El monte todavía olía a tierra mojada, como si hubiera llorado toda la noche. Caminábamos despacio, sin prisa, como si la vida por fin nos diera un respiro. Felix llevaba mi camiseta que le quedaba hasta las rodillas, la cobija de tigre como capa y esa carita de cachorro recién despierto. Iba delante, con su pelo plateado brillando entre las ramas. Yo lo seguía de cerca, con miedo de parpadear y que desapareciera.
La marca en su hombro brillaba roja, fresca, viva. Mi marca. No solo era un símbolo; era la prueba de que ya no estaba solo en este mundo. No me había dado cuenta hasta ahora, pero toda mi vida había girado en torno a pelear, a mandar, a hacer dinero, a cargar con la herencia de mi apellido como si fuera un yugo. Siempre pensé que moriría en ese papel: soltero, vacío, con el rancho como única compañía.
Y, siendo honesto, también virgen.
Reí bajito, casi con vergüenza. Si alguien me hubiera dicho que mi primera vez sería con un omega platinado que gruñe como gatito y se come los chilaquiles como si fueran manjar, le habría partido la cara por burlarse. Pero aquí estaba, marcado, respirando el olor a vainilla y canela que me hacía sentir vivo.
Lo amaba. Con cada fibra de mi ser, con cada rincón que nunca había dejado que nadie tocara. Lo amaba tanto que a veces me dolía.
—Binnie —me llamó, volteando a verme con esos ojos enormes que parecían decir más de lo que hablaban—, ¿ya falta poco para volver a casa?
Quise decirle que sí. Quise decirle que estábamos cerca. Pero la verdad era otra: todavía estábamos perdidos en ese monte, sin señal, sin ruta clara. Y, aun así, por primera vez en mi vida, no me importaba no tener el control.
—Ya casi, cachorro. —Le sonreí y lo jalé contra mi pecho.
Él apoyó la frente en mi cuello y susurró bajito:
—I like it here [me gusta estar aquí]… contigo. Solo tú y yo.
Sentí que el corazón se me desarmaba en el pecho. ¿Cómo podía alguien ser tan puro, tan valiente y tan mío al mismo tiempo?
Antes yo era un arma, un toro sin rienda. Hoy era un hombre enamorado. Y daría la vida por él, sin dudarlo. Si algún día alguien me preguntara qué fue de Changbin Guzmán, que dijeran que fue el alfa que amó tanto a su omega que lo defendió hasta el último aliento.
Me había salvado. Felix me había rescatado de mí mismo, de esa condena de ser solo un líder sin corazón. Con él, entendí que no era suficiente con mandar, con tener poder, con hacer negocios. Con él, aprendí lo que era querer proteger no un rancho, sino una persona. Mi persona.
El aire me trajo un regalo: un par de rayitas de señal en el celular. Lo levanté como si fuera un tesoro.
—Changbin aquí, necesito refuerzos. Estoy con Felix, estamos bien, pero lejos. Repito, necesitamos transporte. —El pitido cortó la llamada antes de confirmar nada. Maldije por lo bajo.
Felix me miró, como si no necesitara palabras para leerme el alma.
—Ya casi salimos de esto, ¿verdad?
—Ya casi, mi vida.
Le di un beso en la frente y lo abracé fuerte. Y en ese abrazo, comprendí otra verdad: no quería volver a ser el hombre que fui antes de él. Quería ser su refugio, su calor, su todo.
El silencio del monte se rompió con un rugido de motores. Me puse alerta, apretándolo contra mí, el instinto gritando que lo cubriera con mi cuerpo. Pero la primera voz que escuché me sacó el aire del pecho.
—¡Bin, aquí!
Era Jeongin. Venía en un RZR verde, sudado, con esa sonrisa de diablo que siempre me saca canas. Hyunjin manejaba serio, rifle cruzado en el asiento.
Felix agitó la mano, emocionado como niño.
—Binnie, vinieron por nosotros.
Lo cargué de la cintura y lo subí al asiento trasero sin darle opción. Luego me acomodé yo, abrazándolo como si el humo del monte todavía pudiera arrebatármelo.
—Pensamos que se los había tragado la tierra —dijo Hyunjin, con la voz firme.
—Casi —respondí seco—. Pero no.
Jeongin se giró, riéndose nervioso.
—N’ombre, Bin, parecía novela… tú y el Fefi desaparecidos, y nosotros con el alma en la garganta.
No contesté. Solo lo apreté más, respirando su olor, prometiéndome que nunca más iba a perderlo de vista.
El motor rugió, y el monte quedó atrás. En el camino de regreso, con Felix dormido en mis brazos y Jeongin tarareando como si nada, entendí lo que nunca había querido aceptar: yo, Changbin Guzmán, ya no era el mismo.
No era solo un líder, ni solo un alfa. Era un hombre que había encontrado a su omega.
Y estaba dispuesto a quemar el mundo entero para mantenerlo a salvo.
El motor rugió, y el monte quedó atrás. En el camino de regreso, con Felix dormido en mis brazos y Jeongin tarareando como si nada, entendí lo que nunca había querido aceptar: yo, Changbin Guzmán, ya no era el mismo.
No era solo un líder, ni solo un alfa. Era un hombre que había encontrado a su omega.
Y estaba dispuesto a quemar el mundo entero para mantenerlo a salvo.
Felix abrió los ojos un poco, aún somnoliento, y preguntó con voz ronca:
—Oye, ¿cómo nos encontraron tan rapido? Si no había señal…
Jeongin soltó una carcajada que retumbó más fuerte que el motor.
—¡Pos porque el RZR tiene rastreador, Fefi! —dijo entre risas—. ¿Cómo crees que íbamos a dejar que cocoy se fuera a perder en el monte?
Hyunjin sonrió leve, como quien sabe que es cierto. Yo, en cambio, me quedé callado.
—¿Un rastreador? —Felix parpadeó sorprendido.
Jeongin asintió, riéndose todavía.
—¡Obvio! No manches, ¿cómo se te pudo olvidar eso?
Me quedé mudo un segundo, mascullando por dentro. Era cierto. Tan obvio… y yo tan bruto de no recordarlo.
Felix soltó una risita, tapándose la boca con la mano.
—Ay, Binnie…
Bufé y lo apreté contra mí, sin dignidad.
—Cállense los dos.
El RZR siguió su camino entre risas y alivio, mientras yo solo podía pensar en lo mismo: ya no me importaba quedar en ridículo, con tal de tenerlo vivo en mis brazos.
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Es corto, lo sé, bueno nomas ando acá para decir EN UNAS HORAS SE CASA LUPITAAAA 😭😭😭
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PIÉNSALO (Changbin x Felix)
LobisomemFelix es un omega ruso que por error termina en un contenedor con dirección a un rancho de México de un alfa buchon.
