Narrado por Hyunjin
El camino hasta la fábrica se hizo eterno. Yo iba al volante, apretando el volante de la Ram 2500 como si la vida me fuera en ello. JeongIn, a mi lado, no paraba de hablar. Que si el nuevo sistema de riego, que si Changbin debería dejar de llamarlo niño, que si los agaves en su mejor punto olían como piña dulce. Cada palabra suya me golpeaba.
Él hablaba como si nada. Como si yo no estuviera en una guerra interna, debatiendo entre seguir guardando silencio o rendirme de una vez y aceptar lo obvio: lo amaba.
Lo amaba, y cada día me era más difícil fingir que no.
Cuando llegamos a la fábrica, los trabajadores ya nos esperaban. El aire olía a agave cocido, a madera húmeda, a mosto fermentado. Y entre ellos apareció él.
Un alfa alto, fornido, de camisa blanca arremangada, sonrisa confiada y mirada que se creyó con derecho a posar demasiado tiempo sobre JeongIn.
—Bienvenidos, señores —dijo, pero sus ojos no me miraban a mí. Solo a él—. Soy el encargado de esta área, y hoy tendré el gusto de guiarlos.
“Gusto mis huevos”, pensé, sintiendo el nudo de celos desde el primer segundo.
JeongIn, tan inocente como siempre, sonrió y asintió, emocionado por la bienvenida.
—¡Encantado! Soy JeongIn, y él es Hyunjin —me presentó como si yo necesitara presentación.
El alfa apenas me miró. Su atención estaba totalmente atrapada en el omega a mi lado.
Avanzamos por la planta. El tipo iba explicando los hornos, los tiempos de cocción, los tanques de fermentación… pero cada vez que hablaba, lo hacía viéndolo a él, no a mí.
—El agave, cuando se cuece bien, se vuelve más dulce. Como usted, joven JeongIn.
Yo me detuve en seco. ¿Lo había dicho en serio?
JeongIn, sin entender el doble sentido, soltó una risa nerviosa.
—Oh, entonces yo sería… ¿una piña cocida?
El idiota sonrió como si le hubieran dado cuerda.
—Piña… o miel. De la más pura.
Me rechinaban los dientes.
Seguimos hasta la sala de cata. El tipo llenó tres copas de tequila. Una para mí, otra para él, y la tercera… se la entregó a JeongIn directamente en la mano. Pero no fue solo eso: le rozó los dedos de más, como si buscara prolongar el contacto.
Yo apreté tanto la copa que estuve a un segundo de romperla.
—Gracias —dijo JeongIn, sin darle importancia.
—De nada. Para un omega tan distinguido como usted, yo mismo me encargo. —Y lo dijo con esa sonrisa ladina que me revolvió el estómago.
“Distinguido mis huevos”, mascullé por dentro.
El tour siguió, y el descaro también. Le ofrecía asiento, lo guiaba por la espalda con una mano demasiado cerca de su cintura, se inclinaba para hablarle al oído con pretextos estúpidos.
—El vino de esta cosecha es especial. Me gustaría que usted fuera el primero en probarlo, JeongIn.
—¿Yo? ¿Por qué yo? —preguntó él, sorprendido, inocente.
—Porque los paladares jóvenes distinguen lo más fresco, lo más… suave.
Mi paciencia ya estaba colgando de un hilo.
Cuando sirvió la copa de vino, volvió a hacer lo mismo: se la dio en la mano, pero esta vez le acomodó los dedos alrededor de la copa como si fuera un maestro enseñándole a un niño.
—Así, sujeta firme. Muy bien.
JeongIn sonrió, ingenuo, agradecido. No entendía nada. Él no veía el veneno escondido. No veía el descaro.
Yo sí.
El alfa se inclinó más cerca, murmurándole algo al oído. No escuché qué fue, pero vi cómo JeongIn se sonrojaba. El idiota sonrió, orgulloso de su efecto.
Y ahí se me fue la paciencia.
Me levanté de golpe, la silla chirrió. Crucé la sala en dos pasos y lo tomé por la cintura. Mi mano apretó con fuerza, posesiva, como diciendo “basta”.
JeongIn me miró sorprendido, sus ojos grandes parpadeando. El alfa, en cambio, arqueó una ceja, divertido.
—¿Qué pasa? —preguntó con un tono burlón.
—Pasa que te estás pasando. —Mi voz salió ronca, grave, más lobo que hombre.
—JeongIn es un omega libre. —El muy idiota sonrió, como quien lanza un reto.
Y fue ahí donde solté todo lo que llevaba guardando por años.
—No es libre. Está comprometido conmigo.
Un silencio pesado se instaló. Los trabajadores dejaron de moverse. JeongIn abrió los ojos como platos. El alfa perdió por un segundo su sonrisa confiada.
Yo no lo pensé más. Lo atraje contra mí y lo besé.
Lo besé con rabia, con miedo, con todo el amor que llevaba enterrado. Sus labios temblaron bajo los míos, suaves, dulces. Me sentí vivo, sentí que el mundo desaparecía.
Cuando me separé, JeongIn estaba rojo hasta las orejas, jadeando suavemente. El alfa nos miraba con rabia contenida.
—Despídanlo. —Mi voz fue un filo—. No tolero insolentes que no respetan a mi omega.
Hubo un murmullo entre los trabajadores. Nadie se atrevió a replicar. El alfa apretó la mandíbula, pero se retiró sin decir más.
Yo tomé la muñeca de JeongIn y lo saqué de la sala. No miré atrás.
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En la Ram, el silencio era brutal. Yo conducía con el corazón en la garganta, todavía saboreando sus labios, todavía sintiendo la electricidad en mi mano que lo había sostenido.
“¿Qué hiciste, Hyunjin? Lo comprometiste frente a todos. Lo besaste sin pedir permiso. Changbin te va a matar. El señor Seo va a arrancarte la cabeza. Lo arruinaste…”
Lo miré de reojo. Seguía mirando por la ventana, sonrojado, los labios húmedos. Y aún así, no podía arrepentirme.
Ni un poco.
Porque ese beso había sido lo más real que me había pasado en la vida.
Lo quería. A cualquier precio.
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¿Qué les pareció este capitulo?¿Será que Hyunjin se hará el loco por lo del beso serán que con eso el creerá que ya se confesó o qué pasara? 👀
Descubran eso y más en el siguiente capitulo 🗣
ESTÁS LEYENDO
PIÉNSALO (Changbin x Felix)
LobisomemFelix es un omega ruso que por error termina en un contenedor con dirección a un rancho de México de un alfa buchon.
