PREFACIO--Primer fragmento

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Caleb caminó por las calles con tranquilidad, siguiendo a Alek, con la mochila en la espalda, admirando ligeramente el parquecillo de bajos árboles que se encontraba cerca de los edificios de compra y los habituales establecimientos de souvenir. El aire era fresco, y el ambiente de la colosal ciudad se sentía vibrante ante la luz de la tarde, con los coches derrapando por las carreteras, veloces. El muchacho se quitó los cascos, riéndose para escuchar las pullas de Alek hacia un tipo que iba a todo volumen con los altavoces, saltándose los límites de velocidad al volante.

—¡¿Pero qué hace el loco...?! ¿Fuma o qué? —Bramó su amigo, levantando el brazo hacia el bólido.

—¡Ja! Ese tipo está mal... ya me lo he encontrado otra vez mientras pasaba por aquí. Siempre con todo a tope. —Caleb sonrió. —Verás cómo se mata algún día. ¿Por cierto, no era ese vecino tuyo?

—Nah, qué va. Era un amigo de mi hermano, el típico bruto que asiste a una clase al año y no se pierde ni una fiesta. —Se encogió de hombros Alek. —Pero aun así, es un tipo raro. Vamos, yo fijo que está ido.

—A ver, más ido que el de física no va a estar, pero eso ya...—El muchacho caminó junto a su amigo por las calles, despreocupado. —Pues en verdad hace buen tiempo. Deberíamos echarnos unos partidos o algo en vez de irnos a la biblio.

—Ya, ¿tú quieres suspender?

—No, pero no pasa nada por echar una pachanguita. —Comentó Caleb, de buen humor. —Si luego el que te pones con el móvil y pierdes el tiempo eres tú.

—Mira, no hablemos, no hablemos, que ya me duele la cabeza de recordar al de física. —Prorrumpió penosamente Alek, ganándose una risa de su amigo.

Continuaron por la tranquila acera. Era curioso que esta se mantuviera tan relajada (a excepción del tipo que había pasado hace nada); pocos viandantes cruzaban las calles, y los habituales turistas que solían rondar por la avenida ya no se encontraban allí. Caleb inspiró hondo el aire fresco. El día le estaba saliendo demasiado bien, pero la poca motivación para ponerse ahora a estudiar le resultaba fastidiosa, teniendo en cuenta la agradable tarde.

Aunque, claro, lo más seguro era que, con Alek al lado, la situación pronto cambiaría de los ejercicios de física a una partidita del shooter más divertido del móvil en holografía, pasando, claro está, por el tradicional procedimiento de fisgoneo de la biblioteca, para ver si algún otro chaval conocido rondaba por allí, para dispersar la atención solo un poquito más. Caleb miró la calle, sorprendido porque, en varios segundos, se había vaciado, y ningún coche cruzaba la carretera justo en ese momento.

—Bueno... Pues, verdaderamente, me importa poco el examen. —Expresó el muchacho, dirigiéndose hacia su amigo mientras se ajustaba la mochila al hombro. Decía la verdad, física era la menor de sus preocupaciones ahora mismo. Quizás carecía de capacidad para explicar por qué, pero sentía que aquella tarde era especialmente importante para calmarse del caos semanal.—No sé, tío...

—A ver, que a mí también. —Repuso Alek, más atento a las solitarias tiendas de electrodomésticos en la avenida que a su amigo. —Pero, como no me asegure con la nota, la liamos. Y ya estoy demasiado harto con mis padres...

Caleb asintió, mientras caminaban, escuchando los pequeños ruidillos de la ciudad, admirando la escasez de personas en la calle y echándole un ojo a las pantallas sobre un edificio económico que hablaban de las grandes oportunidades empresariales de Slindex, con un orgullo un tanto patriótico.

Durante unos instantes, hubo un silencio incómodo, parejo a la falta de movimiento por las calles, en el que ninguno de los dos dijo nada mientras caminaba, con la luz de la tarde iluminando agradablemente sus rostros. Se mantuvieron en aquel extraño vacío un rato, centrados en el camino hasta la biblioteca, hasta que a Caleb se le ocurrió romper la mudez de alguna forma...

—Eh, tío, ¿no crees que es raro que tus padres se entrometan tanto? —Miró a Alek, recordando sus últimas palabras. —A ver, que ya somos casi mayores de edad, y las asignaturas nos la sacamos con nuestro esfuerzo...

—Bueno... sí, sí, es que los míos se preocupan demasiado. —Afirmó su amigo, mientras ambos se volvían hacia el solitario paso de peatones que los llevaba hacia la siguiente avenida, al lado de la biblioteca. De nuevo, era extraño que el ambiente se encontrara tan silencioso. —Mira, tío, en algo te tendré que envidiar, si luego resulta que...

No pudo terminar la frase, pues, mientras cruzaban el paso, un coche salió de la nada a velocidades altísimas y casi los arroya, haciendo que se apartaran tirándose al suelo por reflejo.

—¡EH! —Gritó Alek, incorporándose y mirando al vehículo, que se alejaba rápidamente. —¿¡De qué vas!? ¡¡Que te va a caer una multa!! ¡Hosti...!—Sin embargo, el coche se chocó en la lejanía contra un edificio, explotando. —¡¡EH!! ¿Qué...?

Caleb se levantó, mirando a su amigo e imitando su expresión de sorpresa, no obstante, un escalofrío le recorrió la espalda. Escuchó largos sonidos detrás, impactos rítmicos, de los que no se había percatado. Se volvió, quedándose paralizado.

—Alek...—Murmuró, con un hilo de voz, haciendo que este se girara también.

Una gran luz amarillenta y medio circular se levantaba en el centro del cielo, como un segundo sol. Gritos de dolor resonaron por la calle, mientras los sonoros choques de personas tirándose desde los edificios repicaban, en una sinfonía en honor a aquella cosa cósmica. La escena, distópica, violenta y mística, los dejó sin respiración.

Caleb palideció, y él y Alek sintieron un temblor en el cuerpo, mientras de ellos se apoderaba la más simple y sincera emoción: el miedo.

EL PROTOCOLO INVERTANHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora