CAPITULO 11

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Stella sollozaba, sus hombros temblando de la intensidad de sus emociones. Me acerqué a ella y tomé suavemente su mano, apretándola con cuidado, tratando de transmitirle que todo estaba bajo control. Elina se inclinó a nuestro lado, pasando un brazo alrededor de los hombros de Stella, susurrándole palabras de consuelo mientras le ofrecía un pañuelo.

Poco a poco, el llanto de Stella disminuyó; su respiración se volvió más calmada, y sus ojos, todavía húmedos, empezaron a reflejar alivio. La tensión en la sala se disipaba lentamente, y sentí cómo un peso se levantaba de mi pecho.

Después de unos minutos, nos dirigimos al aula y tomamos asiento mientras el profesor revisaba los trabajos. La clase avanzó entre el ruido de páginas y lápices, aunque mi mente aún repasaba la escena de antes. Al finalizar, nos levantamos para despedirnos y caminar hacia la salida.

—¡Cuídense mucho, niñas! Que tengan un feliz fin de semana, nos vemos pronto —acompañé mis palabras con una sonrisa cálida.

Caminé hacia el auto, donde mi madre me esperaba. Su presencia tranquila y familiar me dio un respiro; me acomodé en el asiento, dejando que el silencio cómodo y seguro me envolviera mientras arrancábamos hacia casa.

Me acomodé en el asiento, todavía con el corazón pesado. La voz de mi madre, cálida y cercana, me alcanzó desde el frente del auto, preguntando cómo había estado mi día. No pude evitar suspirar, repasando mentalmente todo lo que había pasado con Stella y su novio. Las palabras que había escuchado sobre Asher seguían resonando en mi cabeza, y un hilo de rabia mezclado con incredulidad recorría mi cuerpo.

—Hoy Stella lloró por mi culpa —la frase se me escapó mientras fijaba la vista en el volante.

Mi madre frunció suavemente el ceño y apoyó su mano sobre la mía, transmitiendo calma y comprensión. Su gesto fue más efectivo que cualquier palabra; sentí cómo mi tensión comenzaba a ceder. Le conté, sin entrar en demasiados detalles, lo que me habían dicho sobre Asher y cómo me había afectado. Su expresión permaneció tranquila, firme, y su voz fue un bálsamo para mi ansiedades.

—Él siempre ha sido respetuoso cuando está aquí. Tal vez lo dijo por inmadurez o en un momento de rabia... Pero no dejes que un chisme te consuma, Eloy. No vale la pena que arriesgues tu amistad por el comentario de un tercero —sus palabras fluyeron con la firmeza y convicción que solo una madre posee.

Asentí, intentando acoger su consejo. Pero, a pesar de su calma, el eco de las palabras de Jayden era más fuerte que la voz de mi madre. Sabía que Asher era un actor, y no podía confiar en él, sin importar cuánto bien hiciera ahora. La ira no se había ido; solo se había metido bajo la piel.

—Está bien, mamá… intentaré olvidarlo —un hilo de sonrisa se asomó en mi rostro.

Su respuesta fue un gesto lleno de orgullo y ternura que me acompañó mientras arrancábamos hacia casa, y por primera vez en horas, sentí que podía respirar con tranquilidad.

Al llegar a casa, dejé que la puerta se cerrara tras de mí y me dejé caer sobre la cama. El cansancio me envolvía como un pesado manto; el día había sido largo, y el recuerdo de Asher todavía rondaba mi mente. Cerré los ojos, respirando profundo, dejando que los segundos me arrullaran un poco, antes de decidirme a levantarme para una ducha rápida.

El agua caliente golpeó mi espalda, y poco a poco sentí cómo los músculos se relajaban. Por un momento, me dejé llevar por la calma que ofrecía el hogar, un respiro tras la tensión del día. Entonces, un golpe suave en la puerta me hizo incorporarme ligeramente.

—Cariño, la cena está lista —llamó mi madre desde la cocina, su voz cálida y reconfortante.

—¡Sí, mamá! —mi sonrisa acompañó la respuesta mientras bajaba—. Voy enseguida.

DesilusiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora