CAPITULO 9

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—¡Sí, sí acepto! —los ojos de Stella brillaban y sus puños se apretaron de emoción.

Asher la rodeó con fuerza, la besó suavemente y todos los presentes aplaudieron. Observé a los padres de Asher, conmovidos, ; la emoción me sobrepasaba. Era tarde y el cansancio me llamaba, y aunque quería irme a casa, me sentía atrapada entre la admiración y un ligero desasosiego.

—¡Que vivan los novios! —Elina saltó con entusiasmo.

—Felicidades a ambos, espero que sean muy felices —esbocé una sonrisa sincera mientras mis dedos se entrelazaban nerviosos.

—Gracias, Eloy. Ahora solo te queda encontrar a tu media naranja —Stella me guiñó un ojo, orgullosa.

—¿Cómo que solo me queda a mí? —me cubrí la sonrisa, divertida y curiosa.

—Exacto. Milán y Elina ya están juntos —Stella aplaudió suavemente.

—¿Por qué no me lo habías dicho? —arqueé las cejas, fingiendo molestia.

—Quería darte la sorpresa, pero Stella se adelantó —Elina rió con complicidad.

—¡Vaya, doble sorpresa! —reí suavemente.

—Ya queremos saber quién será el afortunado —Asher se inclinó hacia ellas, con una sonrisa traviesa.

—¡Chicas! ¿Podemos irnos ya? Es muy tarde y me siento un poco mal —contenía un bostezo mientras hablaba.

—¡Sí! Déjame despedirme.

Stella y Asher intercambiaban sus despedidas, yo esperaba apoyada en la puerta del auto, con la brisa nocturna despeinándome suavemente.

Elina y Milán se abrazaban, cuando terminaron, nos dirigimos al vehículo. Stella arrancó, y el vaivén del auto me arrulló casi hasta quedarme dormida, hasta que Elina me despertó para avisarme que habíamos llegado a casa.

Me despedí de ellas con un abrazo rápido, subí a mi cuarto, me puse el pijama, apagué la alarma y el teléfono, y me dejé caer sobre la cama, sintiendo cómo el sueño me envolvía sin resistencia.

El timbre de mi reloj me sobresaltó. Eran las once de la mañana. Parpadeé varias veces, todavía adormilada, y recordé que había apagado la alarma. Sonreí suavemente: hoy no habría universidad. Sería un día solo para mí: leer, hacer yoga y recoger flores del jardín.

Me levanté con calma y me dirigí a la ducha. El agua tibia despejaba mis párpados pesados, y pensé en cómo aprovecharía el día. Terminé de arreglarme y elegí una camisa rosada de mangas largas, pantalón corto blanco y tenis a juego.

Al bajar a la cocina, me pareció extraño que mi madre no estuviera. Le preguntaría al llegar por la tarde. Decidí salir al jardín para regar las plantas y corté algunas margaritas, dejándolas sobre el escritorio de mi habitación. Con una manta, libros y unas galletas, me instalé en el césped a leer. El tiempo pasó volando; cuando levanté la vista, el reloj marcaba las dos de la tarde.

Preparé la comida: pasta con salsa de tomate y vegetales. Mientras hervía, revisé algunos mensajes de Stella y Elina, respondiendo los más urgentes. Apagué el fuego y me serví un plato que olía y sabía delicioso. Después, me recosté un rato en mi habitación, disfrutando del calor del sol que entraba por la ventanas.

Un ring, ring fuerte interrumpió mi tranquilidad. Era el teléfono de la cocina.

—¡Aló! — vociferó mi madre al otro lado.

—Hola, mamá. ¿Cómo estás?

—Bien, hija. ¿Por qué no fuiste a la universidad hoy?

Suspiré, acomodando el teléfono entre el hombro y la oreja.

DesilusiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora