CAPÍTULO 13

134 72 33
                                        

El salón se llenó de una mezcla de sorpresa y nostalgia apenas mi madre reconoció al visitante. Su voz tembló un poco cuando exclamó:

—¡Wow! ¿Cuánto tiempo ha pasado?

El señor Wilder sonrió, como si los años no le pesaran en absoluto.

—Han transcurrido dieciocho años, para ser precisos —la calma en su voz y en su porte llenaba el espacio.

Yo los observaba alternando la mirada entre ambos, confundida. No podía evitar preguntarme qué clase de historia los unía.

—¿Ustedes dos se conocen? —mi voz se quebró ligeramente por la intriga que me invadía.

Mi madre soltó una pequeña risa, cargada de emoción.

—¡Sí, hija! Es una larga historia.

Asher, que había estado en silencio, se inclinó hacia adelante con interés.

—Me encantaría escucharla, señora Sara —las palabras salieron acompañadas de una sonrisa amable y respetuosa.

Los chicos asintieron casi al unísono, contagiados por la misma curiosidad. Mi madre sonrió ante la expectación general y miró a Wilder.

—Podemos contarles… siempre y cuando él esté de acuerdo.

Wilder asintió sin dudar.

—No tengo ningún problema.

—Entonces, sin más preámbulos, tomemos asiento —mi madre indicó con un gesto amable, señalando los sillones.

Nos acomodamos en torno al amplio sofá de la sala. El señor Wilder se sentó al lado de Asher, y yo me senté junto a mi madre, mientras los chicos se ubicaban enfrente. El ambiente se tornó expectante, casi solemne, como si todos sintiéramos que lo que estaba a punto de revelarse iba a cambiar algo más que una simple tarde.

El silencio se extendió unos segundos en la sala antes de que mi madre inspirara hondo. Estaba nerviosa; tenía las manos entrelazadas sobre las rodillas, como si temiera despertar algo que llevaba años dormido.

—Verán, chicos —su voz se volvió suave—, Wilder y yo crecimos en un pequeño pueblo donde nuestros padres eran muy amigos, y eso nos llevó a serlo también. En ese tiempo, él tenía siete años y yo cuatro. Crecimos juntos, fuimos a la misma escuela y, con los años… terminamos enamorándonos. Éramos novios desde hacía tres años cuando todo cambió.

Sus ojos se nublaron ligeramente.

—Los padres de Wilder decidieron mudarse a otro país por trabajo —las palabras salieron despacio—. Desde entonces, no supe nada más de él… hasta que apareció hoy en mi puerta.

Wilder, alzó la mirada hacia ella. Su expresión era una mezcla de nostalgia y ternura contenida.

—Después de cinco años volví a buscarte —dijo con un hilo de voz—, pero me dijeron que te habías mudado y nadie sabía a dónde. No me rendí, Sara. Te busqué durante casi tres años más… sin éxito.

Mi madre lo miró con los ojos muy abiertos, incapaz de ocultar su sorpresa.

—¿Quieres decir que nunca dejaste de buscarme?

—Nunca dejé de hacerlo —se inclinó apenas hacia ella, con una cercanía cargada de recuerdos—. Así como nunca dejé de amarte.

El aire pareció detenerse por un instante. Nadie dijo nada. Asher lo miró con un respeto silencioso, Stella apretó los labios, y yo apenas podía creer lo que escuchaba.

Mi madre respiró hondo antes de hablar, la voz quebrada por los recuerdos.

—Desde que te fuiste, caí en una depresión profunda. Todos los años te esperé en la puerta de tu casa, con la esperanza de verte volver. Pero nunca lo hiciste… —tragó saliva y bajó la mirada—. Al final, me mudé con mi madre. Entré a la universidad, conocí a alguien, me quedé embarazada… y él me dejó.

DesilusiónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora