CAPÍTULO 22

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La jueza Merimhà nos sonrió con calidez y extendió las medallas.

—Muchas felicidades, chicos. Gracias a ustedes encontramos lo que buscábamos: el verdadero trabajo en equipo. Sigan así, llegarán muy lejos.

Tomé aire, con el corazón desbocado, intentando contener las lágrimas.

—Gracias a todos ustedes —me acerqué al micrófono; la voz apenas se sostuvo—. Este logro no es solo de Asher y mío, sino también de nuestros padres, amigos y, por supuesto, de nuestro profesor, que siempre creyó en nosotros. Y a mi compañero Asher…

Los aplausos estallaron alrededor. El señor Müller nos abrazó con orgullo antes de guiarnos fuera del recinto. Caminamos entre risas, todavía envueltos en la emoción de la victoria. Mañana regresaríamos a Inglaterra, y no podía dejar de pensar cuánto extrañaba a mi madre y a mis amigos. Pero, por primera vez en mucho tiempo, todo el esfuerzo había valido la pena.

—Muy bien, campeones, hemos llegado —el señor Müller frenó frente al hotel—. Hoy, en nuestro último día aquí, pueden divertirse. Salgan a cenar, paseen, disfruten, pero regresen antes de medianoche. Yo estaré en mi habitación. ¡Se lo merecen!

Sonreí mirando por la ventana. Habíamos ganado… y, de algún modo, algo dentro de mí también había encontrado calma.

Asher giró hacia mí con una sonrisa que prometía algo.

—¿Escuchaste eso, —Podemos divertirnos esta noche.

Lo miré de reojo, tratando de descifrar esa chispa en su mirada.

—Tienes razón… —me tomó un segundo reaccionar—. ¿Tienes algún lugar en mente?

—De hecho… —sus labios se curvaron más—. Había planeado invitarte a cenar.

Alzó las cejas, divertido—. Ya tengo una reservación para los dos.

—¿Qué? —reí entre incrédula y nerviosa—. ¡No puedo creerlo! ¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque quería verte así —la expresión se le suavizó, complacida—. Sorprendida.

Dio un paso hacia mí, tan cerca que pude oler su perfume

—Entonces… ¿vamos ahora?

—¿Ahora? —la palabra me salió entrecortada—. Mis manos buscaron el borde de la blusa, fingiendo calma.

—Sí, ahora —su calma fue absoluta—. No hay mejor momento que este.

Lo miré de arriba abajo y sonreí con cierto desafío.

—Entonces… al menos déjame arreglarme un poco. No pienso ir a cenar así.

—Tienes razón —rió suavemente—. Si quieres, sube. Te espero aquí.

—Dame veinte minutos —me encogí un poco, indecisa—. Prometo no tardar.

—Tómate tu tiempo —sus ojos se suavizaron, diciéndolo todo.

Me alejé hacia el ascensor con la sensación de su mirada siguiéndome.

Y, por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de mí empezaba a cambiar.

Subí a la habitación del hotel con el corazón acelerado y abrí la maleta como si escondiera la respuesta a mi ansiedad. Cada prenda que sacaba me parecía demasiado simple, o fuera de lugar. La blusa que solía encantarme no combinaba con la falda, y los vestidos que antes me parecían perfectos ahora solo me recordaban lo poco preparada que estaba para esa noche.

Me miré en el espejo del baño, rodeada por la luz blanca que hacía brillar cada duda. Quería verme bien… no, quería sentirme bien. Suspiré, y entonces lo vi: un vestido negro al fondo de la maleta, con encaje y un escote en la espalda. No era demasiado corto ni largo, justo en el punto donde el riesgo se volvía elegancia.

DesilusiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora