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Cuando el Teniente se fue, sentí que toda aquella valentía que había reunido para quedarme a solas con Mario se había disipado. Estaba empezando a pensar que mi capacidad de tomar malas decisiones nunca me iba a abandonar.

Era la primera vez que volvía a estar a solas con él desde aquella noche en el baile. Y antes de eso...cuando le apuñalé. Si me guardaba rencor o no por eso no lo sabía. Pero desde luego era mucho más grande mi sentimiento de traición que todo el rencor que él pudiera guardar contra mí. Intenté borrar esas ideas de mi mente, no podía centrarme ahora mismo en eso.

No fue como yo pensaba. No hubo charlas ni momentos incómodos, él simplemente empezó a hacer llamadas de teléfono en otro idioma y yo busqué una salida a mi aburrimiento buscando algo en la cocina con lo que entretenerme.

Me quité el chaleco y me quedé con las mallas negras y la sudadera térmica a juego para mayor comodidad, pero me arrepentí en cuanto noté la mirada calcinante de Mario sobre mis piernas. Yo le devolví una mirada reprobatoria que consiguió sacarle algo que jamás creí posible, y menos con esta situación en la que estábamos metidos: Su boca se torció mínimamente en una pequeña mueca, tratando de esbozar una cruel sonrisa.

Me metí detrás de la isla de la cocina, apartándome de su vista. No había mucho con lo que entretenerse, allí no vivían, sólo era una de sus muchas bases, como las de Morgan. Y por supuesto, no había ni rastro de objetos personales o comida. Aunque sí encontré una pequeña cafetera a la que pude dar un buen uso. Probablemente era la única que la había utilizado allí. Estaba demasiado ensimismada como para darme cuenta de que había dejado de hablar por teléfono y alguien había aparecido en la puerta.

<<Genial>>, pensé.

Esa chica tenía la palabra asco escrita en la mirada cada vez que me veía. No entendía muy bien qué tenía en contra de mí. Algo pareció divertir a Mario cuando vio la cara que puse.

Nada en el mundo me podía haber preparado para la mirada asesina que esa chica me dirigió al verme. Sentí que si hubiera tenido un rayo láser ya me hubiese hecho papilla. Inspiré hondo y me preparé para lo que fuera que iba a hacer conmigo.

Su reacción no se hizo de esperar. Puso su mano sobre el arma que llevaba en la cintura sin llegar a desenfundarla. Mario se puso delante de mí, protegiéndome con su cuerpo. Esa acción me puso nerviosa. No necesitaba que él me defendiera.

—¿Qué coño hace ella aquí?

—Tranquilízate Mara —le espetó él. —Está aquí para ayudar.

Me paré a pensar en las razones por las que esta chica podía tenerme tanto odio. Y entonces lo entendí. La vi, igual que ella me veía a mí: sus ojos rojos, el rimel corrido, los nudillos de sus manos en carne viva y la coleta deshecha. Sufrimiento. Esa chica estaba así por Leo. Y una de las cosas que se le debían estar pasando por la cabeza es que de alguna forma, fuera la que fuese, yo tenía algo que ver.

—No necesitamos su jodida ayuda —escupió.

—Eso no es decisión tuya.

Vi la forma en la que apartó la mano de su arma, con una leve inclinación de cabeza al reconocer la autoridad de Mario, que parecía habérsele pasado por alto al entrar y verme. Se mordió la lengua con lo que fuera que iba a decir a continuación y esbozó una mueca de disgusto que me dejaba claro que no íbamos a tener una relación cordial de ahora en adelante.

—¿Tienes alguna noticia nueva? —preguntó Mario.

—Sí —contestó sin apartar la vista de mí, como si de un depredador se tratara. —Alexei Borotoj ha reivindicado el atentado. Está en su mansión de Kamenka.

Cuando me encuentres (II)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora