—¡Priscila! —grito demasiado fuerte cuando irrumpo en el vestíbulo—. ¡Priscila!
De repente la encuentro en la puerta de la sala principal con los brazos en cruz apoyada en el marco de madera. Su cara presenta una mezcla de temor y preocupación. Es entonces cuando descubro que su temor se debe a las invitadas sentadas alrededor de la mesa junto a la ventana, mejor dicho, a lo que las invitadas puedan pensar debido a mi manera de entrar en casa. Todas las hermanas De Hoz me contemplan con diferentes expresiones. Helena parece más aterrada que Priscila. Amanda debate consigo misma en si es correcto levantarse para ir a mi lado o no, la conozco lo suficiente para saberlo. Además la tensión que hay en su brazos mientras se levanta ligeramente de su asiento lo confirma. Duna mantiene en su rostro la expresión más fraternal y compasiva. Y Nuria trata de ver por encima del hombro de mi hermana, inquieta.
—¿Por qué entras dando gritos como un loco? —reprende Priscila, avergonzada.
—No sabía que tenías invitadas —susurro—. Últimamente las ves más de la cuenta.
—Son mis amigas. Hace medio mes que no salgo de casa, creo que tengo el derecho de distraerme.
—Claro —replico molesto. Elevo la cabeza y la voz hacia ellas—. Buen provecho, señoritas.
Con disimulo tomo a Priscila del codo para sacarla de la sala por completo. Abre la boca dispuesta a quejarse, pero es interrumpida por la llegada de Amanda.
—¿Está bien, coronel? —La palma de su mano roza mi frente. Me siento disgustado conmigo mismo por no haber valorado el aprecio que tiene hacia mí. Sonrío con toda la calidez que Amanda se merece.
—No te preocupes. Ha sido un día para olvidar.
—¿Por qué te has ido así esta mañana? —Indico a Priscila con una mirada que se mantenga callada. Amanda entrecierra los ojos, añadiendo:
—Esta mañana me vinieron con un rumor en la ciudad, pero no me lo creí porque se trataba de usted. —Se cruza de brazos, molesta—. Dicen que se ha ido en su coche con esa mujercita.
El apelativo mujercita sale de su boca con tanta saña que me contengo a duras penas de responder como se merece. Ella sola ha borrado de un plumado el pensamiento que tenía hace unos segundos.
—¿Mujercita? —repite Priscila mientras se zafa de mi agarre—. ¿Te has ido por ahí con una cualquiera?
—Una cualquiera no, la maga de Lagos Verdes —añade Amanda con desdén, como si la sanadora fuera mil veces peor—. Vieron cómo se subía al coche con él y hablaron unos minutos antes de perderse hacia el bosque. Claramente en dirección a su casa.
Priscila suaviza sus facciones cuando oye que fue con la maga. Está inmensamente agradecida con ella.
—Por un momento me he asustado de verdad. ¿Cómo se encuentra?
—Te manda saludos. Es por eso que te buscaba, ¿podemos hablar en privado?
—¿Esa maga te manda saludos y permaneces tan tranquila? ¿No ves que trama algo contra vosotros? Si hasta tu hermano huele a esas hierbas mezcladas con azúcar. —Sonrío de nuevo solo de pensar que el aroma de la cabaña y de los dulces que hemos compartido se han quedado en mi ropa.
—Sí. Es posible que pronto te cruces aquí con ella —digo expresamente para fastidiarla—. Es de mala educación que siempre nos vemos en su cabaña.
Amanda abre la boca horrorizada al tiempo en que se lleva una mano al pecho, disgustada. Pongo los ojos en blanco porque parece una representación de una película de época. Tiro de Priscila con suavidad hasta el lateral de las escaleras. Espero que me recrimine la poca educación que he tenido con Amanda, pero para mi sorpresa se está conteniendo una carcajada.
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La magia que busca el coronel
RomanceBremar Silva ha pasado toda su vida renegando de la existencia de la magia, el amor con un final feliz y la suerte de poder tener algún tipo de dicha si no es a base de sufrimiento y lucha. Todo ello dejó de tener valor cuando su prometida enfermó y...