El día había empezado con chismes, como siempre. En el rancho no se necesitaba radio; los betas y los alfas eran más argüenderos que las señoras del mercado. Y hoy el rumor era uno solo:
— “Que el niño ruso ya está embarazado.”
— “Que al patrón se le adelantó la luna de miel.”
— “Que por eso lo trae cargado a todos lados, pa’ que no se le vaya a caer el chamaco.”
Yo no decía nada, pero por dentro me estaba quemando. Sabía bien que Felix no estaba en esas… todavía. Pero la pura idea me ponía los pelos de punta. No porque me asustara tener un cachorro, sino porque él aún era un niño a ojos del mundo. Y si los rusos se enteraban del chisme, ahí sí ardería Troya.
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Mientras tanto, Felix seguía siendo Felix.
— ¡Quiero mi carrito azul! —chillaba abrazado a su cobija de tigre, con los pies descalzos y el cabello hecho un desastre.
Jeongin, como siempre, no ayudaba.
— Ese no, Fefi, ¡ese es de Bin! Si lo ensucias, te manda directo a Rusia en caja de cartón.
— ¡Pues me caso con el dueño! —respondió el mocoso, inflando las mejillas.
Yo solo suspiré, viendo la escena desde el pasillo. Si supiera que con una palabra mía ya le pondría su nombre al RZR azul, pero el problema no era ese… el problema estaba a miles de kilómetros, con vodka en la mano y sed de sangre.
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Al mediodía, recibí la llamada que me heló la sangre.
— Changbin Guzmán. —La voz al otro lado era seca, dura, con acento marcado. Era Sergei Ivanov, el emisario más cercano al papá de Felix.
— Habla. —respondí sin titubear.
— Se perdió un cachorro. Blanco, ojos rasgados, olor dulce. El jefe pregunta si usted lo ha visto.
Me quedé en silencio un segundo, mordiéndome la lengua. Mi lobo quería gruñir, quería soltar un “es mío, ya no lo busquen”. Pero no podía. No todavía.
— No. —mentí, con la voz más firme que pude.
Hubo un silencio incómodo. Luego Sergei habló de nuevo.
— El jefe no perdona las mentiras.
Colgó.
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Regresé a la habitación y ahí estaba él: mi pequeño omega, con la pijama enorme que me robó y todo mi closet convertido en un nido. Se veía tan tranquilo, tan feliz, tan ajeno a la tormenta que se venía.
— Binnie —dijo en cuanto me vio—, ¿me puedes traer pan con leche? Tengo hambre.
Lo abracé fuerte, escondiendo mi cara en su cuello.
“Si se enteran que lo tengo, nos matan a todos”, pensé.
“Que se enteren —gruñó mi lobo—. Que vengan, aquí los espero.”
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En la noche hubo reunión en la mesa grande del rancho. Papá, Jeongin, Hyunjin y yo. Las luces parpadeaban y el ambiente estaba pesado.
— Los rusos ya sospechan —dijo papá, encendiendo un puro—. Y si sospechan, van a venir.
— Pues que vengan —solté con enojo.
— No seas pendejo, mijo. —Papá me clavó la mirada—. Si pisan esta tierra y encuentran a Felix, no lo vuelves a ver.
Jeongin estaba inquieto, mordiendo una servilleta.
— ¿Y si decimos que sí está aquí, pero que está de visita nomás? —preguntó.
— ¿Visita? —me burlé—. ¿Un OG en celo de visita? Nos vuelan la cabeza a todos.
El silencio se hizo más pesado que el humo del puro. Sabíamos que tarde o temprano tendríamos que mostrar las cartas.
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Esa madrugada llegaron. Tres camionetas negras, sin placas. Los faros iluminaron el camino de tierra como cuchillas de luz. Los guardias del rancho ya estaban armados, pero yo salí antes de que alguien disparara.
De una de las camionetas bajó Sergei. Traje negro, mirada helada, como si nunca hubiera reído en su vida.
— Changbin Guzmán. —me saludó, sin extender la mano.
— Sergei.
— El jefe pregunta por su hijo. Todos dicen que huele a leche. Que usted lo tiene.
— Aquí no hay ningún cachorro ruso. —dije firme, mirándolo a los ojos.
— ¿Me invita a pasar?
Y ahí estaba la trampa. Si lo dejaba entrar, podía encontrar a Felix. Si no lo dejaba, confirmaba las sospechas.
Respiré hondo, conteniendo al lobo que ya quería saltarle encima.
— No. Aquí no entra nadie sin mi permiso.
Hubo un silencio eterno. Luego Sergei sonrió apenas, pero era una sonrisa que helaba.
— El jefe no perdona las mentiras. —repitió, y se subió a la camioneta.
Las luces se perdieron en el camino.
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Regresé a la casa con el corazón golpeando fuerte. Subí a la habitación y ahí estaba él, mi omega, dormido en el nido, abrazando su cobija de tigre. Inocente, soñando quizá con el carrito azul.
Me senté en el borde de la cama, acariciando su cabello.
— ¿En qué lío nos metimos, cachorro? —susurré.
Él murmuró dormido:
— Mi carrito azul…
Y no pude evitar sonreír, aunque por dentro supiera que lo peor apenas estaba por empezar.
Porque los rusos no perdonan.
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PIÉNSALO (Changbin x Felix)
Loup-garouFelix es un omega ruso que por error termina en un contenedor con dirección a un rancho de México de un alfa buchon.
