Capitulo 22

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Narra Changbin

El rancho amaneció con rumor de agua en las canales y olor a pan recién hecho. Y con chismes, muchos chismes. Aquí las noticias no se susurran: se avientan por encima del corral como cubetadas. “Que ya volvió el cachorro blanco.” “Que el patrón Bin lo marcó.” “Que la marca se ve bonita, roja-rojita, como fresa.” “Que huele a leche porque es OG.” “Que si el ruso se entera, tiembla el mezquite.” Yo escuchaba todo desde la sombra del portal con una taza de café negro en la mano, viendo a Felix caminar descalzo por el pasillo, arrastrando mi camiseta como si fuera bata de rey y la cobija de tigre colgándole de los hombros. Cada paso suyo era una puntada en mi pecho: alivio de tenerlo de vuelta, miedo de perderlo, orgullo de que llevara mi mordida en la piel.

—Buenos días —me dijo con voz ronquita, tocándose la marca—. ¿Se ve fea?

—Se ve perfecta —le contesté, y no fue por quedar bien. En mi vida había visto algo tan mío y tan hermoso.

Se sentó en mis piernas como si éstas fueran silla de su propiedad, tomó mi taza, bebió sin pedir permiso y torció la boca.

—Bitter [amargo]. Pero rico —y me hizo esa sonrisa de luna que me desarma.

Al fondo, las cocineras se empujaron entre risitas. Una le dio codazo a la otra: “míralo, consentido”. A mí no me importó. Lo acomodé más contra mi pecho, le soplé el cabello platinado húmedo por el baño, y le sentí el aroma dulce que ya conozco de memoria: vainilla, canela, jengibre. Hogar.

—No deberías andar descalzo, cachorro.

—Estoy en casa —respondió, como si esa palabra fuera suficiente. Y lo era.

Desde la barda se asomó JeongIn con una concha en la boca y el casco táctico al revés. Detrás venía Hyunjin, serio, con la playera negra pegada al torso, el rifle descargado cruzado como quien se acostumbra a cargar con su deber incluso a la hora del pan.

—¡Cocoy! —chilló JeongIn, saltando del borde como cabrito—. Ayer todo mundo llorando y hoy míralos, de empalagosos no los bajo.

Hyunjin le dio un manazo leve en el casco.

—No seas imprudente —le dijo en voz baja.

—¿Imprudente yo? —JeongIn se giró a mí—. Oye, diles que el Fefi me debe un paseo en el azulito, ah, ya que ya vi que sobrevivieron y que no vomitó arriba de mi RZR…

Felix levantó la mano.

—Sí vomité —admitió, orgulloso—. Pero ya limpié… con hojas.

JeongIn se carcajeó. Hyunjin le sostuvo el brazo, como si ese simple contacto sirviera para no dejarlo irse de boca. Vi ese gesto mínimo y me dio risa: esos dos ya traen fuego desde hace rato y nomás fingen que es puro sol.

—Desayunemos —dije, cortando el circo—. Hoy hay mucho qué hacer.

Adentro, la mesa larga ya estaba servida: chilaquiles verdes con pollo deshebrado, frijoles refritos, tortillas a mano envueltas en un trapo, fruta cortada. Mi papá no había bajado todavía. Mejor. Me senté con Felix a la derecha y dejé que comiera como si fuera concurso; verlo llevarse los trocitos con cuidado, soplarlos dos veces, poner los cachetes de hámster, era medicina. Entre bocado y bocado, levantaba la vista, como midiendo el rancho, sintiendo la vibración de la casa que ya lo reconocía. No era ingenuo: sus ojos leían, su nariz analizaba, su lobo estaba despierto.

—¿Por qué todos miran como si fuera una estatua? —preguntó de pronto, sin victimismo.

—Porque no todos han visto un OG marcado —le dije con la verdad pelada—. Y porque en esta tierra, lo raro da miedo… y provoca codicia.

PIÉNSALO (Changbin x Felix)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora