CAPITULO 8

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—¿Qué? —la incredulidad me atravesó antes de que pudiera ocultarla.

—Hija, acepta la invitación. Ve y diviértete un poco —mi madre sonrió, conciliadora.

—No quiero —me crucé de brazos.

—¿Por qué no? Mañana no tendrás clases. Aprovecha.

—Tiene toda la razón, señora —esa voz suya volvió a sacarme de quicio—. Además, tus amigas también irán.

—Ah, pues si Stella y Elina van, las llamaré para que te pasen a buscar mañana —mi madre me lanzó una mirada que no admitía réplica.

Solté un suspiro resignado. —Está bien, iré.

—¿Ves? No te va a pasar nada, es solo una fiesta —Asher dejó escapar una sonrisa burlona.

—Si dices una palabra más, no voy —acorté la distancia entre nosotros.

—Bueno, está bien. Señora, tengo que irme —se metió las manos en los bolsillos, evitando mirarme directamente.

—De acuerdo, hijo. Conduce con cuidado, y gracias por ayudarnos.

—Lo haría mil veces —sus ojos se clavaron en los míos, descarados—. Deberías parecerte más a tu madre y no ser tan amargada.

Lo vi alejarse, con esa calma irritante que solo él podía tener. Mi madre y yo subimos al auto en silencio, y quince minutos después estábamos en casa.

—¿Por qué eres tan dura con ese joven? —apagó el motor con calma—. Se ha portado bien con nosotras.

—Obvio que no, mamá. Ha sido todo lo contrario.

—¿Qué te hizo?

—El primer día de universidad me trató fatal.

—¿Qué pasó? —insistió, girándose hacia mí.

—Estaba buscando unos libros en la biblioteca y choqué con él sin querer —crucé los brazos—. ¿Sabes lo que me dijo? “Fíjate por dónde vas, niña, o además de bajita, ¿eres ciega también?”. Y se fue molesto, como si yo hubiera cometido un crimen.

Mi madre soltó una exhalación pesada, con los labios apretados en una media sonrisa de resignación.

—¿Un patán de la alta sociedad? Sí, ya me lo imagino. Pero, ¿por eso le guardas rencor todavía? Me parece una tontería. He notado cómo se miran ustedes dos...

—¿Qué dices, mamá? —reí con incredulidad, sintiendo el calor subir a mis mejillas—. Es el futuro novio de Stella. Hoy la llevará a conocer a sus padres.

—Vaya… eso no me lo esperaba.

—Así fue —respondí rápido, intentando sonar indiferente.

Mi madre me observó unos segundos, con esa mirada que parecía leerme el alma.

—Tienes la mirada triste. ¿Qué sucede?

—Nada —aparté la vista.

—A mí no me engañes.

—De verdad, no pasa nada —me alejé hacia las escaleras, buscando el refugio de mi cuarto.

Subí sin mirar atrás, pero su pregunta se quedó repitiendo en mi cabeza.

¿Triste? No… solo confundida.

Entré a mi habitación y me dejé caer sobre la cama, agotada. El sueño me pesaba más de lo usual, y al abrir los ojos sentí mis párpados un poco rígidos. Desde la puerta, la voz suave de mi mamá me llamó.

DesilusiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora