CAPÍTULO 5

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—¿Tan perfecto y tiene que llenar el aire de humo? —respiré hondo, intentando que el ardor de mis pulmones no delatara mi molestia. La brisa fresca del patio parecía pelear contra cada bocanada que él soltaba.

—No es asunto tuyo —exhaló humo hacia el cielo, evitando mis ojos—. Aunque... parece que me notaste.

—Si te ven fumando aquí... —apreté los puños, sintiendo cómo se me tensaban los hombros —podrían suspenderte.

—Me da igual —encogió los hombros; una sonrisa torcida se dibujó en sus labios—. ¿Siempre te molestan las imperfecciones, o solo cuando me toca a mí?

—Solo quería un poco de aire fresco... —crucé los brazos, inhalando la brisa que trataba de purificar el humo que él dejaba atrás-. ¿No puedo?

Un gesto fugaz suavizó sus labios. —Claro… aire —el leve movimiento de su boca y su tono casi inaudible bastaron para que percibiera un cambio, una chispa de algo que ninguno de los dos se atrevería a nombrar.

—¡Eloy, Eloy! Vamos, que ya es hora de entrar —llamó Elina desde la puerta, rompiendo el silencio con su voz alegre.

Asentí sin voltear, pero antes de moverme, escuché pasos detrás de mí. Milán salía del edificio con una mochila al hombro y el ceño fruncido.

Asher...

Ella se alejó sin mirarme, el cabello oscuro moviéndose con la rabia que dejaba atrás. ¿Siempre es tan conectada con la naturaleza?... incluso su enojo parece fluir como el viento entre los árboles. Me quedé unos segundos mirando el cigarrillo entre mis dedos, el calor del humo desapareciendo al apagarlo con un golpe seco, Sentí cómo mis hombros se tensaban y el pecho me palpitaba con rabia contenida.

—Asher, es hora de entrar. ¿Estás bien? —la voz de Milán me alcanzó por detrás, cercana, como si pudiera leer cada pensamiento que intentaba ocultar.

Solté un suspiro, apretando los puños.

Tu padre te llamó otra vez, ¿no? —dijo Milán, ladeando la cabeza con esa sonrisa que parecía leerme—. Supongo que quería Oxford otra vez.

Bajé la mirada, dejando que el aire frío me despejara un poco. —Estoy harto de que decida por mí. Solo quería hacer algo normal por una vez.

—Normal… claro —sus labios se curvaron con ironía—. El hijo del dueño del banco más grande del país queriendo ser normal.

Negué con un movimiento de cabeza, mordiendo ligeramente el labio. —No es gracioso.

—Tienes razón —encogió los hombros, aflojando la postura—. Pero al menos hiciste lo que querías.

No supe qué responder, así que simplemente apreté los labios y solté un leve exhalar, dubitativo.

Señaló la dirección por donde había desaparecido ella. —¿Y esa chica?

Rodé los ojos y dejé que mis hombros bajaran unos centímetros. —Solo vino a decirme que mi vida privilegiada no me da derecho a contaminar.

Milán esbozó una sonrisa, pero sus ojos brillaban con malicia. —Sigo diciendo que entre ustedes hay algo.

—Ni en sueños —crucé los brazos, notando cómo la tensión en mis hombros volvía a subir—. Ella y yo no podríamos ser más distintos.

—Sí, claro —dejó escapar una risa breve—. Seguro que crees que todas son iguales, pero con Stella… bueno, no es tan simple, ¿verdad?

Fruncí el ceño, apretando los labios y soltando un leve suspiro. —Stella es diferente... si la llevo a casa, mis padres estarían orgullosos.

Milán dejó escapar una mueca divertida y mordaz. —Entonces no te gusta ella. Te gusta la idea de ser aprobado.

DesilusiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora