Capitulo 13

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De todas las cosas que podían inventar sobre mí, escogieron la peor: ¡que estaba embarazado!

Embarazado yo, que lo único que cargo es un antojo permanente de pan dulce.

De qué me servía que papá tuviera millones y un apellido que imponía respeto si aquí, en este rancho perdido, todos se la pasaban cuchicheando detrás de mi espalda como si fueran vecinas chismosas de barrio.

“Pos que el niño ya trae criatura.”

“Con razón huele dulce, igualito que las vaquitas recién paridas.”

“Dicen que es del patrón Bin.”

Yo pasaba y lo escuchaba TODO.

Y obvio, no me quedaba callado.

— ¡No estoy embarazado, idiotas! —chillé un día en el pasillo, cargando mi cobija de tigre como si fuera estandarte—. ¡Es olor a leche porque todavía soy joven! ¡JOVEN! ¿Quieren que les enseñe mi acta de nacimiento?

Los betas que murmuraban casi se hincan del susto. Uno hasta dejó caer el vaso de café.

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Lo peor no eran los guardias, ni los betas metiches. Lo peor era Changbin.

Mi alfa ranchero, mi hombre, mi dueño del corazón… se había vuelto una pesadilla de lo protector que andaba.

No me dejaba hacer nada solo.

— ¿Vas al baño? Yo te acompaño.
— ¿Quieres agua? Yo te la traigo.
— ¿Vas a caminar al jardín? Mejor te cargo, no te vayas a cansar.

Y sí. Lo hizo.

Un día me cargó, en brazos, frente a TODOS, solo porque dije que me dolía un pie.

Yo, hecho tamal humano en brazos del hombre más ancho del rancho, con todos los soldados y betas viéndonos como si fuéramos una procesión.

— ¡Baja, Changbin! —pataleé furioso—. ¡No estoy embarazado!

— No importa, cachorro. No quiero arriesgarte —me respondió con esa voz grave que hacía que hasta mi lobo se callara de lo bonito que sonaba.

“Nos quiere mucho”, suspiró mi lobo, moviendo la cola mentalmente.

“Nos quiere de más. Parecemos porcelana china, no chingues.”

...

Un par de días después, el chisme había crecido. Ya no solo era “el omega de Bin está preñado”.

Ahora era:

— “Dicen que es niño.”
— “No, que gemelos, porque el olor está re fuerte.”
— “A ver si no le sale rusito, porque el suegro es de allá.”

Yo me agarraba la cabeza.

— Soy un desastre —me quejaba frente al espejo, aplicándome mis cremitas—. Pero un desastre hermoso.

Y sí, seguía negando todo, pero en el fondo empezaba a incomodarme la manera en que todos me veían. Como si de repente no fuera Felix, sino una incubadora con patas.

El colmo llegó cuando mi suegra improvisada, la nana de Changbin, entró a la habitación con una charola de comida.

— Mijito, te traje caldo de pollo, quesito fresco y avena. Pa’ que te alimentes bien.

— ¿Y eso pa’ qué? —pregunté, confundido.

— Pos… pa’ que al bebé no le falte nada —dijo como si fuera obvio.

Se me cayó la cobija de tigre de puro coraje.

— ¡No estoy embarazado, señora! —grité.

La nana me miró con esos ojos de “sí, cómo no” y dejó la charola igual.

— Cómetelo todo, no seas terco.

Me crucé de brazos indignado.

Changbin entró en ese momento, y la nana lo agarró del brazo.

— Cuídelo bien, patrón. Que en su estado, cualquier descuido pesa.

Changbin asintió serio. Yo casi me desmayo de la rabia.

Esa misma noche, mientras intentaba dormir, me acurruqué en el pecho de Bin. Su calor me tranquilizaba aunque lo odiara un poquito por tanto drama.

— Binnie, ¿de verdad crees que estoy… ya sabes? —susurré, inseguro.

Él se quedó callado un rato. Luego me besó la frente.

— No sé. Pero si fuera verdad… no me molestaría.

Mi corazón dio un brinco raro. Entre miedo, nervios e ilusión.

“Seríamos papás.”

“Cállate, lobo idiota.”

— No es verdad —respondí rápido, ocultando mi cara en su pecho—. Yo no estoy embarazado.

Pero mis mejillas estaban rojas, y él lo sabía.

...

La mañana siguiente, Jeongin entró como siempre, arrastrando drama.

— ¡Ya te conseguí baberos, Fefi! —gritó con una sonrisa maliciosa—. Uno tiene dibujitos de dinosaurio.

— ¡LÁRGATE, JEONGIN! —le lancé la almohada más grande del nido.

El idiota salió corriendo, muerto de la risa.

Yo me dejé caer de nuevo en la cama, cubriéndome la cara con las manos.

— Esto es una pesadilla —murmuré.

Changbin, sentado al borde de la cama, acarició mi cabello.

— Tal vez sí, tal vez no. Pero, ¿sabes qué, cachorro? Seas o no seas… eres mío.

Y con esa voz ronca, segura, me robó la tranquilidad de nuevo.

Porque aunque yo negara todo, algo en mi pecho me decía que, embarazado o no, mi vida ya nunca sería la misma.

Y peor aún: todavía no resolvía cómo hacer que el carrito azul fuera mío.

PIÉNSALO (Changbin x Felix)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora