezaron a apretarla con un poco más de fuerza y justo cuando creía que no podía más y que la iba a besar cuando bajara la mano, ella se detuvo.

-Qué lástima. Se nos acabó el tiempo.

-Que…- y dicho eso me quitó las manos de su cintura, me quitó de en medio, abrió la puerta del armario y se fue.

Qué.

 

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Destino InesperadoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora