En el momento en que me preguntaba por qué él miraba a Stella de esa manera, Elina me sacó de mis pensamientos.
—¡Eloy! Ponte a trabajar, que ya casi viene el profe.
—¡Estoy en eso, nena! —sentí cómo se me calentaban las mejillas. Al mirar de nuevo, notó que lo observaba; giró el rostro con brusquedad y volvió a su informe con Milán, concentrado.
—¡Terminé! —Stella dejó caer el cuaderno sobre la mesa con un golpe seco.
—Ves, no era tan difícil —Elina sonrió, como si celebrara una pequeña victoria.
—¿Y tú? ¿En qué piensas, Eloy? —Stella apoyó las manos sobre la mesa, clavando su mirada en mí—. Estuviste distraída toda la clase.
—Nada... —mordí el labio, intentando desviar la conversación—. Solo que ese chico nuevo te miraba demasiado.
Stella inclinó la cabeza, un gesto de autosuficiencia que ocupaba todo el espacio, y cruzó las piernas con elegancia, dejando que su presencia hablara por ella.
—Sí, seguro fue eso —Elina le lanzó una mirada cómplice, admirando cómo Stella atraía todas las miradas sin esfuerzo.
—¡Relájate, Eloy! —Stella se encogió de hombros, divertida—. No hay que tomárselo tan en serio.
El profesor volvió a la clase, moviéndose entre los pupitres con pasos decididos. No necesitó alzar la voz; bastó con que hablara para que todos atendieran:
—Necesito que me entreguen el informe. Bien —tomó la pila de folios-. Su próxima tarea: vayan a la biblioteca y consulten los precedentes clave sobre la Ley de Habeas Corpus de 1679. Tienen dos horas. Regresen con una comprensión sólida de cómo un estatuto inglés antiguo sigue influyendo en el derecho procesal moderno. La lectura aquí no es opcional; es la herramienta de su oficio.
Bajamos a la biblioteca y me quedé asombrada; los estantes gigantes parecían tocar el techo. Sentí un nudo en la garganta, mezcla de emoción y ansiedad.
—¡Miren esto, chicas! —Elina se detuvo, con los ojos brillantes—. ¡Es increíble!
—Sí, como un sueño —Stella deslizó la mano por un tomo antiguo, sonriendo—. Bueno, vamos a lo que vinimos. Eloy, ¿quieres buscar los libros mientras nosotras organizamos el tema?
—¡Claro! —respondí, procurando que la voz no me temblara.
Caminaba entre los estantes cuando choqué con alguien. El calor de su mano me sujetó el brazo, y un escalofrío de humillación me subió por el cuello al notar que apenas le llegaba al hombro.
—Cuidado... distraída entre leyes y libros, ¿eh? —él señaló el tomo que todavía sostenía—. No me digas que intentabas estudiar la Ley de Habeas Corpus mientras caminabas.
—¡Disculpa! —el color me subió de inmediato—. No te vi.
—La próxima vez, mira por dónde vas —su voz era cortante, con un dejo de sarcasmo que me hizo encogerme—. Y aparte de ser bajita... ¿me vas a decir que también estás ciega en clase de derecho?
—¡Tranquilo, Asher! —su amigo se metió en medio, levantando las manos—. Fue un accidente
Bufó, la mandíbula apretada, y se alejó, mientras detrás de él su amigo balbuceaba una disculpa cargada de vergüenza.
Con los libros finalmente en mis brazos, volví a la mesa. Mi rostro todavía ardía; mis amigas notaron la tensión.
—¿Qué pasa? —Stella, con una sonrisa burlona, midió mi reacción como si jugara a provocarme—. ¿Te perdiste entre los libros?
Elina ladeó la cabeza, con un gesto más cuidadoso, evaluando mi estado: su mirada transmitía miedo a confrontar directamente y, al mismo tiempo, un deseo de ser parte de la situación sin incomodarme.
—No quiero hablar de eso. Me sentí... pequeña. Vamos a trabajar —dije, cambiando de tema rápidamente, dejando un aire de misterio que las hizo intercambiar miradas cómplices.
Antes de que pudiera retomar los libros, tres chicos se acercaron a nuestra mesa. Mi corazón se aceleró.
—¡Buenos días, señoritas! ¿Podemos sentarnos con ustedes? —su amigo sonrió nervioso; él y un rubio de cabello desordenado esperaban detrás.
Stella se inclinó hacia adelante, midiendo cada uno de sus movimientos, su sonrisa perfecta y confiada:
—Claro, siéntense.
Elina me lanzó una mirada cargada de emoción; su amigo se acomodó a su lado y el rubio se sentó frente a Stella, jugueteando con un libro entre las manos. Intenté concentrarme en mi texto, pero sentí que alguien se deslizaba a mi lado.
—Hola... ¿qué haces? —se inclinó hacia mí, tan cerca que podía sentir el calor de su brazo rozando el mío.
—¡Acaso no estás viendo! —cerré el libro bruscamente, intentando cubrir mi nerviosismo—. Después dicen que la ciega soy yo.
Levantó una ceja, ladeó la cabeza, sonriendo con picardía:
—Sí, bueno... me levanté de mal humor hoy. Llegué tarde... supongo que te incomodé. Perdón, si quieres creerlo. —Su tono sonaba forzado, más como un juego que como una disculpa—. Por cierto... me pregunto por qué me miras así.
El libro me temblaba en las manos. Antes de que pudiera decir algo, su teléfono sonó. Sin esperar respuesta ni cerrar la conversación, se levantó de golpe y salió de la mesa, dejando un silencio cargado detrás.
Necesitaba aire; el salón parecía encogerme. Salí por el pasillo, y un olor a humo rancio me llamó la atención. Detrás de un roble centenario, alguien estaba fumando. Me acerqué con cuidado... y allí estaba él, Asher Jones. Apoyado contra la corteza rugosa, su traje impecable contrastando con el humo que lo rodeaba.
El humo se escapaba de sus labios en pequeñas bocanadas que flotaban sin rumbo. Apoyado contra la pared, sus dedos sujetaban el cigarrillo con firmeza, temblando apenas. Sus ojos, fijos en el horizonte del patio, parpadeaban con lentitud, como si cada respiración fuera un esfuerzo más que debía soportar. Cada vez que el viento movía el humo, sentí que Asher llevaba más peso del que dejaba ver, aunque intentara ocultarlo tras esa postura desafiante.
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Desilusión
Teen FictionUniversidad, amigas, sueños... y Asher. Un chico que cambiará todo. ¿Vale la pena arriesgarlo todo por amor?
