CAPITULO 14

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La reconocí al instante. La voz de Asher tenía un matiz extraño, una mezcla entre sorpresa y algo parecido al miedo. Me giré lentamente, intentando mantener la calma.

—¡Oye, espera! —gritó detrás de mí, pero ya había tomado la decisión de irme. Aun así, antes de alcanzar la puerta, sus manos me sujetaron con fuerza por los brazos.

—¿Qué demonios pasó aquí? —su voz sonó tensa—. ¿Qué te dijo mi madre?

—Nada —evité mirarlo—. Solo estoy cansada, quiero irme a casa.

Asher me observó en silencio por un momento, como si intentara descifrar algo.

—Está bien… —bajó la voz al fin—. Iré por el auto para llevarte a casa.

—No hace falta, tomaré un taxi.

—No te irás así —dio un paso más cerca—. Te ves fatal, y no voy a dejar que mi madre te haya hecho sentir incómoda para luego dejarte ir sola.

—¡Te dije que no pasa nada! —alcé la voz más de lo que pretendía.

—¿Por qué te enojas? ¿Dije algo malo?

—No, no dijiste nada malo. Pero quiero tomar un taxi, ¿tan difícil es entenderlo? No quiero que me lleves hoy, eso es todo.

El silencio se hizo espeso entre nosotros. Solo se escuchaba el viento rozando las hojas del jardín. Asher exhaló con frustración, llevándose una mano al cabello.

—Si no quieres que te lleve, está bien —dejó escapar un suspiro pesado, su voz más baja, más grave—. Pero llamaré al chófer de la familia para que te lleve a casa. No voy a dejar que tomes un taxi, no quiero que te pase nada en el camino.
Se inclinó apenas. Y ni se te ocurra decirme que no.

Iba a responderle, pero me quedé en silencio, las palabras atoradas en la garganta. Cuando finalmente apareció su chofer, me abrió la puerta del auto. El frío del asiento rozaba mis piernas, y el suave zumbido del motor apenas cubría el latido acelerado de mi corazón. Me despedí,  y me acomodé, tratando de no mostrar lo afectada que estaba.

Durante todo el trayecto, mi mente repetía las palabras de la madre de Asher. Cada frase parecía clavarse como pequeñas espinas, y las lágrimas empezaron a deslizarse por mis mejillas sin que pudiera detenerlas. La sensación de insignificancia me envolvía, como si todo mi mundo se hubiera reducido a ese instante.

—¡Llegamos, señorita! —el chofer rompió mi torbellino de pensamientos.

Bajé del auto, agradecí con voz temblorosa, y me apresuré hacia la casa. El aire fresco de la noche me golpeó el rostro, recordándome que debía mantener la compostura.

Entré a mi habitación, cerré la puerta y me lancé sobre la cama. Entre sollozos, mis párpados se volvieron pesados hasta que, lentamente, me rendí al sueño, como si dormirme fuera la única manera de escapar de todo.

Al día siguiente me desperté más tarde de lo habitual y el tiempo se me escapaba de las manos; el trabajo de ayer seguía incompleto. Entré al baño de un salto, la ducha caliente tratando de despejar mi mente.

Al salir y mirarme en el espejo, mis ojos hinchados me devolvieron una mirada que no quería enfrentar. Tomé un poco de maquillaje y, con manos temblorosas, traté de ocultar la evidencia de las lágrimas de la noche pasada.

Abrí el armario y mis dedos se detuvieron en la sudadera con capucha que siempre me hacía sentir invisible. Me vestí de inmediato, ajustando la capucha para cubrirme la cabeza y parte de la cara, como si eso pudiera protegerme del mundo. Bajé a desayunar en silencio, evitando miradas, y luego subí al auto. Saludar a mi madre fue un acto mecánico; afortunadamente, no me preguntó nada.

DesilusiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora