El aire olía a libertad. Tierra seca, hierbas calientes por el sol, y un rastro de gasolina que el viento llevaba de nuestro RZR al cielo. JeongIn iba adelante con Hyunjin, gritando canciones inventadas y desafinadas. Yo, pegado a Bin, con los brazos en alto cada vez que saltábamos un bache.
Todo parecía un juego. Hasta que dejó de parecerlo.
Primero fue un zumbido en el oído, como cuando el silencio se vuelve sospechoso. Después, el reflejo de un vidrio a lo lejos. Yo me incliné hacia Bin.
—Bin… alguien nos ve.
Él apretó el volante, sus ojos se clavaron en los espejos laterales. No dijo nada, pero sus nudillos blancos me bastaron como respuesta.
JeongIn se volteó desde el otro RZR.
—¡Oigan! ¿Quiénes son esos que nos siguen?
Yo me giré tan rápido que casi me caigo del asiento. Tres camionetas levantaban polvo en la lejanía, acercándose con paso firme, como lobos que ya tienen marcada a su presa.
Hyunjin levantó la mano y gritó algo que no entendí por el ruido del motor, pero Bin lo entendió: aceleró de golpe y casi me saca el alma por la garganta.
—¡Hold tight! [¡sujétate fuerte!] —gritó, y yo solo pude abrazarme a él.
Los motores detrás rugían como bestias. No eran amigos. Ni curiosos. Eran cazadores. Y nosotros, la presa.
JeongIn y Hyunjin tomaron la delantera, esquivando piedras, saltando charcos. Bin los siguió, pero yo sentía que el aire se llenaba de balas invisibles, de ojos que nos querían devorar.
Mi corazón latía tan rápido que parecía que se me iba a salir.
—Bin… ¿qué hacemos?
—Salir vivos —contestó, sin mirarme.
Las camionetas estaban más cerca, ya podía ver las siluetas de hombres armados en las cajas. Uno de ellos levantó algo metálico, largo, y mi instinto gritó antes que mi boca:
—¡Agáchate!
Bin giró el volante, el proyectil pasó silbando y explotó contra una roca, esparciendo polvo. Yo solté un chillido que me salió más de lobo que de humano.
—¡Son para ti! —gritó mi lobo dentro de mí—. ¡Nos huelen!
Tenía razón. No querían a JeongIn. No querían a Hyunjin. Querían a mí, al OG blanco.
La persecución siguió como un infierno sobre ruedas. El camino se partió en dos: a la izquierda, una vereda más estrecha que se metía entre los árboles; a la derecha, un sendero abierto que seguía el cauce del río.
JeongIn giró hacia la derecha con Hyunjin. Bin frenó un segundo.
—¡Por acá! —dijo, y viró a la izquierda.
—¡Pero los otros van por allá! —protesté.
—Precisamente.
El RZR brincó entre piedras, las ramas golpeaban el parabrisas, el motor rugía como si quisiera huir por sí mismo. Atrás, las camionetas dudaron, dos siguieron a JeongIn y Hyunjin, pero una nos persiguió.
Yo miraba atrás, mi respiración cortada. El polvo me cegaba, pero los faros seguían ahí, detrás de nosotros.
—Bin, no vamos a poder—
—Cállate y confía.
Su voz era pura furia y control. Lo odié y lo amé al mismo tiempo.
La vereda terminó en un despeñadero. Yo sentí que el alma se me fue a los pies.
—¡No hay salida!
Bin no frenó. Aceleró.
—Bin, ¡NO!
El RZR voló por un segundo eterno. Mi estómago se volteó, mis gritos se ahogaron en el viento, y cuando las llantas tocaron tierra de nuevo, rodamos cuesta abajo como demonios desatados. La camioneta de atrás no tuvo tanta suerte: trató de imitarnos, pero se estrelló contra las rocas.
El silencio volvió, solo roto por el jadeo de mi respiración y el motor del RZR.
—Estamos vivos… —susurré, temblando.
—Mientras estemos juntos, sí —dijo Bin, con esa calma rota que me asustaba más que las balas.
Seguimos avanzando sin rumbo. El sol empezó a caer, y con él, mi esperanza de regresar pronto. No había señal en el celular, ni rastro del rancho. Solo árboles, montañas y la soledad.
Después de horas, el motor gimió, cansado, y Bin detuvo el RZR frente a una construcción olvidada entre pinos. Era una cabaña vieja, de madera, con el techo a medias, pero con paredes y una chimenea que todavía olía a humo antiguo.
Me bajé tambaleando, abrazando la cobija de tigre que todavía cargaba como si fuera un amuleto.
—¿Qué es este lugar? —pregunté.
—Refugio improvisado. —Bin pateó la puerta, que cedió con un chirrido—. Será nuestra casa por unos días.
Entramos. El aire estaba cargado de polvo, pero era mejor que la intemperie. Había una mesa rota, dos sillas, y un colchón viejo en un rincón. Bin se dejó caer en una silla como si llevara años peleando. Yo lo miré, preocupado.
El aroma que despedía era más fuerte ahora. No solo café y chocolate. Algo más, algo caliente, ardiente, como brasas en el aire. Mi lobo lo reconoció antes que yo.
—Celo.
Bin me miró, sus ojos dorados brillando bajo la penumbra.
—No debía empezar hoy —dijo, la voz áspera—. Faltaban días…
Yo tragué saliva. De pronto, entendí. El peligro afuera era real, pero el peligro adentro también lo era.
—Bin… —me acerqué, tocándole el brazo—. Estoy contigo.
Él cerró los ojos, como si luchara contra sí mismo.
—No sabes lo que dices. Soy un Alfa Gama. Si me dejas, no voy a parar… hasta vaciar todo en ti.
Sentí que mi cara ardía, pero mi corazón no dudó.
—Ya lo pensé. No me importa. Te amo.
Él me miró, como si buscara la mentira en mis ojos. No encontró ninguna.
La cabaña se quedó en silencio, solo el viento silbando afuera y el temblor de su respiración.
Yo me acomodé frente a él, con mi cobija de tigre como capa, y susurré:
—Then let me be yours [entonces déjame ser tuyo].
Su lobo rugió en mis huesos, y yo supe que esa noche, el verdadero peligro no venía de los rusos. Venía de nosotros.
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Yo por eso mejor no tengo rzr, porque hay muchos peligros, mejor hay que estar en casita 🫶
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PIÉNSALO (Changbin x Felix)
Manusia SerigalaFelix es un omega ruso que por error termina en un contenedor con dirección a un rancho de México de un alfa buchon.
