El viento frío sacudió con fuerza las copas de los árboles medio secos de Burwarden, chocando después contra los altos muros de hormigón. El campo salvaje se metía con furia en lo que antes fue alguna clase de enclave humano, con enredaderas trepando por los edificios, mientras las nubes de lluvia rugían en el cielo, dándole a todo un aspecto más dramático. Ningún ser caminaba por el barro ni parecía querer acercarse a los restos de la civilización. Los vegetales estaban fragmentados y muertos, aunque otros tantos se presentaban verdes a lo largo del paisaje, pero muchos eran afectados por la acción de los invasores, que los devoraban, les robaban la energía o impedían que se reprodujeran.
De igual manera, pocos animales se atrevían a salir de sus madrigueras. Con el paso de los años habían aprendido a huir y retirarse siempre que se presentaban aquellas especies extraterrestres en el medio, pues sufrían grave peligro. Muchos seres habían acabado por extinguirse tras la invasión, y las poblaciones a nivel general se encontraban en bajos históricos, tomando precauciones extremas para alimentarse o conseguir descendencia. Ni siquiera los insectos habían sido capaces de adaptarse, con los agresivos modulados masacrando a muchos o cubriendo sus nichos.
Aquella falta de animación, unida a un silencio tan solo interrumpido por el arrullar del viento, le daba un aspecto tétrico al paisaje, donde la humedad y el frío se mezclaban en una terrible combinación ambiental. Los restos del enclave que una vez hubo allí se mantenían firmes frente al temporal, con sus edificios de piedra, antiguamente viviendas, cobertizos e incluso fábricas, medio mezclados con la naturaleza muriente y con hiedras, árboles verdosos y otros tantos cadavéricos. Tras el largo campo de estructuras y formas de vida, se levantaba una vieja fortaleza, con forma de búnker pesado, con distintas torres alzándose al cielo, medio destruidas, quizás el único símbolo de una vieja época muy anterior a la invasión.
Lo que antes eran las afueras de Burwarden, conocidas por su belleza natural, su tranquilidad y, a veces, sus misteriosos bosques, se encontraban ahora deterioradas y en un estado ruinoso. La infección de los IS219 había transformado a muchos humanos y animales, y, curiosamente, pese a que habían pasado las décadas, los infectados aún sobrevivían y se movían por el lugar, como horribles vigilantes, totalmente bajo la merced de la especie invasora. Además de ello, algún que otro Alongado solía aproximarse a las estructuras, siguiendo rastros térmicos. Aquello hacía que la zona pareciese el peor lugar para vivir tras la catástrofe, con altas posibilidades de encontrarse con situaciones de peligro...
El viento rugió con fuerza, formando un gran ciclón que sacudió las hojas arbóreas y chocó contra las paredes de hormigón. No obstante, pese a eso, una sombra se alzó en las alturas de una vivienda ruinosa, con su capa ondeando, desafiando al temporal. Sus ojos rojos brillaron, analizando el paisaje con lentitud, para después volver la mirada al cielo grisáceo. Una extraña sensación de nostalgia se vio reflejada en sus iris, segundos antes de saltar al vacío desde la estructura, con los reactores de su traje activándose, permitiéndole descender como si volara sobre una de las colinas de naturaleza muerta de las afueras, en dirección a la vieja fortaleza.
Pisó tierra y dio varios pasos, con la escasa luz solar filtrándose fríamente por entre las nubes, reflejándose en la armadura, atravesando arbustillos secos. El frío de la ventisca chocaba contra la figura, amenazando con derribarla, pero esta seguía caminando entre las ruinas y la naturaleza muerta, sin miedo, como si todo lo que acontecía a su alrededor fuese incomparable con la profunda tristeza de los ojos escarlata.
Un infectado de IS219 levantó la cabeza, olisqueando el aire con su sentido del olfato ampliado, y volviendo su horrible rostro deformado, con tan solo dos ojos inyectados de sangre y una boca transformada en una terrible mueca sonriente como rasgos humanos restantes, hacia otros cuantos malditos. La prole de criaturas, con sus cuerpos de apariencia humanoide modificados tras años y años de infección, con piel coriácea, textura de madera, púas y prolongaciones esponjosas, se movió con rapidez sobrenatural, en busca de su nueva presa, gruñendo por lo bajo con sonidos raspadores.
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EL PROTOCOLO INVERTAN
FantasyUn mundo desolado se extiende hasta donde alcanza la vista, con ruinas donde antiguamente había ciudades, viviendas vacías y una eterna sensación de tensión. El planeta ha sido destruido por una causa desconocida, y ahora las pocas personas que qued...
